El interruptor

Esa sensación. La que te salpica cuando encuentras justo lo que andabas buscando, o mejor, algo completamente distinto. Es un clic, cosquillas, una sobredosis de adrenalina, la bilirrubina. Una descarga eléctrica que te devora con ese hormigueo letal que es el entusiasmo. Tsukuro Tazaki, el protagonista de ‘Los años de peregrinación del chico sin color’, la última novela de Haruki Murakami, lo sufre en sus carnes, lo padece en su piel, y por eso sabe de lo que habla: un interruptor.

Lo tenemos en la espalda, pero está escondido, y solo se puede encender con las yemas de los dedos de otro, de un desconocido. Lo alojamos en un recoveco invisible entre los omoplatos, y aunque nos lo propongamos, ni el mejor de los contorsionistas llegaría siquiera a rozarlo.

Es el botón de los escalofríos que recorren la espina dorsal, la palanca de la euforia y el calor, la batería de las lágrimas, los celos, la lujuria y los instintos más primarios que solo se despiertan cuando descubrimos a los malditos que saben tocar las teclas adecuadas para hacernos sentir exultantes.

Aparecerán en el momento más oportuno o el más inesperado y lo encenderán sigilosamente, de puntillas. Cuando quieras darte cuenta ya será demasiado tarde. Pero no te preocupes, los reconocerás al instante.

Él te parecerá tan seguro, enseguida sabrás que maneja la situación, que tú solo eres un títere, gelatina, arena entre sus manos, porque desde su primera media sonrisa vas como Tom Hanks, camino a la perdición.

Ella estará tranquila, apacible, con un halo irresistible entre enigmático, indulgente, y exuberante que sería capaz de volver loco al más pintado de los latin lovers, ella tiene licencia para matar; solo ha pestañeado un par de veces mientras te analiza con la cabeza ladeada como un cachorrito indefenso y ha bastado para hacerte sentir frágil y vulnerable, estás en pelotas porque cuando te mira es capaz de ver a través de ti. Perdido. Desconcertado.

Y tú estás tan acojonada que no sabes si tirarte a la piscina o si repeler el agua como un jodido gremlin.

Y esa noche, en la que desde un principio él tiene la cita estudiada y ella la llave maestra, iréis a cenar a ese sitio tan cuco de la Corredera Baja, él hará toda una declaración de intenciones con Black Keys en el coche, y ella tonteará con las uñas pintadas de rojo.

Te gustará desde el principio, no tiene una voz bonita, pero tienes que reconocer que sabe decir las cosas con un sex appeal incontestable. Y tú, absorto con su aparente idiosincrasia naïf, te derretirás cuando se retire la melena de los hombros para que disfrutes de la primavera.

Él no pierde el tiempo ni lo cazarás en un renuncio, y ella se insinúa de una forma tan sutil que eres incapaz de distinguir si se trata de una femme fatale o de una de esas bellezas tan ingenuas como encantadoras en peligro de extinción.

Hacía décadas que no te sentías así de torpe, tan estúpido, tan ensimismado. Te sudan las manos, has manchado el mantel inmaculado con tu segunda copa de vino y crees que aún ni siquiera has hecho un buen chiste en estos primeros y definitivos 25 minutos. No obstante, estás de suerte, y ella se ha reído. Es generosa y eso te reconforta.

Pero tú no lo haces a propósito, y eso es lo mejor de todo. Tus mejillas habían olvidado lo que era el rubor, no puedes evitar dejar de cruzar las piernas, cada 40 segundos cambias de dirección, te humedeces los labios una y otra vez y vuelta a empezar. No sabes donde meterte pero te resistes a dejar de mirarlo para focalizar tu atención. Mierda, en realidad no puedes concentrarte, no sabes ni lo que dices porque la suculenta idea de romper con tu lista de cosas que no hay que hacer en la primera cita te ronda tentadora por la mente y no se disipa.

¿Qué estoy haciendo?

No tenía que haber venido, yo estoy en otra liga.

Se nota tanto que me gusta, joder estate quieta con el pelo de una puta vez.

No puedo dejar de mirarle el escote. Va a pensar que estoy salido.

A la mierda el decálogo de la primera cita, si me lo pide subimos a su casa a tomarnos la última.

Voy a parecer un maldito alcohólico pero necesito otro whisky. Doble y sin hielo por favor.

Tranquilízate, después de todo ya estás aquí, sonríe y muéstrate receptiva.

Qué demonios, a por ello.

Los silencios se cuentan por décimas de segundo pero son los últimos. Suspiras. Y os termináis la primera botella. El último trago es revelador. Habláis sobre el trabajo, las relaciones, los amigos, las canciones y los viajes pendientes por hacer. Llevas media hora sonriendo y no te has dado cuenta. Estás a punto de olvidar aquellas directrices férreas, dejar los clichés a un lado para sucumbir a la espontaneidad y dejarte llevar, pero no lo puedes evitar, aún no os habéis besado y tú ya estás elucubrando si volverá a llamarte mañana.

Él no piensa dar ese paso, ya ha dibujado una estrategia para hacerse el interesante.

Ella no quiere parecer desesperada.

Después de todo te queda un millón de tías por conocer.

A ver sí, ha estado bien, ha estado muy bien, pero tampoco es para tanto. ¿No?

Para cuando has vuelto de retocarte en el baño, él ya ha pagado la cuenta y ya estás envuelta en la espiral de la segunda fase. Round 2. Paseáis. Él no sabe donde vives ni tú hacia donde estáis yendo. Y ocurre.

Esa sensación. La de nada más abrir los ojos constatar que ha sido una gran noche.

Te has reído cuando él se humillaba y tú has estado tan nerviosa y despistada que le has resultado encantadora.

Te has insinuado pero te han seducido.

Os habéis besado, acariciado, puede que hasta os hayáis acostado y si no lo habéis hecho lo estabas deseando.

Fue el whisky.

Sí, quizá solo fuera el vino.

Pero te has levantado mimosa y sabes que no es la resaca porque por primera vez en mucho tiempo la cama te resulta demasiado grande y no te arrepientes de nada.

Y tú, después de una eternidad de tormentosos meses, por fin has conseguido amanecer sin pensar en ella, has salido del zulo en el que te enterró cuando dio carpetazo a lo vuestro y te has olvidado de aquel portazo sin escrúpulos, lo sabes, ha pasado algo y tiene que ser ella, porque ahora en tu cabeza solo te retumba la risa tonta de esa chica que se tocaba el pelo.

No han pasado ni veinticuatro horas. Va a pensar que soy un cretino, un pringado.

Voy a parecer una loca peligrosa. Una pesada. Seguro que se agobia y cree que estoy obsesionada buscando un nombre para nuestros hijos. Jaime y Martina, me gustan Jaime y Martina.

¿Qué coño le digo? Igual aún está dormida.

¿Qué excusa le pongo? Tenía que haberme dejado algo en el coche.

Y los tonos paran el tiempo. Suplicas por un contestador amable pero no te da la bienvenida y la espera es una agonía. Hasta que coge el teléfono. Coge el teléfono y te dice que sí, que quiere volver a perder el tiempo contigo. Porque después de todo los dos estáis en modo ON y es que ese maldito interruptor es mágico e irreversible.

Es esa sensación todo el rato. Intuitiva e implacable.

Y ahora bebéis café, no hay vino ni escapatoria, ni trampa ni cartón, la luz encendida, las cartas sobre la mesa. Y no importa quien ha llamado primero, ni siquiera recuerdas que estabas haciendo con tu vida antes de responder al teléfono. Solo sabes que querías desayunar con esa sensación. Con el chico del clic y la chica del interruptor.

PRIMOS

 

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