Hacer el ridículo es el nuevo sexy

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Hace poco, una amiga me contaba partiéndose de risa que había caído en las redes del sexting y que había descargado una aplicación para hacer gifs animados y enviárselos a su chico. Se le ocurrió la brillante idea de hacer una versión hot del Bar Coyote y se grabó contoneándose en sujetador durante unos microsegundos. Mi amiga tiene su teléfono abarrotado de nuevas apps, blogs de moda, shops online etc. y hacía tiempo que había desactivado todas las notificaciones de su iPhone, por eso le sorprendió que un sinfín de likes y nombres desconocidos aparecieran en su pantalla junto a un batallón de comentarios subiditos de tono y emoticonos sugerentes. Lejos de hacerle llegar el vídeo de dos rombos a su novio, lo había subido a una fucking red social, y sin meditarlo, había hecho su propio Kardashian-Kanye West contra su voluntad. Me reí tanto que me tiré el café encima, pero no más que ella, y estoy segura de que mucho menos que su chico.

Tengo otra amiga, tiene las mejores piernas del mundo. En 2009 compartimos una casa destartalada en una de las ciudades más bellas de Italia, en aquel tugurio de excesos y expectativas, lo cierto es que mi amiga y yo compartimos muchas otras cosas, de hecho lo compartíamos prácticamente todo: nuestro primer conato de independencia de papá y mamá, un único espejo, ensayos de risotto y bocetos de spaghetti carbonara, muchas canciones de The Kinks, y reflexiones acerca de las relaciones que podrían hacer temblar a Lena Dunham… Pero sobre todo consejos maridados con cantidades ingentes de alcohol muy barato directamente proporcionales a un self-service de secretos inconfesables.

De todo aquello, conservo deliciosos recuerdos, algunos vagos -gracias al cielo- y otros que lejos de permanecer desdibujados se han convertido en mantras que llevaré para siempre conmigo. Mi querida amiga, llamémosla Karembeu, es una encantadora devota del exhibicionismo emocional, y debo confesar que pasados los años reconozco que sus teorías terapéuticas dejaron posos en algún lugar entre mi escepticismo y mi desconfianza, me explico. 

Prácticamente el 75% de las noches de desenfreno made in Italy que se sucedieron en 2009 terminaban con dos estereotipos grandilocuentes cohabitando en aquel apartamento; servidora amanecía pasado el mediodía, debajo de un edredón de 3×3 mientras los flashes de la noche anterior le azotaban la sien como descargas eléctricas, ¿alguna vez se ha arrepentido hasta el delirio de haber caído en una tentación deleznable? ¿Ha volcado en medio de la pista de baile a ritmo de Raffaella Carrà cuando ya habían encendido las luces? ¿Ha padecido besos adolescentes con un adolescente cuando usted ya no era teenager o nadado junto a un casi desconocido en una piscina familiar con un bañador de chico y una camiseta del Inter? A eso me refiero.

Esos bochornosos y brillantes momentos de debilidad que pasados los años aún consiguen ruborizarte, son lo que mi amiga bautizó como ‘momentos edredón’ porque después de cruzarnos varios SMS -eran otros tiempos- jactándonos de las cagadas que había orquestado la otra el día anterior, pataslargas tenía que recorrer el pasillo con sus pantalones pesqueros de cuadros escoceses -nadie hace pijamas para metro y medio de piernas- y tirar de la colcha gigante donde yo pretendía esconderme hasta que los gin tonics volvieran a aliviarme de la vergüenza.

Ella, sin embargo, que siempre fue más lista y pragmática, amanecía descojonada viva, yo casi no tenía margen de maniobra para humillarla, y créanme, no todas las situaciones bochornosas que me vienen a la cabeza de aquellos meses pertenecen a mi idiosincrasia.

Durante muchos años pensé que mi sentido del ridículo era una enfermedad absolutamente crónica hasta que hace poco conseguí avanzar en el asunto: ¿cómo demonios puedes reírte de alguien que se ríe de sí mismo? Supongo que por ello acepté disfrazarme del conejo mamarracho de ‘Alicia en el País de las Maravillas’ en el cumpleaños de mi amiga Paloma, o soporté con estoicismo que me sentaran en un desfile de Ágatha Ruiz de la Prada junto a sus coloristas adeptos con mi perfecto de cuero y vestida de negro, pero esas son otras historias.

A lo que me refería es a esa actitud generosa y a su vez crítica que puedes tener contigo cuando haces el más soberano de los ridículos; en vez de la tiranía absurda del pudor, reivindiquemos ese exhibicionismo emocional de Karembeu en aras de nuestra autoestima, de nuestro sex appeal o de nuestra honestidad, elijan el motivo que más les convenga, pero por el amor de dios, no les quepa la menor duda, hay que ser más Bridget Jones y menos Scarlett O’hara, les garantizo que da buen resultado, tengan en cuenta que como decía Jesus Terrés evocando a F. Scott Fitzgerald: “Hablo con la autoridad que da el fracaso”.

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2 comentarios en “Hacer el ridículo es el nuevo sexy

  1. Caerte 30 veces al día tropezándote con tus propias piernas hace que cualquiera pierda la vergüenza. Acabar en la piscina de una montaña italiana hace que te plantees tu futuro. Sobre los besos adolescentes sólo puedo decir “bugiardo di merda”.

    Tener una amiga con tanto talento hace que me sienta muy, muy, muy orgullosa. Seré la primera en leerte y comentarte, no lo dudes, amica.

    Y te deseo una cosa aparte del éxito de este blog: que tengas muchos más momentos edredón, pero que los compartas con nosotros.

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