¿Zero o light?

A casi todas las chicas verdaderamente románticas que conozco, les produce urticaria que su chico aparezca con un ramo esquizofrénico de flores technicolor en el día de su aniversario, y tampoco suspiran por que cuando al fin se alinean las estrellas y ambos conseguís fijar una fecha para pasar juntos un puente en una casita rural de oferta, vosotros, iluminados, rompáis el silencio al que habéis sucumbido en los últimos 45 minutos que lleváis perdidos por ese agujero negro en el que se ha convertido el maldito pueblo de Cuenca, soltando con fingido entusiasmo: “Esta canción me recuerda tanto a ti cariño…” mientras suena alguna mariconada de Pablo Alborán en la radio  y en vez de entonar el mea culpa que estamos esperando por el tour manchego que nos habéis dado. No sabremos de carreteras, mapas y caminos pero sabemos reconocer la misma iglesia cuando es la cuarta vez que pasamos por delante queridos.

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No os confundáis, a las románticas con denominación de origen no les gusta la sobredosis de azúcar, no les produzcáis un coma diabético con ese tipo de tonterías, y sobre todo, por el amor de dios, no les regaléis peluches, eso a las cursis, hay una delgada línea que nos separa. Hay matices.

Por ejemplo, hacer el favor de no bailarnos el agua con vocativos ñoños, y no nos agasajéis con cantidades ingentes de chocolates polinsaturados, galletitas y otras mierditas; las auténticas románticas aborrecen los pétalos sobre sábanas satinadas y las bañeras repletas de espuma y clichés, pero por encima de todas las cosas, odian los nauseabundos “¿en qué estás pensando mi amor? En ti…”, hacedme caso, saben que no pensáis, no os lo preguntarán, así que vosotros, simplones de tres al cuarto, no caigáis en el craso error de haceros los existencialistas para sorprenderlas, odian esas pantomimas tanto como pagar a medias un hotel de cortinas trasnochadas y moqueta barata.

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Eso sí, me jugaría el cuello a que a una romántica de verdad de la buena -aunque lo niegue- le hará ilusión que la esperes un día cualquiera a la salida del trabajo con entradas para esa peli de Meryl que te dijo que le apetecía ver y que tu has subestimado, o un trozo de su tarta favorita; que escondas bajo el brazo el vinilo al que pertenece esa canción que no deja de tararear en bucle como si se tratara de un preciado tesoro, que le envíes una orquídea a la ofi, para que le haga compañía, porque esta semana está saliendo demasiado tarde; o que te plantes un jueves de invierno en su apartamento con tus expectativas y esa sonrisa tonta que ponemos todos cuando conocemos un secreto que el otro ni se imagina, para poneros malos y acabar amaneciendo en la playa.

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A él podrás ganártelo si aceptas una noche de tregua y le das otra oportunidad a los videojuegos, si elogias su disposición a la hora de preparar la cena mientras esperáis a que se descongele la pizza que ha metido en el horno o aceptas disfrazarte de algo humillante; se derretirá si te proclamas cheerleader de su pésimo equipo de fútbol y celebras los goles desde las gradas, pero si lo que estás buscando son fuegos artificiales, haz que entiendes eso del fuera de juego, créeme será tu gran noche. Por cierto, no prepares ningún baño y cuélate de vez en cuando en la ducha.

El café solo, los Rolling, y Aristarain. Los chistes que le hacen gracia, las postales de ciudades que no ha visitado, cuántos cigarrillos fuma. Los huevos fritos no revueltos, los galanes de Wilder y las heroínas de Allen. Saltar desde el último escalón porque lo hace desde que era una cría. Las sorpresas colosales, y no me refiero a esas mierditas que evocan escenas de película, ella quiere su fucking propia película, ser la protagonista, así que si no vas a cruzarte un océano o hacerla llorar hasta extasiarla no jodas con pamplinas. Los nueve cuentos de Salinger y las canciones de The Zombies que pone cuando pasa el aspirador. Su obsesión por la simetría, que nunca aprenderá a nadar estilo mariposa y qué si tuviera una máquina del tiempo viajaría a 1965. La impaciencia, que su plato es territorio vedado porque no le gusta que hurgues con tus dedazos para hacerte con la última aceituna. Que toma Coca-Cola Zero, no light. Y que a escondidas ve talent shows y se toca mucho el pelo cuando alguien le gusta. Que prefiere la verdad a una mentira por cruda que sea porque no cree en las pequeñas traiciones, y que como ocurre con los primeros besos, cree que siempre es mejor pedir disculpas que pedir permiso.

Nada de melodramas edulcorados: tequila, puenting y muchos platos rotos. Pero sobre todo olvídate de los estereotipos facilones, en el fondo lo que todos queremos es que sepan qué maldita Coca-Cola tomamos.

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Son unos malditos

Los que piden una sudadera, un disco, un par de zapatillas, tesoros de tu armario que ya no le pertenecen.

Las que los devuelven sin que se los hayas pedido. En una caja de cartón o una bolsa de hipermercado.

Los que te llaman amor, mi vida, cielo, cariño, nena y otras memeces para no confundirse de nombre.

Las que te dan un número falso en vez de negártelo.

Los que cuando ella por fin es capaz de probar bocado en una cita, y no solo tontear con la ensalada, comentan sin escrúpulos que no están buscando nada serio.

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Las que necesitan tomarse un tiempo para ellas, las del paréntesis, las de ‘necesito mi espacio para pensar; un tiempo para mí…’ pero no te rechaza cuando te ofreces a recogerla en el aeropuerto o llevarla a casa después una noche de con sus amigas. Las que te permiten sentirte como un auténtico perdedor, mientras conduces a marchas forzadas y piensas soy un puto pringado.

Los lobos con piel de cordero.

Las mosquitas muertas.

Los que hablan con su novia por teléfono cuando están contigo bajo las sábanas.

Las que entonan el “entiendo que no me esperes” a sabiendas de que esperarías toda la jodida eternidad.

Los que no distinguen un desliz de la poligamia.

Las que te dicen “te echo de menos” cuando te han plantado. Probablemente por otro. Y tú, que te estabas recuperando, que lo estabas asimilando, pierdes de nuevo el control. Te vuelve a arder la boca del estómago; a bullir la puta cabeza pensando en ella. Hasta que al día siguiente te confiesa que estaba borracha y no se acuerda de nada.

Los que envían las mismas canciones de Leiva a todas sus víctimas.

Las ex que cuando quedáis en un nuevo place to be para tomar algo muerden la pajita. Seductoras de poca monta. 

Los que mienten con tanta naturalidad que ni su fucking madre podría cazarlos.

Las que engañan. Con premeditación y alevosía. Cuando estás indefenso y vulnerable. Cuando ya estás colgado y no hay vuelta atrás.

Los que relatan a sus colegas vuestras noches con pelos y señales y luego te abren la puerta.

Las que borran todas vuestras fotos de Facebook como si nunca os hubierais conocido.

Los que se disculpan sin saber el motivo.

Las que solo quieren que te disculpes, una y otra vez.

Los que no te adulan cuando la has cagado con un corte de pelo ridículo.

Las que al principio te exigen más tiempo, más atención, más mimos y luego los desprecian como si fueras un apestado.

Los que tienen una cita maestra, y la utilizan sistemáticamente con cada una de sus conquistas.

Las que fingen. Al principio, al final o en medio. Cuando estás con los tuyos y cuando nadie más os ve.

Los que aprovechan cualquier ocasión para decir lo buena que está tu amiga.

Las que se sorprenden cada vez que comentas que tu colega, ese que es más alto, más guapo y que gana más que tú, no tiene novia.

Los que dicen que su grupo favorito es Radiohead. Háganme caso, no son trigo limpio.

Las fans de The Smiths, están locas y son maestras del chantaje emocional.

Los que publican fotos con desconocidas en paraísos desconocidos, con festival de sonrisas y sin respetar el luto. Por desconsiderados.

Las que consiguen que te sientas culpable por no haber hecho algo que nunca te han pedido. Porque te enredan.

Los que no saben pedir perdón.

Las que no saben aceptarlo en cualquiera de sus formas. A veces debería bastar con un beso joder.

Los que te dejan y terminan diciendo “sé que me voy a arrepentir…” Mientras tú te lames las heridas.

Las que comienzan la conversación del fin con un “tenemos que hablar…” Porque a partir de entonces solo importará lo que ella diga.

Los de la callada por respuesta.

Las que siempre tienen la última palabra.

Los que se escudan. “Yo soy así”.

Las que te querían cambiar y lo han conseguido.

Los que te perdieron porque se lo propusieron y las que nunca quisieron tenerte.

Las que te hicieron creer que te querían y los que te quisieron pero nunca lo demostraron.

Malditos. Todos. 

Sobre las llamadas pasadas las 4am y la autocensura

Las echo de menos. A las llamadas golfas digo. Cuando aún éramos adolescentes, mi mejor amigo que siempre fue un sibarita de la ironía, solía hacerlas. Las bautizó como ‘las llamadas del ahorro’ por su elevado coste económico pero también emocional.

Cada vez que se pasaba de copas, mi amigo tenía la entrañable costumbre de telefonear a diestro y siniestro soltando speeches ininteligibles cargados de sentimentalismos. No importaba en qué país se encontrara haciendo acopio de vasos de tubo vacíos, que en cuanto la denostada fase de exaltación de la amistad comenzaba con su efervescencia, se venía arriba y terminaba pasando el teléfono a todo aquel que estuviera catando caldos en el mismo barucho para que gritara, cantara o disertara acerca del non-sense de turno. La broma podía durar horas pero era una delicia.

No digan que no, siempre hace ilusión recibir llamadas de madrugada. El noctambulismo anestesia nuestro amor propio y poco a poco sentimos la necesidad imperiosa de decir lo que no nos atrevemos a susurrar con cafeína corriendo por las venas a plena luz del día. Hacer el ridículo a partir de las 4am es lo propio.

Yo reivindico mi derecho a recibirlas porque siempre fue menos peligroso que hacerlas. Todos hemos intentado protegernos con trucos absurdos para salvaguardar nuestra dignidad, pero estarán conmigo en que la autocensura previa es el peor enemigo de los instintos humanos más divertidos.

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Mi amiga Karembeu tenía una técnica infalible que pusimos en práctica alguna vez durante los meses del éxodo italiano para evitar hacer llamadas de las que arrepentirnos al día siguiente. Quien dice llamadas, dice SMS, y también los malditos mensajes en el contestador, que forma más despiadada de denigrarnos; olvídense de hacernos soplar cuando nos pongamos al volante, que alguien nos detenga cuando nos disponemos a grabar nuestros balbuceos en esas máquinas del demonio donde nuestras intenciones más indecorosas y momentos de debilidad quedan al descubierto para la posteridad.

La estrategia Karembeu a bote pronto solucionaba el problema, ¿recuerdan la app que el novio de Marnie desarrollaba en Girls? Aquella que bloqueaba el número de tu ex prohibiéndote cualquier conato de contacto con el susodicho. Si querías levantar el veto, debías pagar un impuesto de 10$ que te recordara la humillación manifiesta a la que ibas a someterte suplicando clemencia de madrugada. Pues no era tan brillante.

Lo que me proponía Karembeu era un intercambio de teléfonos. Ella ya lo había hecho con sus amigas varias veces y me aseguraba que la táctica era infalible, – Como yo tengo tu agenda de contactos y tu la mía ni yo podré llamar a (nombre del desgraciado 1) ni tú a (nombre del desgraciado 2). Me insistía con vehemencia.

La sobriedad con la que escribo este post me plantea lagunas tan obvias como ‘me sé su número de memoria’, ‘tú también le conoces y tienes su contacto en tu agenda’ y ‘genial, pero vigílame de cerca porque estoy tan colgada de ese tío que cuando lleguemos a casa y te metas a vomitar este enésimo tequila en el water, te robaré el teléfono y le escribiré esas 4 fucking palabras que delatan de la forma más contundente nuestra vulnerabilidad, léase las humillantes abreviaturas: “T exo d -“ si es que os separa una frontera, o el sintético pero fulminante “Dnd sts?” si os encontráis en la misma ciudad’.

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El caso es que en aquellas noches en que entonábamos como un mantra aquello de ‘no pasa nada porque aquí nadie nos conoce’, el alcohol low-cost adormentaba mi raciocinio y el trueque ‘teléfono por integridad emocional’ me parecía una genialidad. ¿Cómo terminaba el asunto? Intentando memorizar números extranjeros (con sus prefijos y todo) en un antro de mala muerte mientras tu amiga trataba de no desplomarse en el repugnante servicio del garito, y recibiendo muchos mensajes de extraños y sobrestimulados desconocidos sin aparente sentido al día siguiente.

No me malinterpreten, la autocensura es prudente y sabia pero no funciona tan bien cuando tu fuerza de voluntad no está on fire: ‘no me voy a depilar porque no pienso acostarme con él’, tengo amigas que han querido envolverse en una crisálida de cera caliente al día siguiente de la que no salir jamás por esta encomiable estrategia. También es conocido el “no voy a felicitarle por su cumpleaños” como castigo inexorable y manido recurso para hacerte la interesante, y luego aparecer en su fiesta porque te has enterado de que se va de voluntariado a Guatemala los próximos tres meses y quieres que vea lo bien que te ha sentado perder dos kilos llorando desde que te dejó.

Pero mi ejercicio autocensor preferido es el 2.0: “lo mejor es que no sepa nada de él, voy a desagregarle de Facebook” para luego terminar rastreando, como una auténtica psicópata, las redes sociales de sus amigos, sus compañeros de trabajo y hasta de sus primos de Albacete.

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No sé vosotros, pero en mi caso la pasada Maggie ha intentado muchas veces proteger mi integridad emocional procrastinando meteduras de pata y persiguiendo a la inconsciente futura Maggie, pero esta última siempre es más rápida. Supongo que por eso los momentos edredón se han convertido en la tónica general de mi vida.

Tenlo en cuenta. De madrugada, lo que no ibas a permitir que sucediera acaba ocurriendo con un plus de patética espontaneidad, así que déjate llevar, después de todo, siempre tendrás a la amiga/amigo sobrio y cuerdo que te recordará implacable – No le llames. – No respondas, ese/a busca lo que busca (como si tú no lo supieras), -Te vas a arrepentir, -Es una mala idea… Pero si estás leyendo esto probablemente seas de los míos, y te las apañes para huir y hacer lo que te de la gana.

Puede que al final, todo salga bien…

Algo pasa con Tinder. Toda la verdad.

Crazy, Stupid, Love.

Tengo la desgracia de tener amigos guapos y amigas guapérrimas, unos ligan más que otros pero se defienden bastante bien. No entiendo lo de Tinder, en serio, no lo entiendo.

La primera vez que me lo comentó una de mis amigas guapérrimas, llamémosla Lady Madrid, puse el grito en el cielo, lo primero que pensé es, enhorabuena Maggie, el ligar se va a acabar, el ligar de forma tradicional quiero decir.  ¿Qué tío va a hacer el esfuerzo de emborracharse y emborracharte para mantener una conversación lo suficientemente divertida e inteligente para que le des tu número de teléfono pudiendo hacer un casting con un ‘OK next round’ con antelación? Ninguno. Se ahorran los chistes, se ahorran las copas… -¿En tu casa o en la mía? -En la mía que estoy solo. #FinDeLaCita.

Crazy, Stupid, Love.

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Después de que Lady Madrid no me convenciera en aquel bar de mala muerte para descargarme la dichosa app, quedé con otros guapos a comer en el hindú de la Calle Belén y plantarle cara a mi resaca con varios cafés en Whitby. Antes de que me trajeran el primer espresso uno de mis amigos más guapos ya tenía el móvil en la mano, llamémosle Jim Stark:  -Va a sonarte fatal lo que voy a decir, pero ayer me tiré una tía y me acordé un huevo de ti. -Vaya… ¿Gracias? – No me malinterpretes, muy mona, trabaja en (revista de moda) como tú, la conocí en Tinder. -Es cierto, muy mona, espera… ¿Qué demonios haces en esa mierda? -¡Qué dices! ¡Esto es la hostia! Hoy he quedado con tres chicas. Mirada hater. -¿Tres fucking citas? -Tengo un huevo de match. 

Maggie ¿Cuántas citas has tenido en lo que va de 2014? Durante los últimos dos meses he sobrevivido a varias madrugadas en la redacción, he visto decenas de desfiles, recorrido Madrid de punta a punta en unos 50 taxis, he hecho unas mil fotos y publicado cientos de tweets ¿citas? 0. Y mi querido amigo Jim Stark al que como a 007 le rompieron el corazón ‘Desde Rusia y con amor, después de haber padecido una tormentosa relación y más traumática ruptura tenía, en una única tarde, tres citas con dos hipsters bellas -¡Y una francesa! como él mismo apuntó con la vehemencia que le caracteriza.

-¿Dónde quieres ligar tú? ¿Cuándo fue la última vez que conociste a alguien que mereciera la pena? Maggie desengáñate, la gente no liga en los bares, ni en el metro, ya no. La gente liga en la Red. Después de un intenso debate acerca de las bondades y el daño que han hecho las redes sociales en las relaciones sentimentales y la realidad no virtual, todos los guapos que había abrazando aquella mesa en la terraza de la calle Almagro coincidieron en que no tenía otra salida. Tenía que probar Tinder. La carne es débil y yo soy una entusiasta así que no solo me bajé la aplicación sino que me comprometí a permanecer activa durante 21 días, el tiempo que La Psicóloga me recomendó para consolidar el hábito y desenvolverme con maestría.

Hace un par de semanas descargué la app, y esperé a encontrar algún tío que pareciera normal. Después de varios minutos ya tenía el desliz hacia la izquierda casi automatizado ¿mi criterio Tinder? Nada de tíos semidesnudos, ni posibles candidatos a MyHyV. Duda existencial: ¿pero cuántos tíos practican surf en este planeta? Nada de fotos en las que no les veo la cara, necesitaré identificarles en la rueda de reconocimiento, y  descartados los que ponen frases de Paulo Coelho en la biografía. Bien.

Después de los filtros, lo cierto es que no me encontré a gente ni muy fea ni muy rara, aquello me sorprendía pero respondía al testimonio de mis amigos embaucadores, los guapos y listos de mis amigos que me habían invitado a probar suerte porque sus exitosas experiencias les avalaban. El novio de mi mejor amiga fue definitivo, me dijo con clarividencia -Maggie ¿qué es lo peor que te puede pasar? Me interrumpió antes de que pudiera responderle, se me ocurrían toda una ristra de momentos edredón. -¿Que el tío no te guste y después de una cerveza no vuelvas a verle? A mis colegas les ha pasado y #FinDeLaCita. Tiene razón, pensé.

Así que invoqué a la Maggie más intrépida y misericordiosa y comencé a observar con detenimiento las fotos de los tíos que me parecían normales y a aceptarlas, no sin antes intercambiar screenshots con mis amigos por whatsapp. Divertido, lo reconozco.

Los matches comenzaron a proliferar, y Lady Madrid que ya estaba ducha en la materia me dio las instrucciones definitivas para sobrevivir en la jungla -Maggie te hablarán los tíos no te preocupes, hay algunos que van a saco, tú no te asustes, bloqueas y listo. Así fue.

Hasta aquí todo bien, salvo el cruce con algún ‘amigo de amigo’ y algún compañero de trabajo por el que casi palmo de vergüenza, lo pienso y me dan escalofríos, el caso es que algunos de los tíos que intuía normales trataban de romper el hielo y empezar una conversación coloquial con frases graciosas que en otro contexto habrían dado resultado pero lo cierto es que… No he sido capaz de mediar palabra.

¿Por qué demonios no puedo? Consigo escribir posts de 500 palabras, la dialéctica no se me da del todo mal ¿es por la ausencia de alcohol? Nota mental: entrar en la aplicación tajada para comprobar si desinhibida soy más pro Tinder.

No puedo. No puedo y no quiero y lo peor es que no entiendo como pude pensar que podría. Y no es por esos esquiadores pijos ni los que aparecen navegando como si fueran el Capitán Merrill Stubing de ‘Vacaciones en el mar’, siguiente duda existencial: ¿quién no tiene un barco en esta republica bananera? Tampoco me desquito por lo sospechosos que me resultan los que cuelgan muchas fotos con un millón de amigos para que no puedas identificarles ¿de verdad creen que si estoy en esta mierdita es porque tengo tiempo libre para jugar a buscando a Wally? Ni siquiera es por los que se hacen selfies en el baño o en sus horriblemente decorados apartamentos, ni por los que llevan camisetas sin mangas que solo de pensarlo me dan NÁUSEAS, es que, sencillamente, ligar por Internet no está hecho para mí.

Tengo tantos prejuicios acerca del ciberligoteo que prefiero autocompadecerme en casa viendo ‘Tienes un e-mail’ que volver a programar mi radar geolocalizador y confirmar mi margen de edad aceptable en puTinder para comprobar que en 10 días tendré la edad del R&R y que me hago vieja. Ya tengo una jodida cana…

Basta. Soy old school. No puedo ni quiero luchar contra eso. Así que el que quiera ligar que me dedique un estado en MSN. Ese es mi paradigma 2.0, con emoticonos y alguna de esas canciones concebidas para ligar.

P.D. Salvo que alguien me garantice una cita como esta… Entonces sí.

Todos somos guapos cuando nos besan

Esta mañana he brujuleado por la web de GQ y he encontrado este tesoro en una de mis secciones preferidas: #TrendingTopic. La directora Tatia Pilieva, ha reunido a veinte desconocidos en torno a su objetivo para retratar cómo se fragua un primer beso, ese que imaginamos cuando vamos alejándonos con paso firme de la casilla de salida en el transcurso de una cita perfecta, después de cruzar miradas cómplices en el metro con algún desconocido que susurra la banda sonora al vagón a pesar de sus enormes cascos y nos sigue el juego, o el más tentador, el que idealizas antes de rendirte al sueño cuando no eres correspondido.

Lo reconozco, he visto varias veces el vídeo, sé lo que vuestras retorcidas cabecitas están pensando y no, mi neurosis no me ha llevado a analizar cada gesto con gélida percepción para perfeccionar la técnica -a los ávidos de escenas tórridas y nuevos trucos os adelanto que no encontraréis grandes hallazgos en este ámbito- esto no es ‘Masters of Sex’ ni un documental de cortejo entre pavos reales, pero merece la pena dejarse llevar por la emoción.

Al contrario de lo que pueda parecer tampoco soy ninguna cursi sensiblona que se recrea con el romanticismo edulcorado, con el segundo visionado solo quería comprobar lo que en un primer vistazo me sugirieron los veinte conejillos de indias que se han sometido al experimento: es curioso como todos los que intercambian mordiscos durante los tres minutos de ‘First kiss’ se vuelven más atractivos cuando se besan. 

Algunos se deshacen de ternura ante la primera caricia, otros exhalan sex appeal nada más rozarse con la nariz; ellas casi siempre sonríen ante lo inminente, a ellos les delata el deseo en las pupilas. Algunos se desnudan con las manos entre abrazos y magreos furtivos, otros lo hacen prácticamente sin tocarse, con los ojos cerrados; muchos no volverán a verse y, sin embargo, por unos instantes, no son capaces de desengancharse, los hay que tiritan de nervios, sus besos son temblorosos y fugaces, los hay tímidos, dulces, pero también encontraréis lentos y apasionados, intensos y decididos, y algún ejemplar de esa rara avis cuya calma incólume resulta irresistible, el que la posee es conocedor de su virtud… En el desenlace ellos sostienen la mirada ante el rubor femenino -ya ha sucedido- me llama la atención como entre ellos y entre ellas parece más fácil, más natural.

En cualquier caso, lo que es innegable es que todos están aún más guapos cuando besan y son besados.

Quizá si nos viéramos así de seductores, irradiando feromonas, seguros de nosotros mismos… Si supiéramos que la química va a hacer su trabajo, que nuestros chistes surtirán efecto, que cuando nos fundimos en un primer beso, pequeño o hollywoodiense, nuestro atractivo se eleva a la enésima potencia y las posibilidades al séptimo cielo… No tendríamos tantas dudas ni esperaríamos tanto para un primer beso.

Quizá, sencillamente, deberíamos dejar de imaginar y besarnos más joder.

Hacer el ridículo es el nuevo sexy

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Hace poco, una amiga me contaba partiéndose de risa que había caído en las redes del sexting y que había descargado una aplicación para hacer gifs animados y enviárselos a su chico. Se le ocurrió la brillante idea de hacer una versión hot del Bar Coyote y se grabó contoneándose en sujetador durante unos microsegundos. Mi amiga tiene su teléfono abarrotado de nuevas apps, blogs de moda, shops online etc. y hacía tiempo que había desactivado todas las notificaciones de su iPhone, por eso le sorprendió que un sinfín de likes y nombres desconocidos aparecieran en su pantalla junto a un batallón de comentarios subiditos de tono y emoticonos sugerentes. Lejos de hacerle llegar el vídeo de dos rombos a su novio, lo había subido a una fucking red social, y sin meditarlo, había hecho su propio Kardashian-Kanye West contra su voluntad. Me reí tanto que me tiré el café encima, pero no más que ella, y estoy segura de que mucho menos que su chico.

Tengo otra amiga, tiene las mejores piernas del mundo. En 2009 compartimos una casa destartalada en una de las ciudades más bellas de Italia, en aquel tugurio de excesos y expectativas, lo cierto es que mi amiga y yo compartimos muchas otras cosas, de hecho lo compartíamos prácticamente todo: nuestro primer conato de independencia de papá y mamá, un único espejo, ensayos de risotto y bocetos de spaghetti carbonara, muchas canciones de The Kinks, y reflexiones acerca de las relaciones que podrían hacer temblar a Lena Dunham… Pero sobre todo consejos maridados con cantidades ingentes de alcohol muy barato directamente proporcionales a un self-service de secretos inconfesables.

De todo aquello, conservo deliciosos recuerdos, algunos vagos -gracias al cielo- y otros que lejos de permanecer desdibujados se han convertido en mantras que llevaré para siempre conmigo. Mi querida amiga, llamémosla Karembeu, es una encantadora devota del exhibicionismo emocional, y debo confesar que pasados los años reconozco que sus teorías terapéuticas dejaron posos en algún lugar entre mi escepticismo y mi desconfianza, me explico. 

Prácticamente el 75% de las noches de desenfreno made in Italy que se sucedieron en 2009 terminaban con dos estereotipos grandilocuentes cohabitando en aquel apartamento; servidora amanecía pasado el mediodía, debajo de un edredón de 3×3 mientras los flashes de la noche anterior le azotaban la sien como descargas eléctricas, ¿alguna vez se ha arrepentido hasta el delirio de haber caído en una tentación deleznable? ¿Ha volcado en medio de la pista de baile a ritmo de Raffaella Carrà cuando ya habían encendido las luces? ¿Ha padecido besos adolescentes con un adolescente cuando usted ya no era teenager o nadado junto a un casi desconocido en una piscina familiar con un bañador de chico y una camiseta del Inter? A eso me refiero.

Esos bochornosos y brillantes momentos de debilidad que pasados los años aún consiguen ruborizarte, son lo que mi amiga bautizó como ‘momentos edredón’ porque después de cruzarnos varios SMS -eran otros tiempos- jactándonos de las cagadas que había orquestado la otra el día anterior, pataslargas tenía que recorrer el pasillo con sus pantalones pesqueros de cuadros escoceses -nadie hace pijamas para metro y medio de piernas- y tirar de la colcha gigante donde yo pretendía esconderme hasta que los gin tonics volvieran a aliviarme de la vergüenza.

Ella, sin embargo, que siempre fue más lista y pragmática, amanecía descojonada viva, yo casi no tenía margen de maniobra para humillarla, y créanme, no todas las situaciones bochornosas que me vienen a la cabeza de aquellos meses pertenecen a mi idiosincrasia.

Durante muchos años pensé que mi sentido del ridículo era una enfermedad absolutamente crónica hasta que hace poco conseguí avanzar en el asunto: ¿cómo demonios puedes reírte de alguien que se ríe de sí mismo? Supongo que por ello acepté disfrazarme del conejo mamarracho de ‘Alicia en el País de las Maravillas’ en el cumpleaños de mi amiga Paloma, o soporté con estoicismo que me sentaran en un desfile de Ágatha Ruiz de la Prada junto a sus coloristas adeptos con mi perfecto de cuero y vestida de negro, pero esas son otras historias.

A lo que me refería es a esa actitud generosa y a su vez crítica que puedes tener contigo cuando haces el más soberano de los ridículos; en vez de la tiranía absurda del pudor, reivindiquemos ese exhibicionismo emocional de Karembeu en aras de nuestra autoestima, de nuestro sex appeal o de nuestra honestidad, elijan el motivo que más les convenga, pero por el amor de dios, no les quepa la menor duda, hay que ser más Bridget Jones y menos Scarlett O’hara, les garantizo que da buen resultado, tengan en cuenta que como decía Jesus Terrés evocando a F. Scott Fitzgerald: “Hablo con la autoridad que da el fracaso”.