Somos unos suicidas

En el número de mayo de la revista TELVA, encontrarán una entrevista muy interesante que les recomiendo con fervor titulada ‘La gran belleza’. En ella se suceden siete páginas en la que Vis Molina interroga al escultor Jaume Plensa y al fundador y presidente de MANGOIsak Andic.

En la batería de preguntas que se dan cita en este encuentro inaudito –Isak Andic sencillamente no concede entrevistas- hay una especialmente brillante dirigida al reciente Premio Nacional de Artes Plásticas: ¿Cómo sabes cuándo está acabada una obra? A lo que Plensa responde: ‘Paul Valéry decía: ‘Un poema nunca está acabado, simplemente se abandona’. En la obra de un artista pasa exactamente esto, llega un momento en que hay que apartarse de ella porque tienes miedo de estropearla si la tocas más’. 

Sería fantástico que en las historias de amor sucediera lo mismo. Pero no. No funciona exactamente así. Básicamente porque somos unos suicidas y queremos agotar nuestra existencia kamikaze, terminar exhaustos y doloridos, haberlo probado todo, lo posible y lo imposible también; bebérnoslo como el crápula que apura el último trago de la última copa en el último bar abierto, cuando ya se han puesto las calles y a sabiendas de que a esas alturas de la madrugada solo le servirán veneno y dolores de cabeza. Puro masoquismo sentimental, el más violento de los fetichismos, el que por mí no quede. Mi querida Lady Madrid sabe bien de lo que hablo.

Y da igual cuantos tortazos te hayas llevado y cuantas mañanas te hayas despertado a su lado sabiendo que aquello que teníais se ha diluido, que lo vuestro fue a por tabaco para no volver, que se esfumó sin cortina de humo, a bocanadas sin filtro, sin previo aviso y sin dejar restos de colillas ni rastro de ceniza.

Lo peor de todo es que el apocalipsis os acechaba desde hace tiempo, y tú lo sabes, no lo intuyes, lo sabes. Tú sabes que a vosotros solo os queda compartir un pasillo árido y un dormitorio hostil, tú sabes que los roces hace tiempo que son fortuitos y las carcajadas clandestinas, que él camina a hurtadillas por vuestras zonas comunes y que ella es una furtiva en un apartamento que ya no es vuestro porque esa yonki de la nicotina y los buenos tíos os ha desahuciado a ti, a vuestra vajilla destartalada, a vuestro perro baboso y a vuestros geranios del jardín.

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Y tú ni te molestas en hacerte el sueco, lo que pasa es que te niegas en rotundo a que las ondas se disipen sigilosas en ese charco inmundo en el que estás metido, y tú estas iracunda y desolada, quieres echar el resto y que todo aquello que se ha derrumbado haga ruido, que pase, que se enteren los vecinos, porque si no es así, sabéis que el silencio puede durar para siempre y que ni siquiera vosotros podríais aguantar para siempre.

Tú quieres erupciones de lava volcánica, explosiones, camiones de bomberos, sirenas y alarmas porque a pesar de soportar estoicamente sus desplantes has dormido vigilando su espalda; y tú durante meses has hecho lo imposible por no recordar lo mucho que ese desgraciado te hacía reír antes de que la guerra fría se instalara en vuestro salón, y en el fondo, aunque tu continúas pendiente de un hilo, sabes que ella es más afilada que Eduardo Manostijeras y que te asfixiarás si sigues conteniendo la respiración entre tus sábanas de plomo.

Tú quieres sufrir, no padecer. Y escuchar gritos y reproches, motivos, sinrazones y golpes bajos. Tú quieres beberte la última copa aunque este rota. Y cuando la sangre te brote a borbotones pedirla que no se marche. Suplicarle, convencerlo, porque en el fondo siempre creerás que está en tu mano y que te queda algo por decir, algo por hacer. Pero créeme cuando te digo que él ya te ha olvidado y piensa que esto no es una derrota compartida, que la muy hija de puta se marchará imbatible, sin que le tiemble el pulso, y con tu chucho enredado entre las piernas. 

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Lo cierto es que la mayoría tendemos a hacernos polvo, de forma premeditada o no, destruimos o permitimos que nos destruyan, y ninguna Campanilla sacude sus alas de mariposa y nos susurra: chicos, dejadlo ahora que aún estáis a tiempo de no haceros daño, lo vais a estropear. No hay ningún oráculo que nos inspire la confianza suficiente para atender a sus consejos cuando todas las señales indican que el fin está cerca y las advertencias se vuelven tangibles como un bloque de mármol. Aquí no hay musas. Y si las hubiera haríamos caso omiso, porque ya están tus colegas haciendo las veces de Miguel Ángel -que a todos se nos da muy bien anticiparnos cuando la mierda no va con nosotros- viendo más allá, insistiéndote: no lo hagas, abandona el barco, este ya no es tu tren. Pero es que no saben lo mejor de todo, y es que tú, retorcido y obstinado, quieres seguir cincelando y puliendo hasta que no te quede piedra entre las manos.

Te han hecho añicos a base de desdén, y mientras el depredador, la vampira de los colmillos chiquititos, se mantiene impasible y sale sin un rasguño de ese mejunje histriónico de emociones y cuchillos, lo único que tú tienes claro es que ya no tienes nada que perder, y es ahí cuando comienzas a arrastrarte en una pendiente infinita.

Cuando nos colgamos no hay vuelta de hoja. El interruptor puede encenderse en una décima de segundo y destrozarte para toda la vida porque para entonces no hay Watson, ni Sancho ni jodido grillo que te escurra la conciencia creativa para dejar de pintar sobre borrón y comenzar a salpicar un nuevo lienzo en blanco. Y estás inspirado -porque el drama es así- pero solo para encontrar nuevas formas de autolesionarte: ahora que estoy exultante voy a llamarla y por mis huevos que la recupero; voy a plantarme en su casa con dos billetes de avión y a proponerle que nos vayamos lejos, así a lo loco, a Tokio, Nueva Zelanda, Tulum. En las antípodas todo será diferente.

Hacemos el suicida, el kamikace, el gilipollas. Y así es como debe ser. Porque echar el freno es una tontería, porque por eso las historias de amor no están expuestas en los museos ni se restauran con el paso del tiempo. No son esculturas serenas, no son instalaciones rítmicas y luminiscentes, a veces no son ni siquiera bonitas y mucho menos equilibradas y armoniosas como los poemas; muchas veces los versos no encajan, las melodías no se encuentran, desafinamos.edward_bloom_flores_big_fish

Tengo una amiga que estuvo ensayando su discurso de reconquista durante más de 8 horas dentro de un SEAT Panda rojo en la puerta de la casa de su ex. Lo tenía todo preparado, las palabras precisas, la dosis necesaria de nostalgia, la voz quebradiza y en el horizonte promesas de cambios que no iban a tener lugar, promesas que no valen nada, pero proclamadas con convicción y un vestido de verano verde esperanza. Se quedó dormida, y cuando despertó había una zorra no identificada saliendo de su casa con el pelo alborotado y las medias rotas. No sonaba Puccini ni floreció un campo de narcisos, no se abrieron las aguas ni se hizo la luz. Solo estaba ella allí sola, sola y muy jodida escoltada por dos policías observándola y meneando la cabeza porque una vecina se había extrañado de la guardia romanticona y sospechaba que se tratara de una terrorista hasta las cejas de psicotrópicos. Sola y muy jodida. Y nadie se lo avisó, nadie le dijo: piénsalo unos instantes querida, la vas a cagar, lo vas a estropear. Nadie.

Días más tarde recuperó su chucho.

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Por eso no hay que pensárselo mucho, hay que pasar a la acción, por eso Don’t think twice it’s alright. Por que si algo tienen en común el amor, las obras de arte y los poemas a medias de Valéry, es que mientras uno piensa que no se ha terminado, que no se va a acabar nunca, el otro puede que ya te haya abandonado.

Para ti.

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El interruptor

Esa sensación. La que te salpica cuando encuentras justo lo que andabas buscando, o mejor, algo completamente distinto. Es un clic, cosquillas, una sobredosis de adrenalina, la bilirrubina. Una descarga eléctrica que te devora con ese hormigueo letal que es el entusiasmo. Tsukuro Tazaki, el protagonista de ‘Los años de peregrinación del chico sin color’, la última novela de Haruki Murakami, lo sufre en sus carnes, lo padece en su piel, y por eso sabe de lo que habla: un interruptor.

Lo tenemos en la espalda, pero está escondido, y solo se puede encender con las yemas de los dedos de otro, de un desconocido. Lo alojamos en un recoveco invisible entre los omoplatos, y aunque nos lo propongamos, ni el mejor de los contorsionistas llegaría siquiera a rozarlo.

Es el botón de los escalofríos que recorren la espina dorsal, la palanca de la euforia y el calor, la batería de las lágrimas, los celos, la lujuria y los instintos más primarios que solo se despiertan cuando descubrimos a los malditos que saben tocar las teclas adecuadas para hacernos sentir exultantes.

Aparecerán en el momento más oportuno o el más inesperado y lo encenderán sigilosamente, de puntillas. Cuando quieras darte cuenta ya será demasiado tarde. Pero no te preocupes, los reconocerás al instante.

Él te parecerá tan seguro, enseguida sabrás que maneja la situación, que tú solo eres un títere, gelatina, arena entre sus manos, porque desde su primera media sonrisa vas como Tom Hanks, camino a la perdición.

Ella estará tranquila, apacible, con un halo irresistible entre enigmático, indulgente, y exuberante que sería capaz de volver loco al más pintado de los latin lovers, ella tiene licencia para matar; solo ha pestañeado un par de veces mientras te analiza con la cabeza ladeada como un cachorrito indefenso y ha bastado para hacerte sentir frágil y vulnerable, estás en pelotas porque cuando te mira es capaz de ver a través de ti. Perdido. Desconcertado.

Y tú estás tan acojonada que no sabes si tirarte a la piscina o si repeler el agua como un jodido gremlin.

Y esa noche, en la que desde un principio él tiene la cita estudiada y ella la llave maestra, iréis a cenar a ese sitio tan cuco de la Corredera Baja, él hará toda una declaración de intenciones con Black Keys en el coche, y ella tonteará con las uñas pintadas de rojo.

Te gustará desde el principio, no tiene una voz bonita, pero tienes que reconocer que sabe decir las cosas con un sex appeal incontestable. Y tú, absorto con su aparente idiosincrasia naïf, te derretirás cuando se retire la melena de los hombros para que disfrutes de la primavera.

Él no pierde el tiempo ni lo cazarás en un renuncio, y ella se insinúa de una forma tan sutil que eres incapaz de distinguir si se trata de una femme fatale o de una de esas bellezas tan ingenuas como encantadoras en peligro de extinción.

Hacía décadas que no te sentías así de torpe, tan estúpido, tan ensimismado. Te sudan las manos, has manchado el mantel inmaculado con tu segunda copa de vino y crees que aún ni siquiera has hecho un buen chiste en estos primeros y definitivos 25 minutos. No obstante, estás de suerte, y ella se ha reído. Es generosa y eso te reconforta.

Pero tú no lo haces a propósito, y eso es lo mejor de todo. Tus mejillas habían olvidado lo que era el rubor, no puedes evitar dejar de cruzar las piernas, cada 40 segundos cambias de dirección, te humedeces los labios una y otra vez y vuelta a empezar. No sabes donde meterte pero te resistes a dejar de mirarlo para focalizar tu atención. Mierda, en realidad no puedes concentrarte, no sabes ni lo que dices porque la suculenta idea de romper con tu lista de cosas que no hay que hacer en la primera cita te ronda tentadora por la mente y no se disipa.

¿Qué estoy haciendo?

No tenía que haber venido, yo estoy en otra liga.

Se nota tanto que me gusta, joder estate quieta con el pelo de una puta vez.

No puedo dejar de mirarle el escote. Va a pensar que estoy salido.

A la mierda el decálogo de la primera cita, si me lo pide subimos a su casa a tomarnos la última.

Voy a parecer un maldito alcohólico pero necesito otro whisky. Doble y sin hielo por favor.

Tranquilízate, después de todo ya estás aquí, sonríe y muéstrate receptiva.

Qué demonios, a por ello.

Los silencios se cuentan por décimas de segundo pero son los últimos. Suspiras. Y os termináis la primera botella. El último trago es revelador. Habláis sobre el trabajo, las relaciones, los amigos, las canciones y los viajes pendientes por hacer. Llevas media hora sonriendo y no te has dado cuenta. Estás a punto de olvidar aquellas directrices férreas, dejar los clichés a un lado para sucumbir a la espontaneidad y dejarte llevar, pero no lo puedes evitar, aún no os habéis besado y tú ya estás elucubrando si volverá a llamarte mañana.

Él no piensa dar ese paso, ya ha dibujado una estrategia para hacerse el interesante.

Ella no quiere parecer desesperada.

Después de todo te queda un millón de tías por conocer.

A ver sí, ha estado bien, ha estado muy bien, pero tampoco es para tanto. ¿No?

Para cuando has vuelto de retocarte en el baño, él ya ha pagado la cuenta y ya estás envuelta en la espiral de la segunda fase. Round 2. Paseáis. Él no sabe donde vives ni tú hacia donde estáis yendo. Y ocurre.

Esa sensación. La de nada más abrir los ojos constatar que ha sido una gran noche.

Te has reído cuando él se humillaba y tú has estado tan nerviosa y despistada que le has resultado encantadora.

Te has insinuado pero te han seducido.

Os habéis besado, acariciado, puede que hasta os hayáis acostado y si no lo habéis hecho lo estabas deseando.

Fue el whisky.

Sí, quizá solo fuera el vino.

Pero te has levantado mimosa y sabes que no es la resaca porque por primera vez en mucho tiempo la cama te resulta demasiado grande y no te arrepientes de nada.

Y tú, después de una eternidad de tormentosos meses, por fin has conseguido amanecer sin pensar en ella, has salido del zulo en el que te enterró cuando dio carpetazo a lo vuestro y te has olvidado de aquel portazo sin escrúpulos, lo sabes, ha pasado algo y tiene que ser ella, porque ahora en tu cabeza solo te retumba la risa tonta de esa chica que se tocaba el pelo.

No han pasado ni veinticuatro horas. Va a pensar que soy un cretino, un pringado.

Voy a parecer una loca peligrosa. Una pesada. Seguro que se agobia y cree que estoy obsesionada buscando un nombre para nuestros hijos. Jaime y Martina, me gustan Jaime y Martina.

¿Qué coño le digo? Igual aún está dormida.

¿Qué excusa le pongo? Tenía que haberme dejado algo en el coche.

Y los tonos paran el tiempo. Suplicas por un contestador amable pero no te da la bienvenida y la espera es una agonía. Hasta que coge el teléfono. Coge el teléfono y te dice que sí, que quiere volver a perder el tiempo contigo. Porque después de todo los dos estáis en modo ON y es que ese maldito interruptor es mágico e irreversible.

Es esa sensación todo el rato. Intuitiva e implacable.

Y ahora bebéis café, no hay vino ni escapatoria, ni trampa ni cartón, la luz encendida, las cartas sobre la mesa. Y no importa quien ha llamado primero, ni siquiera recuerdas que estabas haciendo con tu vida antes de responder al teléfono. Solo sabes que querías desayunar con esa sensación. Con el chico del clic y la chica del interruptor.

PRIMOS