¿Zero o light?

A casi todas las chicas verdaderamente románticas que conozco, les produce urticaria que su chico aparezca con un ramo esquizofrénico de flores technicolor en el día de su aniversario, y tampoco suspiran por que cuando al fin se alinean las estrellas y ambos conseguís fijar una fecha para pasar juntos un puente en una casita rural de oferta, vosotros, iluminados, rompáis el silencio al que habéis sucumbido en los últimos 45 minutos que lleváis perdidos por ese agujero negro en el que se ha convertido el maldito pueblo de Cuenca, soltando con fingido entusiasmo: “Esta canción me recuerda tanto a ti cariño…” mientras suena alguna mariconada de Pablo Alborán en la radio  y en vez de entonar el mea culpa que estamos esperando por el tour manchego que nos habéis dado. No sabremos de carreteras, mapas y caminos pero sabemos reconocer la misma iglesia cuando es la cuarta vez que pasamos por delante queridos.

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No os confundáis, a las románticas con denominación de origen no les gusta la sobredosis de azúcar, no les produzcáis un coma diabético con ese tipo de tonterías, y sobre todo, por el amor de dios, no les regaléis peluches, eso a las cursis, hay una delgada línea que nos separa. Hay matices.

Por ejemplo, hacer el favor de no bailarnos el agua con vocativos ñoños, y no nos agasajéis con cantidades ingentes de chocolates polinsaturados, galletitas y otras mierditas; las auténticas románticas aborrecen los pétalos sobre sábanas satinadas y las bañeras repletas de espuma y clichés, pero por encima de todas las cosas, odian los nauseabundos “¿en qué estás pensando mi amor? En ti…”, hacedme caso, saben que no pensáis, no os lo preguntarán, así que vosotros, simplones de tres al cuarto, no caigáis en el craso error de haceros los existencialistas para sorprenderlas, odian esas pantomimas tanto como pagar a medias un hotel de cortinas trasnochadas y moqueta barata.

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Eso sí, me jugaría el cuello a que a una romántica de verdad de la buena -aunque lo niegue- le hará ilusión que la esperes un día cualquiera a la salida del trabajo con entradas para esa peli de Meryl que te dijo que le apetecía ver y que tu has subestimado, o un trozo de su tarta favorita; que escondas bajo el brazo el vinilo al que pertenece esa canción que no deja de tararear en bucle como si se tratara de un preciado tesoro, que le envíes una orquídea a la ofi, para que le haga compañía, porque esta semana está saliendo demasiado tarde; o que te plantes un jueves de invierno en su apartamento con tus expectativas y esa sonrisa tonta que ponemos todos cuando conocemos un secreto que el otro ni se imagina, para poneros malos y acabar amaneciendo en la playa.

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A él podrás ganártelo si aceptas una noche de tregua y le das otra oportunidad a los videojuegos, si elogias su disposición a la hora de preparar la cena mientras esperáis a que se descongele la pizza que ha metido en el horno o aceptas disfrazarte de algo humillante; se derretirá si te proclamas cheerleader de su pésimo equipo de fútbol y celebras los goles desde las gradas, pero si lo que estás buscando son fuegos artificiales, haz que entiendes eso del fuera de juego, créeme será tu gran noche. Por cierto, no prepares ningún baño y cuélate de vez en cuando en la ducha.

El café solo, los Rolling, y Aristarain. Los chistes que le hacen gracia, las postales de ciudades que no ha visitado, cuántos cigarrillos fuma. Los huevos fritos no revueltos, los galanes de Wilder y las heroínas de Allen. Saltar desde el último escalón porque lo hace desde que era una cría. Las sorpresas colosales, y no me refiero a esas mierditas que evocan escenas de película, ella quiere su fucking propia película, ser la protagonista, así que si no vas a cruzarte un océano o hacerla llorar hasta extasiarla no jodas con pamplinas. Los nueve cuentos de Salinger y las canciones de The Zombies que pone cuando pasa el aspirador. Su obsesión por la simetría, que nunca aprenderá a nadar estilo mariposa y qué si tuviera una máquina del tiempo viajaría a 1965. La impaciencia, que su plato es territorio vedado porque no le gusta que hurgues con tus dedazos para hacerte con la última aceituna. Que toma Coca-Cola Zero, no light. Y que a escondidas ve talent shows y se toca mucho el pelo cuando alguien le gusta. Que prefiere la verdad a una mentira por cruda que sea porque no cree en las pequeñas traiciones, y que como ocurre con los primeros besos, cree que siempre es mejor pedir disculpas que pedir permiso.

Nada de melodramas edulcorados: tequila, puenting y muchos platos rotos. Pero sobre todo olvídate de los estereotipos facilones, en el fondo lo que todos queremos es que sepan qué maldita Coca-Cola tomamos.

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