Colgados de colgarse

Están los que prefieren amar a ser amados, los que prefieren ser amados a amar y los que prefieren ser humillados, pisoteados, arrastrados, maltratados, vilipendiados y abofeteados -ríete de 50 Shades– y, sobre todo, revolcarse en la mierda in aeternum, como si no hubiera un mañana, como si nunca hubiera existido ayer; los colgados de colgarse, los que no aprenden ni quieren aprender. Éstos son mis favoritos. 

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Los que tiran monedas al aire para permitirse la licencia de enviar el primer whatsapp que -para qué nos vamos a engañar- es el que pone las cartas sobre la mesa y revela lo más impúdico, íntimo y vergonzoso que poseemos cuando alguien nos ha sacudido: nuestro maldito interés. Si sale cara le escribo yo, si pillo el semáforo en verde le escribo yo, si encesto esta mierda de post en la jodida papelera le escribo yo. Y si sale cruz, si parpadea el ámbar o tienes menos puntería que Elle Driver, te encabronas y pruebas a pisar el acelerador, a deshojar la margarita, o te consuelas con el socorrido feminismo de la desesperación: somos personas adultas, soy una tía moderna ¿por qué cojones voy a esperar a que me escriba él? Pues porque no te quiere, IMBÉCIL. El manido: “En realidad estamos en el mismo punto, ella puede estar esperando a que yo le escriba primero…” Seguro que sí, por eso no deja de actualizar su cuenta de Facebook con fotos borracha y despeinada en El Amante rodeada de umbersexuales, IMBÉCIL.

Te imaginas, supones, divagas sobre lo humano y lo divino porque tú estás colgado de colgarte, enganchado a sus sindioses: en línea, desconectado, en línea, desconectado, en línea y otra vez desconectado sin decir esta boca es mía -no tuya- sin decir si tu me dices ven. Sin decir.

Tú vives sin vivir en ti por sus putos momentos en Tinder, sus tentadoras postales de Instagram, sus listas de Spotify. Tú estás enganchado al espionaje industrial amoroso, no hay cortapisas para los background checks que te estás marcando, no recuerdas el remordimiento, ni el sentimiento de culpa ni a qué sabían los escrúpulos, la dignidad ni el amor propio; tú estás como Clive Owen en Closer, cegado por el deseo, pero sin agallas, y sin atender a las vicisitudes; tú disfrutas con la ilicitud voyeur, a lo Glenn Close en Atracción fatal, a lo Sharon Stone en Instinto básico, pero sin instinto, ni intuición, ni vestido blanco que lo parió. Porque tú lo que no quieres es intuir, racionalizar, asimilar que lo que ocurre es que ese tío sencillamente P-A-S-A-D-E-T-I y disfruta pergeñando la humillación constante del silencio tras el doble tick azul; que ella será siempre tu perro del hortelano, porque es del primer grupo, el de los románticos, y prefiere amar a ser amada; o del segundo, el de los listos, que sopesan gustar y ser venerados, pero desde luego no es de tu maldita secta insaciable, torturada e inefable de los Juegos del Hambre.

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Estás perdido, disfrutas con el drama y la adrenalina del tira y afloja y ya no sabes distinguir entre la de cal y la de arena. Escuchas canciones melancólicas en bucle. Dale una vez más al play si tienes huevos y acabarás creyendo que Chris Martin escribió esa mierda para ti. Y te pasas el día con la boca del estómago estrangulándote el apetito y las ganas de vivir, recordando ese lunar, cuando os prometisteis aquel viaje y él se hizo ese tatuaje, su sonrisa de medio lado cuando está decepcionada y esa forma compulsiva de tocarse el pelo… Y atajar el insomnio soñando despierta imaginando historias inverosímiles; como de qué color tendrían los ojos vuestros hijos, tratando de recordar las leyes de Mendel mientras te peleas con la almohada; si conseguiríais plaza en un colegio bilingüe o cederías para que hicieran la Primera Comunión. Y empatizas viendo películas de rocambolescos romances y misántropos atormentados como Like Crazy o In Search of a Midnight Kiss. Y te compadeces de nuevo porque el universo confabula contra ti y no hay piropo que reconstruya tu autoestima ni ex que te reconforte. Tú estás colgado de colgarte, enganchado a engancharte.

Y no hay intervención amistosa que te rescate de la vorágine autodestructiva ni amiga de amiga que te saque del hoyo, porque aunque no dejes de pedir auxilio, tú no quieres un tío normal con el que mudarte a Las Tablas ni a una niña mona que le ayude a poner la mesa a tu madre. Tú quieres vivir en una canción de Sabina, que te puteen hasta que te vuelvas loca, la taquicardia, el flamenco, los portazos y regodearte con las lamentaciones. Concatenar cigarrillos con los gin tonics, tocar fondo y quedarte en aquel segundo de vértigo. Tú no pides que te quieran ni que te cuiden, sólo que no te dejen. Tú no quieres que te veneren ni te recuerden, sólo que no te olviden.

Tú sólo quieres sufrir.

Pero no te aferres.

Like-Crazy

P.D. Bien sabes que siempre fui más de la Jurado que de la Pantoja.