Colgados de colgarse

Están los que prefieren amar a ser amados, los que prefieren ser amados a amar y los que prefieren ser humillados, pisoteados, arrastrados, maltratados, vilipendiados y abofeteados -ríete de 50 Shades– y, sobre todo, revolcarse en la mierda in aeternum, como si no hubiera un mañana, como si nunca hubiera existido ayer; los colgados de colgarse, los que no aprenden ni quieren aprender. Éstos son mis favoritos. 

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Los que tiran monedas al aire para permitirse la licencia de enviar el primer whatsapp que -para qué nos vamos a engañar- es el que pone las cartas sobre la mesa y revela lo más impúdico, íntimo y vergonzoso que poseemos cuando alguien nos ha sacudido: nuestro maldito interés. Si sale cara le escribo yo, si pillo el semáforo en verde le escribo yo, si encesto esta mierda de post en la jodida papelera le escribo yo. Y si sale cruz, si parpadea el ámbar o tienes menos puntería que Elle Driver, te encabronas y pruebas a pisar el acelerador, a deshojar la margarita, o te consuelas con el socorrido feminismo de la desesperación: somos personas adultas, soy una tía moderna ¿por qué cojones voy a esperar a que me escriba él? Pues porque no te quiere, IMBÉCIL. El manido: “En realidad estamos en el mismo punto, ella puede estar esperando a que yo le escriba primero…” Seguro que sí, por eso no deja de actualizar su cuenta de Facebook con fotos borracha y despeinada en El Amante rodeada de umbersexuales, IMBÉCIL.

Te imaginas, supones, divagas sobre lo humano y lo divino porque tú estás colgado de colgarte, enganchado a sus sindioses: en línea, desconectado, en línea, desconectado, en línea y otra vez desconectado sin decir esta boca es mía -no tuya- sin decir si tu me dices ven. Sin decir.

Tú vives sin vivir en ti por sus putos momentos en Tinder, sus tentadoras postales de Instagram, sus listas de Spotify. Tú estás enganchado al espionaje industrial amoroso, no hay cortapisas para los background checks que te estás marcando, no recuerdas el remordimiento, ni el sentimiento de culpa ni a qué sabían los escrúpulos, la dignidad ni el amor propio; tú estás como Clive Owen en Closer, cegado por el deseo, pero sin agallas, y sin atender a las vicisitudes; tú disfrutas con la ilicitud voyeur, a lo Glenn Close en Atracción fatal, a lo Sharon Stone en Instinto básico, pero sin instinto, ni intuición, ni vestido blanco que lo parió. Porque tú lo que no quieres es intuir, racionalizar, asimilar que lo que ocurre es que ese tío sencillamente P-A-S-A-D-E-T-I y disfruta pergeñando la humillación constante del silencio tras el doble tick azul; que ella será siempre tu perro del hortelano, porque es del primer grupo, el de los románticos, y prefiere amar a ser amada; o del segundo, el de los listos, que sopesan gustar y ser venerados, pero desde luego no es de tu maldita secta insaciable, torturada e inefable de los Juegos del Hambre.

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Estás perdido, disfrutas con el drama y la adrenalina del tira y afloja y ya no sabes distinguir entre la de cal y la de arena. Escuchas canciones melancólicas en bucle. Dale una vez más al play si tienes huevos y acabarás creyendo que Chris Martin escribió esa mierda para ti. Y te pasas el día con la boca del estómago estrangulándote el apetito y las ganas de vivir, recordando ese lunar, cuando os prometisteis aquel viaje y él se hizo ese tatuaje, su sonrisa de medio lado cuando está decepcionada y esa forma compulsiva de tocarse el pelo… Y atajar el insomnio soñando despierta imaginando historias inverosímiles; como de qué color tendrían los ojos vuestros hijos, tratando de recordar las leyes de Mendel mientras te peleas con la almohada; si conseguiríais plaza en un colegio bilingüe o cederías para que hicieran la Primera Comunión. Y empatizas viendo películas de rocambolescos romances y misántropos atormentados como Like Crazy o In Search of a Midnight Kiss. Y te compadeces de nuevo porque el universo confabula contra ti y no hay piropo que reconstruya tu autoestima ni ex que te reconforte. Tú estás colgado de colgarte, enganchado a engancharte.

Y no hay intervención amistosa que te rescate de la vorágine autodestructiva ni amiga de amiga que te saque del hoyo, porque aunque no dejes de pedir auxilio, tú no quieres un tío normal con el que mudarte a Las Tablas ni a una niña mona que le ayude a poner la mesa a tu madre. Tú quieres vivir en una canción de Sabina, que te puteen hasta que te vuelvas loca, la taquicardia, el flamenco, los portazos y regodearte con las lamentaciones. Concatenar cigarrillos con los gin tonics, tocar fondo y quedarte en aquel segundo de vértigo. Tú no pides que te quieran ni que te cuiden, sólo que no te dejen. Tú no quieres que te veneren ni te recuerden, sólo que no te olviden.

Tú sólo quieres sufrir.

Pero no te aferres.

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P.D. Bien sabes que siempre fui más de la Jurado que de la Pantoja.

A una silla se le llama silla

Y qué manera de perder las formas
y qué forma de perder las maneras.
Ya nada importa,
el mundo ya se acaba no quedará nada.
Disfrutemos de la última cena.

Qué bien que te pusiste en medio.

-Izal: Qué bien-

Es lunes a mediodía y me llama Lady Madrid con un arrebato de los suyos. “Que me voy a recoger las cosas a casa de éste” me dice. Ya le ha dado, me digo: “Pero ¿Qué ha pasado?” pregunto temiéndome lo peor. “No va y me dice que somos amigos, que nos estamos conociendo, compañeros de viaje o yo qué sé qué cojones. ¡Él y yo! ¡Que ya tiene treinta años!”, “¿Cómo que compañeros de viaje? Pero…” “Porque a una mesa, se le llama mesa, y a una silla, se le llama silla”. No sé por qué, pero cuanto no entiendo nada me cuesta interrumpir, y sigue. “Y a una cama, se le llama cama y a un árbol, se le llama árbol”. Continúa. “Y a un novio, se le llama novio”. Acabáramos.

No sé vosotros, pero conozco más parejas de no novios que han roto por mantener esta conversación que novios que hayan formalizado su relación después de sobrevivir a esa discusión. La tónica general consiste en el encabronamiento de ella porque él se escabulle; se escapa y utiliza eufemismos tan simplones con sus camaradas como el manido: “Es una amiga…” Una amiga que duerme en tu casa cuatro días a la semana, que te avisa del cumpleaños de tu madre a pesar de que aún no tiene el gusto –of course– y que sabe qué programa de tu lavadora es el corto, cosa que tú no porque aunque ya llevas tres años en ese apartamento inmundo de la Cava Baja, han pasado muchos meses desde que pusiste la última colada, y tú no lo sabes, pero han cerrado el chino donde comprabas aquel café deleznable al que te enganchaste cuando te instalaste y Pedro, aquel tío del quiosco con canas en las cejas al que le comprabas el MARCA, se jubiló hace semanas. Tú no lo sabes, desgraciado, malnacido, porque ella te lleva el Esquire a casa, las drogas con sacarina a la ducha y los cigarrillos a la cama. Y nada falta desde que ella llegó, y nada sobra desde que aterrizó. Tu amiga, esa a la que a ti te cuesta denominar pero a la que tus vecinos la saludan por su nombre.

“¿Compañera de viaje? ¿Eso no es de Hotel Marigold? Ni que llevarais 150 años juntos”. “150 años, no, pero seis meses sí, y el muy capullo es incapaz de verbalizar que tenemos una relación, ni siquiera por mí”. “Pero.. ¿Tú quieres que lo haga por ti?” le digo: “Y por eso le vas a chantajear con desvalijar ese zulo de La Latina de sujetadores y canciones de Kiko Veneno“, pienso para mí: “Para que diga lo que tú quieres oir”. “Por mí no, por los dos”. Y a raíz del “por los dos” se desata una retahíla de golpes de pecho en los que Lady Madrid enumera los sacrificios que ha hecho por El Desgraciado y toda una sarta de reproches; de mentiras que le pilló, jugarretas que le hizo y otras pamplinas que nunca le profirió. Y a él, que siempre se le dio bien escurrir el bulto -el de la amiga y todos los demás-, él que se ha escaqueado con más coña marinera que astucia y más piropos que solera, ha ido saltando tortuguitas como Mario Bros hasta esta mañana despistada de primavera en la que a Madrid se le han hinchado los cojones…

Y por eso de hoy no pasa, hoy hay lío.

Lo que El Desgraciado sospecha es que antes de que Lady Madrid coja carretera y manta, en ese picadero de la Cava Baja va a haber melodrama, y lo que todavía no sabe es que va a tragar con el romance por peteneras: porque lleva años enredada en sus manos, en su pelo, en su cabeza, y no puede más, no puede más, y debería estar cansado de sus manos, de su pelo , y sus rarezas, pero quiere más, él quiere más

Lo que Lady Madrid no está dispuesta a admitir es que acabará por no irse a ninguna parte: porque le dijiste que te irías pero llevas en su casa toda la vida; el sabe que no te irás, y tú no te irás. Y lo que no ha aprendido aún es que nunca satisface escuchar lo que has pedido oír: perdón, te quiero y tienes razón. De nada sirven.

Lo que El Desgraciado no se atreve a decir es que sí que la quiere pero aún no está enamorado. Que tampoco se folla a nadie más y que cada vez que todas esas chicas se quedan mirando a Lady Madrid por la calle se pregunta por qué demonios sigue con él.

Y lo que Lady Madrid no quiere digerir es que está loca por enamorarse, que si le das a elegir, se queda contigo y que a la puta silla la puedes llamar como te salga de los cojones, o sentarte en el suelo. boyhood-2014-1080p-bluray-x264-yify-mp4_009504443

Malos propósitos, los buenos para los mediocres.

Los peores. Grábatelos a fuego y que les den a los buenos.

Y tranquilo, no importa cuántas veces hayas fracasado durante el resto del año, ni aquellos desenfocados que escribiste en una servilleta empapada en cava del Lidl después de las campanadas del año pasado: dejar a esa chica porque tus colegas dicen que te está matando, apuntarte a cardio porque le prometiste a tu amiga La Clavo Ardiendo que te abalanzarías sobre él en la próxima clase de spinning, aprender ruso o chino cantonés… Y mi favorito: cambiar de curro, porque tú tienes muchas posibilidades, mucho talento por descubrir, tú eres un diamante en bruto y definitivamente te mereces algo mejor. Pamplinas.

Lo dicho, los buenos propósitos son para los mediocres. 

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Estás acojonado y es normal. El fantasma de esta Navidad está acechándote a la vuelta de la esquina con su sonrisa de medio lado y joder, qué vas a hacer el año que viene si no tienes proyectos ni aspiraciones personales, claro que sí ¡apúntalas en una libretita! ¡Fijo que así se cumplen!

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Pongamos que ese tipo es un tío enrollado, que tiene un buen día y está dispuesto a tenderte una mano para que las asignaturas que suspendiste en junio -y en septiembre- y el próximo martes, a las cinco en cualquier parte -también- no se queden sólo en un boceto, en promesas que no valen nada.

Puede que en septiembre ni siquiera suspendieras, que ni te presentaras, no te juzgo, tenías tus razones para no acudir a esa cita, a pesar de haberla pedido encarecidamente, en el descuento y soborno mediante… No te tortures. Sin lamentaciones. 

Es más, piensa que te arrepientes porque es diciembre, y en diciembre todo es distinto: los anocheceres prematuros, el frío sin sol, los trenes que pasan en todas direcciones menos por tu jodido andén, los caramelos para la tos, la vida envuelta en una manta de franela, sus pares de medias y esas malditas greñas.

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Tú y tu estúpida penitencia, esa obsesión por recapitular y teñirlo todo de un dramatismo Oharista hasta la extenuación.

La cosa se complica y se te hace cuesta arriba, como si estuvieras a 10.000 km de conseguirlo, como en la película: y yo te digo que qué más da el sitio si sólo quiero estar contigo y tú me dices que no quiero estar contigo, que lo que quiero es que tú estés conmigo.

Y yo ya no sé quién es el egoísta ni si este cura es mi padre porque me he perdido.

Como dice Naranja: asúmelo, embrace it. Te quedan doce meses por delante de autocompasión; de mañana me pongo, de escuchar canciones en bucle, como la deliciosa Nothing Matters When we’re Dancing’ de The Magnetic Fields, y si tú insistes acepto ‘Lost Stars’, pero sigo pensando que la peli es malísima.

Más de 100 días para admitir que tendrás que prescindir del café para dejar los cigarrillos. Tres meses para leer a Murakami -porque hay que leerlo en invierno- y un par de semanas para emprender y abandonar la operación bikini. 275 días para pensar de camino al trabajo, en un vagón de metro atestado de tíos con más pelo, o tías más buenas que tú, que ya va siendo hora de sacarse el carnet de conducir, de independizarse, de irse, de donde sea, a donde sea. De irse. Que ya va siendo hora de.

52 semanas expuesta a reencuentros y abocado a encontronazos; los de las mariposas en el estómago y mierda, que bien le sienta esa barba, y los nauseabundos e inoportunos, los de no saber donde meterte y esconder la cabeza buscando la bufanda para no estrangularte con tus propias manos.

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Ilustración de Beth Février

Incontables instantes para despedidas, como el hasta luego de Naranja que siempre lo entona a la francesa y luego nos envía por Whastapp una foto con un gorro de koala tras 20 horas de vuelo. Ella escribirá sus malos propósitos desde Sydney mañana, alejada de todo y de todos. Pésimo propósito. Bien hecho.

8.766 horas viviendo de las expectativas del nuevo curso y los ultimátum, como el de Patrick, que está harto del Skype y se ha vuelto vulnerable en una ciudad hostil, y aunque yo trato de consolarle con puertas de colores y que ya llueve Madrid, el está tan ensimismado que se ha puesto a leer la traducción de “Crónica de una muerte anunciada”; García Márquez en inglés, y yo le digo que hay que joderse y él me responde que ya está jodido.

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Si te las perdiste, 2015 será el año en el que veas ‘God Help The Girl’ el musical escrito y dirigido por Stuart Murdoch, el vocalista de Belle & Sebastian y ‘El gran hotel Budapest’. De ser posible en enero, porque enero es para pintarse las uñas del rouge 677 de Chanel e ir solo al cine, solo sin tilde, como dice El Guardián.

Y febrero es para dejar de morderse la lengua, para los reproches y otras terapias incriminatorias; para planear la primavera y sus conciertos, para cambiar de perfume y salir a pasear en pijama.

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Marzo para hipotecar tu vida comprando billetes de avión, así, a lo loco. No se me ocurre mejor forma de comprometerte; Lisboa, Budapest, Roma, Berlín.

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Y abril para los arrebatos en general: los que sí que salgo, que me han liao; que sí, que lo dejo, me hago vegano y me monto un huerto urbano; los que sí, que he dicho que me caso; que sí, y voy a pintarla de amarillo y verde pistacho; los que sí, que se ha acabado, los que sí.

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Y mayo para soñar con el verano, para hacer fotografías, y para dejar de posponer la escapada a tu pueblo Sienna porque en Soria siempre hace puto frío y no hay más que hablar.

Junio para mandarle a tomar por culo de una vez por tordas, julio para olvidarla, y agosto para regodearte con las canciones para ligar.

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Septiembre, estamos de acuerdo entonces, para las segundas oportunidades, los continuará… Los postres a medias. Para Volver

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Octubre para pensar detenidamente en ello, para reflexionar, para la cordura y… Para gatear hasta el punto de partida o lanzarte al vacío. A oscuras, a ciegas.

Noviembre para tachar de la lista -la de los malos, of course, para dar el paso. Para hacer mermelada.

diciembre… para dejar de dejarse llevar.

Sobre todo eso. En 2015 y todos los demás. Decide.

Decide o ya te acordarás cuando llegue diciembre.

Elige la eternidad como límite espacio-temporal para tus propósitos de año nuevo, malos y buenos. De lo contrario, el próximo lunes no tendrás fuerzas ni para pestañear.

Feliz año.

Canciones para ligar

Nos enviamos canciones por la misma razón que dejas que esa pecosa de ojos grandes se baje del metro todas las mañanas a las 7.48am sin que tu hayas dicho esta boca es mía; por esas dudas que nos atacan frente al portal, cuando detectas que él está acojonado, tú tonteas con las llaves y te pones en lo peor, empiezas a sospechar que hoy tampoco es el día, que si no te la juegas os volvéis a quedar sin beso, que esta noche va a ser como las anteriores y te va a tocar imaginártelo y ponerle banda sonora tú solita dándote cabezazos contra la almohada.

Nos enviamos canciones porque te flaquean las piernas nada más intuir el momento y porque para él tu último escalón es terreno vedado, en ese peldaño comienzan todos los problemas, el fuego a discreción. Porque tú lo tienes claro, tú no eres de las que da el primer paso, tú eres como él, de los que envían canciones y nunca las escuchan juntos, de los que no salen de la zona de confort ni ciegos de Jägermeister, de los que rumbo a Bangkok meten un jersey en la maleta -por si acaso-. De los previsores, las mosquitas muertas, en fin, de los perdedores.

NOTTING HILL . ESPECTACULOS CINE . FOTO CLIVE COOTE .

Nos enviamos canciones porque cuando llega la hora de verdad, el día D; cuando la despedida es inminente y las lágrimas te delatan en esa terminal hostil, en ese andén abarrotado de futuros remordimientos y lamentaciones, sigues sin ser capaz de pronunciar palabra. Ya te pondrás los cascos de vuelta a casa.

Nos las dedicamos porque es más seguro vivir en diferido, porque es más fácil intentarlo con la poesía de otros, y que cada uno interprete lo que quiera, yo aquí lo dejo todo dicho, en este estribillo. Tienes razón, hay que ser prudente, ya te la ganarás luego con una de Radiohead. Tú a tu ritmo. No hay prisa.

Nos enviamos canciones porque nos cuesta pedir perdón y ya hay otros que se disculparon escribiendo una canción. Porque tú no tienes la voz rota ni sabes tocar la guitarra, y ya has desafinado tantas veces que… Que pasas de subirte al puto karaoke a hacer el ridículo.

Nos enviamos canciones aferrados al mismo canguelo por el que ligamos a través de Tinder o esperamos a que salte el contestador, suene la alerta de abismo después de la bienvenida y solo se escuche un suspiro sin paracaídas.

Nos enviamos canciones porque te la imaginas tumbada en la cama, con las ventanas abiertas de par en par escuchando lo vuestro en bucle y hasta el delirio, concentrada en adivinar lo que le deberías decir; porque crees que durante un instante, mientras corre por El Retiro atravesando el parque sin escuchar nada más que esos acordes, se parará el tiempo para que piense en ti.

Pero créeme cuando te digo que no todo vale, y que llegado el momento, no te salvarán ni las canciones; que no siempre habrá una estrofa, ni podrás tararear unos puntos suspensivos, que cuando menos te lo esperes, se acabarán los bis y esa noche será la última frente a su portal.

Así que deja de diseñar playlist en Spotify para que él crea que eres la tía más cool que ha conocido, deja de pensar que descodificará lo indescifrable, y a ti que no se te ocurra mencionar a Radiohead.

Aquí tienes.

No te hagas el interesante sopesándolas como estado de Facebook ni se las envíes por Whatsapp como enlace mudo a horas intempestivas.

Ten agallas.

Al menos dile que es para ella.

Al menos ábrele la puerta. 

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Verano azul

Esta mañana haciendo zapping he descubierto que en La 2 vuelven a poner Verano Azul, ¿previsible? Sí, es la 2 qué esperabais, pero reconfortante, como zambullirse en una piscina cristalina y perder la noción del tiempo durante unos instantes, también. Los que no conocen a Bea, Pancho y Javi sencillamente no saben nada de la vida, de los buenos chicos, los malos y las femme fatale, del paradigma del ménage à troisni de los placeres estivales. Valientes infelices, fuera de aquí.

Yo sí los conozco, me sé hasta los diálogos, por eso hoy, envuelta en la vorágine nostálgica de los festivales y el último road trip a la playa con esas amigas del cole, recordando otras vísperas asfixiantes de agostos en Madrid y sintonías pegadizas en bicicleta, me he puesto a gritar desde el salón con la euforia de una groupie después de un coito de consolación con un bajista con mucha proyección¿Pero cómo no me habéis dicho que ponen Verano Azuuuul? Y mis hermanas, desgraciadas, jóvenes e inexpertas, me han mirado patidifusas sin entender el entusiasmo, la maravilla, la revolución. Lo han acusado a la resaca y obviado mis aspavientos por pura ineptitud, y lo peor de todo, con insumisión para someterse al maratón de Piraña, el marinero gordinflón y sus amigos veraneantes. Ahí me he quedado un buen rato arriesgando mi integridad física con el pelo mojado y el aire acondicionado, reteniéndolas mientras escudriñaba el tercer capítulo de la única temporada ante la atenta mirada de La Psicóloga y su secuaz en plena edad del pavo, no obstante, como aún tengo dudas de que hayan aprendido la lección y puedan reconocer como es debido un Verano Azul, aquí les dejo algunas pistas…

Calas “secretas”, Alicante 2014.

 

Verano azul es el que sabe a topicazos de la memoria sensorial, a gazpacho y tortilla de patata, a cervezas y sandía maridada con arena y sol. A Calipo de lima y calamares. Granizado de café y filetes empanados. Paraguayas y vino dulzón. Huele a paella y melocotones maduros. A alioli, cloro sobre su piel, jazmín despistado, gasolina de ninguna parte, sardinas a medias y brasas de carbón. A hogueras, fuegos artificiales, berberechos, adelfas venenosas y melón.

Existe para embadurnar su espalda de crema y que te hagan cosquillas mientras tarareas. Pegar mordiscos y picotear cerezas a deshoras. Para seducir copiosamente y esconder la indiscreción bajo unas gafas de sol. Hacerlo todo y no hacer nada. Contarse los lunares, enumerar los propósitos de ese año nuevo que perezosos y hedonistas sitúan en los cierres de septiembre, para brindar por las segundas oportunidades y cacarear ante las primeras veces, y para fabricar recuerdos que nos embriaguen hasta el nuevo solsticio, porque el verano azul está para eso, para recrearse.

Solo es verano azul si te dejas engatusar, si te abandonas al ritmo caribeño y una mañana escoges un libro y saboreas las últimas páginas en un paraíso de horizonte anaranjado con las manos llenas de sal. Si te escapas a un cine sin butacas, os hacéis fotos dormidos o desayunas de verdad. Si no puedes distinguir un martes de un jueves porque a las semanas las mecen las olas y tu único horario es el del chiringuito con las mejores cañas del paseo marítimo.

Pero también es azul si aparcas como Dios en el casco antiguo y el deleite de esa expo que tenías pendiente desde hace meses comienza antes de pisar suelo museístico, cuando las puertas se abren ante ti mostrando una entrada triunfal, despejada; una vida sin colas, sin turnos en la frutería, sin tener que reservar en tu nuevo restaurante favorito… El verano azul es para montar muebles sin instrucciones y entrar en el metro sin empujones. Y se vuelve celeste o celestial tanto si la marea te ha despertado de la siesta como si disfrutáis del dolce far niente despreocupados por las sábanas y el qué dirán los vecinos; si de junio a septiembre has olvidado para qué servía el pijama, los besos castos y los secretos inconfesables.

Lo tirarás por la borda si no vuelves a casa caminando deshecho sobre el asfalto mojado, créedme cuando os digo que no hay nada más refrescante que arrastrar las carcajadas de madrugada por las calles recién regadas, escuchar tintinear los hielos en una terraza desierta mientras un camarero cándido amontona las sillas y espera el fin de la cita mirando de reojo a tus camaradas.

Tampoco es verano azul si no descubres tu nueva regla de oro, si no te pierdes por la costa mientras escuchas por séptima vez el primer disco de Enrique Iglesias, discutes con tus amigas en modo drama queen on, y consigues llenar un maletón de 25 kilos con bikinis, vestidos tecnicolor, sandalias y aftersun. Si no asustas a tus coleguis con haber visto una medusa tentaculeando sobre el agua turquesa de alguna cala, y eso es campeón, defiende que tú descubriste ese oasis antes de que plantaran la primera palmera.

Miami

Miami

Y como te decía, no es verano azul si no te has dejado seducir por las primeras veces, la primera vez que coges carretera y manta con un puñado de buenas canciones y mejores amigos, la primera vez que tomas el sol en pelotas, que pruebas el helado de pitufo -un atentado contra la salud pública disfrazado de monstruo de las galletas y por lo que he podido investigar en peligro de extinción- ¿alguien se ha preguntado por qué sólo existe durante los meses de liviana rectitud y relax nacional?

Experimentarás las más incongruentes de las contradicciones, llegarán las tormentas de verano, con sus cortocircuitos eléctricos y fugaces: la primera vez que no le pones los cuernos, la primera vez que se los pones. Creerás que ya puedes montar tu bici sin ruedines, cuestionarlo todo, desafiarlos a todos, haces bien, rétales  hasta que los obstáculos te condecoren las rodillas con cicatrices, ya las recordarás cuando vuelvas, y empalmarás los gintonics con el maldito tinto de verano, sortearás la soledad con melancolía,  nadarás sin manguitos, y la llamarás por teléfono cuando el alcohol haya hecho su trabajo o no puedas quitarte su sonrisa de la cabeza, porque es lo único romántico que no ha desaparecido de estos nuevos y jodidos veranos 2.0 en los que no se escriben cartas ni se graban cassettes. Colarás la pelota, mira que te lo han avisado, no juegues aquí, pero la colarás.  Te rebelarás contra el toque de queda con tus vaqueros rotos porque lo prohibido en verano es aún más tentador y apetece, te sientes más fuerte que nunca con tu bronceado a base de Comodynes, puede que sea ese vestido sin sujetador,  y sin embargo, permitirás que te mutilen el corazón. 

Te entregarás, te dejarás llevar, ya lo creo que lo harás. Y soñarás con el próximo verano, con follar tanto como quieras y viajar tan lejos como puedas, a un destino exótico de cielos rosas especiados donde te hipnoticen sitares y no existan las obligaciones.

Haz el equipaje pero no lo olvides, lo más importante cabe en una lata azul de Nivea.

No está en Instagram. 

Alfonso Casas

Alfonso Casas es la pera.

 

Parejas infames: nosotros no somos de pescado

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Hay dos tipos de parejas, las que molan y las que no.

En las que molan, a pesar del noviazgo, sus integrantes conservan las aptitudes personales intactas, de hecho, aquellas virtudes por las que tu colega y tú decidisteis sopesar vuestra amistad hasta el infinito y más allá, sorprendentemente, han envejecido mejor que Clooney al paso de los años, y es por ello que cada vez que os reencontráis no puedes evitar que los acordes de The Rembrandts suenen a coro celestial en tu cabeza.

Incluso, si tienes mucha suerte, y tu colegui está inmerso en un romance molón puede que tu mejor amigo de la universidad o aquella alma gemela que encontraste en preescolar se haya vuelto más extraordinaria con el apareamiento. Sí, sí, a veces pasa. No nos vamos a engañar, no es lo más habitual, pero a veces se te cruza la estrella fugaz, y si ves que él ha quemado aquellas sudaderas de mamarracho y ahora tiene buen gusto para las camisas, o que ella sonríe con más frecuencia de la que solía hacerlo es que algo bueno le espera en casa. Tranquilo, todo en orden, sigues en Central Perk.

Si se trata de amor del bueno no debes preocuparte, lo sabrás enseguida. Algunas pistas. Te congratula cada vez que coincidís y compruebas que no reniega de la ironía ni los chistes verdes, de mirarte el escote aunque solo tenga ojos para ella, de beberse la nicotina y seducir a bocanadas a todo el mundo mientras tontea con el café, de tirarse de una pestaña sigiloso cuando algo le preocupa o defender con vehemencia todo aquello que en realidad no le importa una mierda. Sabrás que nadie ha tocado tu habitación mientras estabas de campamento porque ella no mira el reloj ni cuenta las copas cuando os dedicáis una noche, sigue sin saber cocinar y recuerda los estribillos de vuestras canciones porque las Spice eran vuestro credo, su falda sigue siendo escueta y continúa presumiendo de ver el vaso medio lleno mientras escupe palabrotas de calibre 56 y hace cortes de manga por la ventanilla.

Lo sabrás porque he aquí el quid de la cuestión querido amigo: quedáis, os seguís viendo, tú te encargas de comprobarlo, el tiempo no ha pasado, y aún no has experimentado esa incómoda sensación que te produce sentarte frente a un par de buenos amigos que han pasado de ser pareja al incesto perpetuo, a convertirse en siameses fundidos por el hombro; créeme cuando te digo que lo sabrás. Para cuando se masque la tragedia dará igual si quieres contarle a tu amiga que hace meses que nadie te desabrocha el sujetador o llorarle a tu colega con el drama caprichoso que es la alopecia, porque allí estará él escrutando tus movimientos y valorando si eres una de esas frescas que amenaza la casta vida de su buena chica; asúmelo, además de quedarte calvo mientras esa zorra examina tus entradas y te recomienda potingues para ralentizar lo inevitable, hay alguien más jodido que tú, y ese es tu amigo que aguarda en silencio las instrucciones de esa dominatrix.

Es cierto, no es tan sencillo identificar las señales que pronostican que esos amigos tuyos tan cool acabarán por convertirse en cretinos de manual, pero ya nos lo decían nuestras sabias madres, son las malas compañías las que nos corrompen, y las parejas infames son las peores. Ríete de los que fumaban en el recreo. Al principio, puede que sus nuevas costumbres te parezcan románticas, entrañables, pero poco después se diluirá la cortina de humo y ella le despojará de la barba y lo convencerá para abandonar la pista de baile al toque de queda, él la persuadirá para hacer turismo rural y olvidarse de la minifalda, hazme caso y mantente alerta, de pasear de la mano a meterse mano mientras te quejas de que las resacas ahora te duran una eternidad hay una delgada línea de no retorno.

Es un hecho, en las parejas que no molan ambos experimentan una extraña transformación en la que se mimetizan las manías de uno y los defectos más absurdos del otro hasta convertir una cena entre amigos en una tortura insufrible y nauseabunda; tras el suplicio de una perorata de cuchicheos y risitas solo puedes preguntarte en qué estabas pensando cuando compartías aventuras y confidencias con semejante gilipollas y en qué puto momento decidiste presentarle a esa cursi de la facultad al que era tu mejor aliado, pero haz memoria, en algún instante, cuando poníais las calles a vuestros idolatrados juernes, ese calzonazos que no respira sin el permiso de la rubia vegana que se sienta a tu lado te pareció un tipo interesante, y aquella groupie efervescente y deliciosa con la que probaste todo por primera vez, sigue regurgitando en alguna parte aunque ahora deje que ese subnormal termine sus frases y perpetre su hilarante verborrea. En el fondo ella es y seguirá siendo la chica más divertida que has conocido nunca.

Es un hecho, la sobremesa es el escenario revelador de la auténtica idiosincrasia parejil. Él le consulta a ella si puede pedir la hamburguesa mientras la susodicha hace oídos sordos y disecciona la carta. Ella está ensimismada escaneando su frente en busca de nuevas espinillas mientras finge que atiende a tus quejas… Para cuando quieres darte cuenta llevan 45 minutos adoctrinándote con la primera persona del plural: “nosotros no somos de pescado”, “nosotros reciclamos en casa”, “nosotros no somos de salir”, “nosotros vamos a misa todos los domingos” mientras a ti te hierve la sangre y estás a punto de convulsionar: ¿a misa? juraría que lo más cerca que estuvo Murdock de una iglesia en aquel año de Erasmus fue el Domus, un antro de mala muerte a los pies de una catedral gótica en el que servían los mejores long island de la ciudad del pecado…

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Las parejas infames no molan, pero algún precio hay que pagar por dejarse llevar. Reconócelo, tú también te harías vegetariana por sus besos, te tirarías en paracaídas si es de su mano, tú pasarías del lado oscuro a dejarte tu sueldo mileurista en el cepillo; del agua de los floreros a la bendita. Reconócelo porque al final aceptarás pulpo como animal de compañía, verás el fútbol y te bajarás de los tacones y de ese púlpito de tía cínica o independiente -que a veces es lo mismo-. Perdonarás el póquer, pretender con calcetines, harás concesiones con las comedias románticas y te desengancharás de todo lo que no sea ella. Y solo de vez en cuando, si la ocasión lo requiere, te harás el loco. Porque tú no quieres que ella termine tus frases en los debates de sobremesa pero te morirías por estar en su bando, no quieres que él elija el vino ni los postres, lo que te apetece es cocinar juntos un plato redondo;  tú no quieres magreos en público ni pasión adolescente cuando aún no os han ofrecido el café, sino que te meta mano bajo el mantel. Tú quieres que alguien te lleve a casa, que la intimidad sea solo vuestra.

Tú quieres estar en una pareja molona, pero con vuestro closing time

 
Take me home

-Closing time, Semisonic-

Hacer un trío

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No le importaba no tener moto, solo que cuando ella fuera a 120 por la Castellana se sintiera segura a su lado, encaramada a su maldita espalda como un koala, sonriendo mientras el aire le golpeaba la cara.

Ella sabía que no era la única, pero rezaba para que aquellos besos en los párpados fueran solo suyos, para que las demás reconocieran su perfume, su firma arañándole la espalda, sus bocados de caníbal voraz debajo de la mandíbula, y se marcharan asustadas, que huyeran lejos para no volver. Pero bien sabía que aquello era imposible, que bajo esa cazadora de cuero no había territorio que marcar ni fronteras que respetar. Él no le pertenecía.

Nunca le vio la cara, pero habían cruzado innumerables miradas desafiantes. Él se aferraba a sus zapatillas condecoradas de barro como si fueran de plomo para no partirle la cara; el enemigo se mantenía incólume en sus mocasines italianos como si su aliento feroz a través del casco fuera suficiente para fulminarlo. Las peores guerras son las frías.

Nunca le vio la cara, pero aquel tipo no le gustaba, era un jodido pirata a punto de tirar por la borda al rehén más delicado, a la víctima más dulce. Llevaba de paquete a su tesoro más preciado, una rubia amordazada con síndrome de Estocolmo que solo tenía ojos para él. Nunca mediaron palabra pero eso bastaba para desearle una muerte lenta y dolorosa.

Ella, sin embargo, estaba convencida de que aquello podía durar toda la vida, de que 20 años no es nada, de que algún día le dedicarían un tango. 

Él  no conocía la ingenuidad, por ello quería recorrer el mundo de su mano, pasarse los días y las noches buscando un recoveco, un escondite virgen entre el lóbulo de la oreja y su pelo. Un lugar para él, para ella; un santuario para los dos.

A ella no le importaba en cuantos sitios había estado aquel desgraciado antes de aterrizar bajo sus sábanas. Tenía la sensación de haber encontrado al tío de su vida como siempre, como todos esos pitillos que se había fumado desnuda en la habitación de algún hotel invisible, furtivamente. Pero miraba por la ventana y seguía en Madrid. Ella quería cambiar de escenario, escapar.

Él ya había viajado mucho.

Era un oso hormiguero, prudente, curioso. Sabía utilizar las palabras adecuadas pero nunca brotaban de su boca a tiempo, era amable con el miedo porque cuando perdía la oportunidad le aliviaba el silencio. Compartía un apartamento que se caía a pedazos con tres estudiantes extranjeros; un sueco, un alemán y un portugués. Era un bajo, un antiguo almacén lúgubre y diminuto en la calle de La Palma,  pero le gustaba decir que tenía un encanto decadente, íntimo. Se proclamaba tímido sin remedio, no un cobarde, tímido. Siempre se le dieron bien los eufemismos y disfrutaba descubriendo tugurios de mala muerte y catando hamburguesas XL. Sus máximos aliados eran una barba destartalada y dos o tres vaqueros. Recorría Malasaña en una bici que parecía de hojalata, y su santo grial era una cámara de fotos de segunda mano y unos cuantos discos de Simon & Garfunkel que escuchaba en bucle cuando estaba deprimido, lo que ocurría prácticamente a diario.

Ella no sabía quién demonios era Mrs. Robinson ni falta que le hacía. Tenía unos ojos castaños que desarmaban al más pintado y unas piernas de escándalo con las que abrazaba a todo aquel que le diera mala vida. Escribía estribillos de los Rolling en un cuaderno de notas porque idolatraba a Anita Pallenberg y se dejaba llevar bajo aquel halo de misterio en el que la envolvían su sombrero de ala ancha y las drogas blandas. Nunca recordaba quién le debía dinero ni si ya había comido. No sabía cantar pero susurraba de miedo acariciando una guitarra que era lo único que le había dejado su padre y se pasaba de parada cuando leía a Capote en el metro ensimismada con sus protagonistas más frágiles. Nunca había tocado en público ni tarareado para nadie.

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Él era un depredador, un lobo de asfalto al que le asomaban las primeras canas plateadas y la corbata por encima del cuello almidonado. Tenía el atractivo de los ligones experimentados, esos que terminan tus frases con ingenio y consiguen sacarte una carcajada a pesar de tu reticencia a edulcorar las primeras citas. Era tan irresistible como exasperante.  Sabía manejarse en todo tipo de situaciones; alrededor de una barra con los capullos de sus amigos, en el trabajo con aquella panda de incompetentes que se deshacían en elogios, y hasta con la corte de zorras que lo amenazaban con ir con el cuento a su mujer después de abandonarlas con amnesia implacable y whisky con agua.

Él quería salir de ese agujero.  Acabar con esas mañanas de espectador bajo la lluvia observando como ella llegaba o se marchaba pero nunca permanecía a su lado; olfateando el rastro de lo que no podía ser, recordándola en la distancia. Él quería terminar con los latidos demoledores, las palpitaciones, esa hoguera muda que lo abrasaba como ácido clorhídrico; la impotencia de dejarla escapar cada tarde a las cinco, los sudores fríos y la rabia contenida que lo torturaba despacito. Quería deshacerse de los celos, esos que sientes por lo que nunca has tenido y jamás será tuyo. Esa pesadilla era una eterna sinfonía que se repetía incansable sacudiendo sus tímpanos. Se estaba volviendo loco de esperanza y lo sabía: cada noche se acostaba recreando una vida juntos y seguía soñando despierto mientras pedaleaba hasta que sus mordiscos cómplices lo devoraban frente a la puerta de la biblioteca. Verles comiéndose a besos era como recibir una colleja cruda en la nuca, limón en las llagas, alcohol en las heridas. Él era de esos que envían canciones, anónimos, mensajes de auxilio en una botella, palomas mensajeras; incapaz de desprenderse de los ruedines y las sutilezas, de abrirse en canal y desangrarse a borbotones…

Ella lo sospechaba, pero nunca quiso confiar en su intuición porque era generosa y ya le había jugado demasiadas malas pasadas. Le gustaba recorrer su caligrafía esbelta con las yemas de los dedos sobre los apuntes en blanco y azul tinta, los dibujos de los márgenes, que le pidiera el café antes de que lo necesitara y la cogiera en brazos cuando aprobaban un examen. Las horas volaban cuando había cervezas sobre la mesa y el buscaba cualquier ocasión para acompañarla a casa y asegurarse de que entraba, de que estaba a salvo. El nunca le hacía preguntas pero la escuchaba sin pestañear. Hablaban de todo menos de lo importante. Ella lo sospechaba…

Él tenía una destreza brutal para hacer propuestas indecentes a altas horas de la madrugada, en eso consistía su apoteosis dialéctica, su talento más romántico. Él solo hablaba en la cama.

Él quería romper todos sus vinilos.

Ella no quería dar un concierto, solo tocar para alguien. Componer su banda sonora y reírse juntos cuando se les olvidara la letra.

Él nunca iría a escuchar a los Rolling con ella.

 

Él suspiraba por ella.

Ella suspiraba por él.

Él no sabía suspirar.

“Wake me up for a moment from the paradise…
Lift me off the ground and take me to the garden of paradise…”