Somos unos suicidas

En el número de mayo de la revista TELVA, encontrarán una entrevista muy interesante que les recomiendo con fervor titulada ‘La gran belleza’. En ella se suceden siete páginas en la que Vis Molina interroga al escultor Jaume Plensa y al fundador y presidente de MANGOIsak Andic.

En la batería de preguntas que se dan cita en este encuentro inaudito –Isak Andic sencillamente no concede entrevistas- hay una especialmente brillante dirigida al reciente Premio Nacional de Artes Plásticas: ¿Cómo sabes cuándo está acabada una obra? A lo que Plensa responde: ‘Paul Valéry decía: ‘Un poema nunca está acabado, simplemente se abandona’. En la obra de un artista pasa exactamente esto, llega un momento en que hay que apartarse de ella porque tienes miedo de estropearla si la tocas más’. 

Sería fantástico que en las historias de amor sucediera lo mismo. Pero no. No funciona exactamente así. Básicamente porque somos unos suicidas y queremos agotar nuestra existencia kamikaze, terminar exhaustos y doloridos, haberlo probado todo, lo posible y lo imposible también; bebérnoslo como el crápula que apura el último trago de la última copa en el último bar abierto, cuando ya se han puesto las calles y a sabiendas de que a esas alturas de la madrugada solo le servirán veneno y dolores de cabeza. Puro masoquismo sentimental, el más violento de los fetichismos, el que por mí no quede. Mi querida Lady Madrid sabe bien de lo que hablo.

Y da igual cuantos tortazos te hayas llevado y cuantas mañanas te hayas despertado a su lado sabiendo que aquello que teníais se ha diluido, que lo vuestro fue a por tabaco para no volver, que se esfumó sin cortina de humo, a bocanadas sin filtro, sin previo aviso y sin dejar restos de colillas ni rastro de ceniza.

Lo peor de todo es que el apocalipsis os acechaba desde hace tiempo, y tú lo sabes, no lo intuyes, lo sabes. Tú sabes que a vosotros solo os queda compartir un pasillo árido y un dormitorio hostil, tú sabes que los roces hace tiempo que son fortuitos y las carcajadas clandestinas, que él camina a hurtadillas por vuestras zonas comunes y que ella es una furtiva en un apartamento que ya no es vuestro porque esa yonki de la nicotina y los buenos tíos os ha desahuciado a ti, a vuestra vajilla destartalada, a vuestro perro baboso y a vuestros geranios del jardín.

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Y tú ni te molestas en hacerte el sueco, lo que pasa es que te niegas en rotundo a que las ondas se disipen sigilosas en ese charco inmundo en el que estás metido, y tú estas iracunda y desolada, quieres echar el resto y que todo aquello que se ha derrumbado haga ruido, que pase, que se enteren los vecinos, porque si no es así, sabéis que el silencio puede durar para siempre y que ni siquiera vosotros podríais aguantar para siempre.

Tú quieres erupciones de lava volcánica, explosiones, camiones de bomberos, sirenas y alarmas porque a pesar de soportar estoicamente sus desplantes has dormido vigilando su espalda; y tú durante meses has hecho lo imposible por no recordar lo mucho que ese desgraciado te hacía reír antes de que la guerra fría se instalara en vuestro salón, y en el fondo, aunque tu continúas pendiente de un hilo, sabes que ella es más afilada que Eduardo Manostijeras y que te asfixiarás si sigues conteniendo la respiración entre tus sábanas de plomo.

Tú quieres sufrir, no padecer. Y escuchar gritos y reproches, motivos, sinrazones y golpes bajos. Tú quieres beberte la última copa aunque este rota. Y cuando la sangre te brote a borbotones pedirla que no se marche. Suplicarle, convencerlo, porque en el fondo siempre creerás que está en tu mano y que te queda algo por decir, algo por hacer. Pero créeme cuando te digo que él ya te ha olvidado y piensa que esto no es una derrota compartida, que la muy hija de puta se marchará imbatible, sin que le tiemble el pulso, y con tu chucho enredado entre las piernas. 

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Lo cierto es que la mayoría tendemos a hacernos polvo, de forma premeditada o no, destruimos o permitimos que nos destruyan, y ninguna Campanilla sacude sus alas de mariposa y nos susurra: chicos, dejadlo ahora que aún estáis a tiempo de no haceros daño, lo vais a estropear. No hay ningún oráculo que nos inspire la confianza suficiente para atender a sus consejos cuando todas las señales indican que el fin está cerca y las advertencias se vuelven tangibles como un bloque de mármol. Aquí no hay musas. Y si las hubiera haríamos caso omiso, porque ya están tus colegas haciendo las veces de Miguel Ángel -que a todos se nos da muy bien anticiparnos cuando la mierda no va con nosotros- viendo más allá, insistiéndote: no lo hagas, abandona el barco, este ya no es tu tren. Pero es que no saben lo mejor de todo, y es que tú, retorcido y obstinado, quieres seguir cincelando y puliendo hasta que no te quede piedra entre las manos.

Te han hecho añicos a base de desdén, y mientras el depredador, la vampira de los colmillos chiquititos, se mantiene impasible y sale sin un rasguño de ese mejunje histriónico de emociones y cuchillos, lo único que tú tienes claro es que ya no tienes nada que perder, y es ahí cuando comienzas a arrastrarte en una pendiente infinita.

Cuando nos colgamos no hay vuelta de hoja. El interruptor puede encenderse en una décima de segundo y destrozarte para toda la vida porque para entonces no hay Watson, ni Sancho ni jodido grillo que te escurra la conciencia creativa para dejar de pintar sobre borrón y comenzar a salpicar un nuevo lienzo en blanco. Y estás inspirado -porque el drama es así- pero solo para encontrar nuevas formas de autolesionarte: ahora que estoy exultante voy a llamarla y por mis huevos que la recupero; voy a plantarme en su casa con dos billetes de avión y a proponerle que nos vayamos lejos, así a lo loco, a Tokio, Nueva Zelanda, Tulum. En las antípodas todo será diferente.

Hacemos el suicida, el kamikace, el gilipollas. Y así es como debe ser. Porque echar el freno es una tontería, porque por eso las historias de amor no están expuestas en los museos ni se restauran con el paso del tiempo. No son esculturas serenas, no son instalaciones rítmicas y luminiscentes, a veces no son ni siquiera bonitas y mucho menos equilibradas y armoniosas como los poemas; muchas veces los versos no encajan, las melodías no se encuentran, desafinamos.edward_bloom_flores_big_fish

Tengo una amiga que estuvo ensayando su discurso de reconquista durante más de 8 horas dentro de un SEAT Panda rojo en la puerta de la casa de su ex. Lo tenía todo preparado, las palabras precisas, la dosis necesaria de nostalgia, la voz quebradiza y en el horizonte promesas de cambios que no iban a tener lugar, promesas que no valen nada, pero proclamadas con convicción y un vestido de verano verde esperanza. Se quedó dormida, y cuando despertó había una zorra no identificada saliendo de su casa con el pelo alborotado y las medias rotas. No sonaba Puccini ni floreció un campo de narcisos, no se abrieron las aguas ni se hizo la luz. Solo estaba ella allí sola, sola y muy jodida escoltada por dos policías observándola y meneando la cabeza porque una vecina se había extrañado de la guardia romanticona y sospechaba que se tratara de una terrorista hasta las cejas de psicotrópicos. Sola y muy jodida. Y nadie se lo avisó, nadie le dijo: piénsalo unos instantes querida, la vas a cagar, lo vas a estropear. Nadie.

Días más tarde recuperó su chucho.

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Por eso no hay que pensárselo mucho, hay que pasar a la acción, por eso Don’t think twice it’s alright. Por que si algo tienen en común el amor, las obras de arte y los poemas a medias de Valéry, es que mientras uno piensa que no se ha terminado, que no se va a acabar nunca, el otro puede que ya te haya abandonado.

Para ti.

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El interruptor

Esa sensación. La que te salpica cuando encuentras justo lo que andabas buscando, o mejor, algo completamente distinto. Es un clic, cosquillas, una sobredosis de adrenalina, la bilirrubina. Una descarga eléctrica que te devora con ese hormigueo letal que es el entusiasmo. Tsukuro Tazaki, el protagonista de ‘Los años de peregrinación del chico sin color’, la última novela de Haruki Murakami, lo sufre en sus carnes, lo padece en su piel, y por eso sabe de lo que habla: un interruptor.

Lo tenemos en la espalda, pero está escondido, y solo se puede encender con las yemas de los dedos de otro, de un desconocido. Lo alojamos en un recoveco invisible entre los omoplatos, y aunque nos lo propongamos, ni el mejor de los contorsionistas llegaría siquiera a rozarlo.

Es el botón de los escalofríos que recorren la espina dorsal, la palanca de la euforia y el calor, la batería de las lágrimas, los celos, la lujuria y los instintos más primarios que solo se despiertan cuando descubrimos a los malditos que saben tocar las teclas adecuadas para hacernos sentir exultantes.

Aparecerán en el momento más oportuno o el más inesperado y lo encenderán sigilosamente, de puntillas. Cuando quieras darte cuenta ya será demasiado tarde. Pero no te preocupes, los reconocerás al instante.

Él te parecerá tan seguro, enseguida sabrás que maneja la situación, que tú solo eres un títere, gelatina, arena entre sus manos, porque desde su primera media sonrisa vas como Tom Hanks, camino a la perdición.

Ella estará tranquila, apacible, con un halo irresistible entre enigmático, indulgente, y exuberante que sería capaz de volver loco al más pintado de los latin lovers, ella tiene licencia para matar; solo ha pestañeado un par de veces mientras te analiza con la cabeza ladeada como un cachorrito indefenso y ha bastado para hacerte sentir frágil y vulnerable, estás en pelotas porque cuando te mira es capaz de ver a través de ti. Perdido. Desconcertado.

Y tú estás tan acojonada que no sabes si tirarte a la piscina o si repeler el agua como un jodido gremlin.

Y esa noche, en la que desde un principio él tiene la cita estudiada y ella la llave maestra, iréis a cenar a ese sitio tan cuco de la Corredera Baja, él hará toda una declaración de intenciones con Black Keys en el coche, y ella tonteará con las uñas pintadas de rojo.

Te gustará desde el principio, no tiene una voz bonita, pero tienes que reconocer que sabe decir las cosas con un sex appeal incontestable. Y tú, absorto con su aparente idiosincrasia naïf, te derretirás cuando se retire la melena de los hombros para que disfrutes de la primavera.

Él no pierde el tiempo ni lo cazarás en un renuncio, y ella se insinúa de una forma tan sutil que eres incapaz de distinguir si se trata de una femme fatale o de una de esas bellezas tan ingenuas como encantadoras en peligro de extinción.

Hacía décadas que no te sentías así de torpe, tan estúpido, tan ensimismado. Te sudan las manos, has manchado el mantel inmaculado con tu segunda copa de vino y crees que aún ni siquiera has hecho un buen chiste en estos primeros y definitivos 25 minutos. No obstante, estás de suerte, y ella se ha reído. Es generosa y eso te reconforta.

Pero tú no lo haces a propósito, y eso es lo mejor de todo. Tus mejillas habían olvidado lo que era el rubor, no puedes evitar dejar de cruzar las piernas, cada 40 segundos cambias de dirección, te humedeces los labios una y otra vez y vuelta a empezar. No sabes donde meterte pero te resistes a dejar de mirarlo para focalizar tu atención. Mierda, en realidad no puedes concentrarte, no sabes ni lo que dices porque la suculenta idea de romper con tu lista de cosas que no hay que hacer en la primera cita te ronda tentadora por la mente y no se disipa.

¿Qué estoy haciendo?

No tenía que haber venido, yo estoy en otra liga.

Se nota tanto que me gusta, joder estate quieta con el pelo de una puta vez.

No puedo dejar de mirarle el escote. Va a pensar que estoy salido.

A la mierda el decálogo de la primera cita, si me lo pide subimos a su casa a tomarnos la última.

Voy a parecer un maldito alcohólico pero necesito otro whisky. Doble y sin hielo por favor.

Tranquilízate, después de todo ya estás aquí, sonríe y muéstrate receptiva.

Qué demonios, a por ello.

Los silencios se cuentan por décimas de segundo pero son los últimos. Suspiras. Y os termináis la primera botella. El último trago es revelador. Habláis sobre el trabajo, las relaciones, los amigos, las canciones y los viajes pendientes por hacer. Llevas media hora sonriendo y no te has dado cuenta. Estás a punto de olvidar aquellas directrices férreas, dejar los clichés a un lado para sucumbir a la espontaneidad y dejarte llevar, pero no lo puedes evitar, aún no os habéis besado y tú ya estás elucubrando si volverá a llamarte mañana.

Él no piensa dar ese paso, ya ha dibujado una estrategia para hacerse el interesante.

Ella no quiere parecer desesperada.

Después de todo te queda un millón de tías por conocer.

A ver sí, ha estado bien, ha estado muy bien, pero tampoco es para tanto. ¿No?

Para cuando has vuelto de retocarte en el baño, él ya ha pagado la cuenta y ya estás envuelta en la espiral de la segunda fase. Round 2. Paseáis. Él no sabe donde vives ni tú hacia donde estáis yendo. Y ocurre.

Esa sensación. La de nada más abrir los ojos constatar que ha sido una gran noche.

Te has reído cuando él se humillaba y tú has estado tan nerviosa y despistada que le has resultado encantadora.

Te has insinuado pero te han seducido.

Os habéis besado, acariciado, puede que hasta os hayáis acostado y si no lo habéis hecho lo estabas deseando.

Fue el whisky.

Sí, quizá solo fuera el vino.

Pero te has levantado mimosa y sabes que no es la resaca porque por primera vez en mucho tiempo la cama te resulta demasiado grande y no te arrepientes de nada.

Y tú, después de una eternidad de tormentosos meses, por fin has conseguido amanecer sin pensar en ella, has salido del zulo en el que te enterró cuando dio carpetazo a lo vuestro y te has olvidado de aquel portazo sin escrúpulos, lo sabes, ha pasado algo y tiene que ser ella, porque ahora en tu cabeza solo te retumba la risa tonta de esa chica que se tocaba el pelo.

No han pasado ni veinticuatro horas. Va a pensar que soy un cretino, un pringado.

Voy a parecer una loca peligrosa. Una pesada. Seguro que se agobia y cree que estoy obsesionada buscando un nombre para nuestros hijos. Jaime y Martina, me gustan Jaime y Martina.

¿Qué coño le digo? Igual aún está dormida.

¿Qué excusa le pongo? Tenía que haberme dejado algo en el coche.

Y los tonos paran el tiempo. Suplicas por un contestador amable pero no te da la bienvenida y la espera es una agonía. Hasta que coge el teléfono. Coge el teléfono y te dice que sí, que quiere volver a perder el tiempo contigo. Porque después de todo los dos estáis en modo ON y es que ese maldito interruptor es mágico e irreversible.

Es esa sensación todo el rato. Intuitiva e implacable.

Y ahora bebéis café, no hay vino ni escapatoria, ni trampa ni cartón, la luz encendida, las cartas sobre la mesa. Y no importa quien ha llamado primero, ni siquiera recuerdas que estabas haciendo con tu vida antes de responder al teléfono. Solo sabes que querías desayunar con esa sensación. Con el chico del clic y la chica del interruptor.

PRIMOS

 

¿Zero o light?

A casi todas las chicas verdaderamente románticas que conozco, les produce urticaria que su chico aparezca con un ramo esquizofrénico de flores technicolor en el día de su aniversario, y tampoco suspiran por que cuando al fin se alinean las estrellas y ambos conseguís fijar una fecha para pasar juntos un puente en una casita rural de oferta, vosotros, iluminados, rompáis el silencio al que habéis sucumbido en los últimos 45 minutos que lleváis perdidos por ese agujero negro en el que se ha convertido el maldito pueblo de Cuenca, soltando con fingido entusiasmo: “Esta canción me recuerda tanto a ti cariño…” mientras suena alguna mariconada de Pablo Alborán en la radio  y en vez de entonar el mea culpa que estamos esperando por el tour manchego que nos habéis dado. No sabremos de carreteras, mapas y caminos pero sabemos reconocer la misma iglesia cuando es la cuarta vez que pasamos por delante queridos.

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No os confundáis, a las románticas con denominación de origen no les gusta la sobredosis de azúcar, no les produzcáis un coma diabético con ese tipo de tonterías, y sobre todo, por el amor de dios, no les regaléis peluches, eso a las cursis, hay una delgada línea que nos separa. Hay matices.

Por ejemplo, hacer el favor de no bailarnos el agua con vocativos ñoños, y no nos agasajéis con cantidades ingentes de chocolates polinsaturados, galletitas y otras mierditas; las auténticas románticas aborrecen los pétalos sobre sábanas satinadas y las bañeras repletas de espuma y clichés, pero por encima de todas las cosas, odian los nauseabundos “¿en qué estás pensando mi amor? En ti…”, hacedme caso, saben que no pensáis, no os lo preguntarán, así que vosotros, simplones de tres al cuarto, no caigáis en el craso error de haceros los existencialistas para sorprenderlas, odian esas pantomimas tanto como pagar a medias un hotel de cortinas trasnochadas y moqueta barata.

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Eso sí, me jugaría el cuello a que a una romántica de verdad de la buena -aunque lo niegue- le hará ilusión que la esperes un día cualquiera a la salida del trabajo con entradas para esa peli de Meryl que te dijo que le apetecía ver y que tu has subestimado, o un trozo de su tarta favorita; que escondas bajo el brazo el vinilo al que pertenece esa canción que no deja de tararear en bucle como si se tratara de un preciado tesoro, que le envíes una orquídea a la ofi, para que le haga compañía, porque esta semana está saliendo demasiado tarde; o que te plantes un jueves de invierno en su apartamento con tus expectativas y esa sonrisa tonta que ponemos todos cuando conocemos un secreto que el otro ni se imagina, para poneros malos y acabar amaneciendo en la playa.

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A él podrás ganártelo si aceptas una noche de tregua y le das otra oportunidad a los videojuegos, si elogias su disposición a la hora de preparar la cena mientras esperáis a que se descongele la pizza que ha metido en el horno o aceptas disfrazarte de algo humillante; se derretirá si te proclamas cheerleader de su pésimo equipo de fútbol y celebras los goles desde las gradas, pero si lo que estás buscando son fuegos artificiales, haz que entiendes eso del fuera de juego, créeme será tu gran noche. Por cierto, no prepares ningún baño y cuélate de vez en cuando en la ducha.

El café solo, los Rolling, y Aristarain. Los chistes que le hacen gracia, las postales de ciudades que no ha visitado, cuántos cigarrillos fuma. Los huevos fritos no revueltos, los galanes de Wilder y las heroínas de Allen. Saltar desde el último escalón porque lo hace desde que era una cría. Las sorpresas colosales, y no me refiero a esas mierditas que evocan escenas de película, ella quiere su fucking propia película, ser la protagonista, así que si no vas a cruzarte un océano o hacerla llorar hasta extasiarla no jodas con pamplinas. Los nueve cuentos de Salinger y las canciones de The Zombies que pone cuando pasa el aspirador. Su obsesión por la simetría, que nunca aprenderá a nadar estilo mariposa y qué si tuviera una máquina del tiempo viajaría a 1965. La impaciencia, que su plato es territorio vedado porque no le gusta que hurgues con tus dedazos para hacerte con la última aceituna. Que toma Coca-Cola Zero, no light. Y que a escondidas ve talent shows y se toca mucho el pelo cuando alguien le gusta. Que prefiere la verdad a una mentira por cruda que sea porque no cree en las pequeñas traiciones, y que como ocurre con los primeros besos, cree que siempre es mejor pedir disculpas que pedir permiso.

Nada de melodramas edulcorados: tequila, puenting y muchos platos rotos. Pero sobre todo olvídate de los estereotipos facilones, en el fondo lo que todos queremos es que sepan qué maldita Coca-Cola tomamos.

Son unos malditos

Los que piden una sudadera, un disco, un par de zapatillas, tesoros de tu armario que ya no le pertenecen.

Las que los devuelven sin que se los hayas pedido. En una caja de cartón o una bolsa de hipermercado.

Los que te llaman amor, mi vida, cielo, cariño, nena y otras memeces para no confundirse de nombre.

Las que te dan un número falso en vez de negártelo.

Los que cuando ella por fin es capaz de probar bocado en una cita, y no solo tontear con la ensalada, comentan sin escrúpulos que no están buscando nada serio.

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Las que necesitan tomarse un tiempo para ellas, las del paréntesis, las de ‘necesito mi espacio para pensar; un tiempo para mí…’ pero no te rechaza cuando te ofreces a recogerla en el aeropuerto o llevarla a casa después una noche de con sus amigas. Las que te permiten sentirte como un auténtico perdedor, mientras conduces a marchas forzadas y piensas soy un puto pringado.

Los lobos con piel de cordero.

Las mosquitas muertas.

Los que hablan con su novia por teléfono cuando están contigo bajo las sábanas.

Las que entonan el “entiendo que no me esperes” a sabiendas de que esperarías toda la jodida eternidad.

Los que no distinguen un desliz de la poligamia.

Las que te dicen “te echo de menos” cuando te han plantado. Probablemente por otro. Y tú, que te estabas recuperando, que lo estabas asimilando, pierdes de nuevo el control. Te vuelve a arder la boca del estómago; a bullir la puta cabeza pensando en ella. Hasta que al día siguiente te confiesa que estaba borracha y no se acuerda de nada.

Los que envían las mismas canciones de Leiva a todas sus víctimas.

Las ex que cuando quedáis en un nuevo place to be para tomar algo muerden la pajita. Seductoras de poca monta. 

Los que mienten con tanta naturalidad que ni su fucking madre podría cazarlos.

Las que engañan. Con premeditación y alevosía. Cuando estás indefenso y vulnerable. Cuando ya estás colgado y no hay vuelta atrás.

Los que relatan a sus colegas vuestras noches con pelos y señales y luego te abren la puerta.

Las que borran todas vuestras fotos de Facebook como si nunca os hubierais conocido.

Los que se disculpan sin saber el motivo.

Las que solo quieren que te disculpes, una y otra vez.

Los que no te adulan cuando la has cagado con un corte de pelo ridículo.

Las que al principio te exigen más tiempo, más atención, más mimos y luego los desprecian como si fueras un apestado.

Los que tienen una cita maestra, y la utilizan sistemáticamente con cada una de sus conquistas.

Las que fingen. Al principio, al final o en medio. Cuando estás con los tuyos y cuando nadie más os ve.

Los que aprovechan cualquier ocasión para decir lo buena que está tu amiga.

Las que se sorprenden cada vez que comentas que tu colega, ese que es más alto, más guapo y que gana más que tú, no tiene novia.

Los que dicen que su grupo favorito es Radiohead. Háganme caso, no son trigo limpio.

Las fans de The Smiths, están locas y son maestras del chantaje emocional.

Los que publican fotos con desconocidas en paraísos desconocidos, con festival de sonrisas y sin respetar el luto. Por desconsiderados.

Las que consiguen que te sientas culpable por no haber hecho algo que nunca te han pedido. Porque te enredan.

Los que no saben pedir perdón.

Las que no saben aceptarlo en cualquiera de sus formas. A veces debería bastar con un beso joder.

Los que te dejan y terminan diciendo “sé que me voy a arrepentir…” Mientras tú te lames las heridas.

Las que comienzan la conversación del fin con un “tenemos que hablar…” Porque a partir de entonces solo importará lo que ella diga.

Los de la callada por respuesta.

Las que siempre tienen la última palabra.

Los que se escudan. “Yo soy así”.

Las que te querían cambiar y lo han conseguido.

Los que te perdieron porque se lo propusieron y las que nunca quisieron tenerte.

Las que te hicieron creer que te querían y los que te quisieron pero nunca lo demostraron.

Malditos. Todos. 

Sobre las llamadas pasadas las 4am y la autocensura

Las echo de menos. A las llamadas golfas digo. Cuando aún éramos adolescentes, mi mejor amigo que siempre fue un sibarita de la ironía, solía hacerlas. Las bautizó como ‘las llamadas del ahorro’ por su elevado coste económico pero también emocional.

Cada vez que se pasaba de copas, mi amigo tenía la entrañable costumbre de telefonear a diestro y siniestro soltando speeches ininteligibles cargados de sentimentalismos. No importaba en qué país se encontrara haciendo acopio de vasos de tubo vacíos, que en cuanto la denostada fase de exaltación de la amistad comenzaba con su efervescencia, se venía arriba y terminaba pasando el teléfono a todo aquel que estuviera catando caldos en el mismo barucho para que gritara, cantara o disertara acerca del non-sense de turno. La broma podía durar horas pero era una delicia.

No digan que no, siempre hace ilusión recibir llamadas de madrugada. El noctambulismo anestesia nuestro amor propio y poco a poco sentimos la necesidad imperiosa de decir lo que no nos atrevemos a susurrar con cafeína corriendo por las venas a plena luz del día. Hacer el ridículo a partir de las 4am es lo propio.

Yo reivindico mi derecho a recibirlas porque siempre fue menos peligroso que hacerlas. Todos hemos intentado protegernos con trucos absurdos para salvaguardar nuestra dignidad, pero estarán conmigo en que la autocensura previa es el peor enemigo de los instintos humanos más divertidos.

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Mi amiga Karembeu tenía una técnica infalible que pusimos en práctica alguna vez durante los meses del éxodo italiano para evitar hacer llamadas de las que arrepentirnos al día siguiente. Quien dice llamadas, dice SMS, y también los malditos mensajes en el contestador, que forma más despiadada de denigrarnos; olvídense de hacernos soplar cuando nos pongamos al volante, que alguien nos detenga cuando nos disponemos a grabar nuestros balbuceos en esas máquinas del demonio donde nuestras intenciones más indecorosas y momentos de debilidad quedan al descubierto para la posteridad.

La estrategia Karembeu a bote pronto solucionaba el problema, ¿recuerdan la app que el novio de Marnie desarrollaba en Girls? Aquella que bloqueaba el número de tu ex prohibiéndote cualquier conato de contacto con el susodicho. Si querías levantar el veto, debías pagar un impuesto de 10$ que te recordara la humillación manifiesta a la que ibas a someterte suplicando clemencia de madrugada. Pues no era tan brillante.

Lo que me proponía Karembeu era un intercambio de teléfonos. Ella ya lo había hecho con sus amigas varias veces y me aseguraba que la táctica era infalible, – Como yo tengo tu agenda de contactos y tu la mía ni yo podré llamar a (nombre del desgraciado 1) ni tú a (nombre del desgraciado 2). Me insistía con vehemencia.

La sobriedad con la que escribo este post me plantea lagunas tan obvias como ‘me sé su número de memoria’, ‘tú también le conoces y tienes su contacto en tu agenda’ y ‘genial, pero vigílame de cerca porque estoy tan colgada de ese tío que cuando lleguemos a casa y te metas a vomitar este enésimo tequila en el water, te robaré el teléfono y le escribiré esas 4 fucking palabras que delatan de la forma más contundente nuestra vulnerabilidad, léase las humillantes abreviaturas: “T exo d -“ si es que os separa una frontera, o el sintético pero fulminante “Dnd sts?” si os encontráis en la misma ciudad’.

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El caso es que en aquellas noches en que entonábamos como un mantra aquello de ‘no pasa nada porque aquí nadie nos conoce’, el alcohol low-cost adormentaba mi raciocinio y el trueque ‘teléfono por integridad emocional’ me parecía una genialidad. ¿Cómo terminaba el asunto? Intentando memorizar números extranjeros (con sus prefijos y todo) en un antro de mala muerte mientras tu amiga trataba de no desplomarse en el repugnante servicio del garito, y recibiendo muchos mensajes de extraños y sobrestimulados desconocidos sin aparente sentido al día siguiente.

No me malinterpreten, la autocensura es prudente y sabia pero no funciona tan bien cuando tu fuerza de voluntad no está on fire: ‘no me voy a depilar porque no pienso acostarme con él’, tengo amigas que han querido envolverse en una crisálida de cera caliente al día siguiente de la que no salir jamás por esta encomiable estrategia. También es conocido el “no voy a felicitarle por su cumpleaños” como castigo inexorable y manido recurso para hacerte la interesante, y luego aparecer en su fiesta porque te has enterado de que se va de voluntariado a Guatemala los próximos tres meses y quieres que vea lo bien que te ha sentado perder dos kilos llorando desde que te dejó.

Pero mi ejercicio autocensor preferido es el 2.0: “lo mejor es que no sepa nada de él, voy a desagregarle de Facebook” para luego terminar rastreando, como una auténtica psicópata, las redes sociales de sus amigos, sus compañeros de trabajo y hasta de sus primos de Albacete.

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No sé vosotros, pero en mi caso la pasada Maggie ha intentado muchas veces proteger mi integridad emocional procrastinando meteduras de pata y persiguiendo a la inconsciente futura Maggie, pero esta última siempre es más rápida. Supongo que por eso los momentos edredón se han convertido en la tónica general de mi vida.

Tenlo en cuenta. De madrugada, lo que no ibas a permitir que sucediera acaba ocurriendo con un plus de patética espontaneidad, así que déjate llevar, después de todo, siempre tendrás a la amiga/amigo sobrio y cuerdo que te recordará implacable – No le llames. – No respondas, ese/a busca lo que busca (como si tú no lo supieras), -Te vas a arrepentir, -Es una mala idea… Pero si estás leyendo esto probablemente seas de los míos, y te las apañes para huir y hacer lo que te de la gana.

Puede que al final, todo salga bien…

Algo pasa con Tinder. Toda la verdad.

Crazy, Stupid, Love.

Tengo la desgracia de tener amigos guapos y amigas guapérrimas, unos ligan más que otros pero se defienden bastante bien. No entiendo lo de Tinder, en serio, no lo entiendo.

La primera vez que me lo comentó una de mis amigas guapérrimas, llamémosla Lady Madrid, puse el grito en el cielo, lo primero que pensé es, enhorabuena Maggie, el ligar se va a acabar, el ligar de forma tradicional quiero decir.  ¿Qué tío va a hacer el esfuerzo de emborracharse y emborracharte para mantener una conversación lo suficientemente divertida e inteligente para que le des tu número de teléfono pudiendo hacer un casting con un ‘OK next round’ con antelación? Ninguno. Se ahorran los chistes, se ahorran las copas… -¿En tu casa o en la mía? -En la mía que estoy solo. #FinDeLaCita.

Crazy, Stupid, Love.

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Después de que Lady Madrid no me convenciera en aquel bar de mala muerte para descargarme la dichosa app, quedé con otros guapos a comer en el hindú de la Calle Belén y plantarle cara a mi resaca con varios cafés en Whitby. Antes de que me trajeran el primer espresso uno de mis amigos más guapos ya tenía el móvil en la mano, llamémosle Jim Stark:  -Va a sonarte fatal lo que voy a decir, pero ayer me tiré una tía y me acordé un huevo de ti. -Vaya… ¿Gracias? – No me malinterpretes, muy mona, trabaja en (revista de moda) como tú, la conocí en Tinder. -Es cierto, muy mona, espera… ¿Qué demonios haces en esa mierda? -¡Qué dices! ¡Esto es la hostia! Hoy he quedado con tres chicas. Mirada hater. -¿Tres fucking citas? -Tengo un huevo de match. 

Maggie ¿Cuántas citas has tenido en lo que va de 2014? Durante los últimos dos meses he sobrevivido a varias madrugadas en la redacción, he visto decenas de desfiles, recorrido Madrid de punta a punta en unos 50 taxis, he hecho unas mil fotos y publicado cientos de tweets ¿citas? 0. Y mi querido amigo Jim Stark al que como a 007 le rompieron el corazón ‘Desde Rusia y con amor, después de haber padecido una tormentosa relación y más traumática ruptura tenía, en una única tarde, tres citas con dos hipsters bellas -¡Y una francesa! como él mismo apuntó con la vehemencia que le caracteriza.

-¿Dónde quieres ligar tú? ¿Cuándo fue la última vez que conociste a alguien que mereciera la pena? Maggie desengáñate, la gente no liga en los bares, ni en el metro, ya no. La gente liga en la Red. Después de un intenso debate acerca de las bondades y el daño que han hecho las redes sociales en las relaciones sentimentales y la realidad no virtual, todos los guapos que había abrazando aquella mesa en la terraza de la calle Almagro coincidieron en que no tenía otra salida. Tenía que probar Tinder. La carne es débil y yo soy una entusiasta así que no solo me bajé la aplicación sino que me comprometí a permanecer activa durante 21 días, el tiempo que La Psicóloga me recomendó para consolidar el hábito y desenvolverme con maestría.

Hace un par de semanas descargué la app, y esperé a encontrar algún tío que pareciera normal. Después de varios minutos ya tenía el desliz hacia la izquierda casi automatizado ¿mi criterio Tinder? Nada de tíos semidesnudos, ni posibles candidatos a MyHyV. Duda existencial: ¿pero cuántos tíos practican surf en este planeta? Nada de fotos en las que no les veo la cara, necesitaré identificarles en la rueda de reconocimiento, y  descartados los que ponen frases de Paulo Coelho en la biografía. Bien.

Después de los filtros, lo cierto es que no me encontré a gente ni muy fea ni muy rara, aquello me sorprendía pero respondía al testimonio de mis amigos embaucadores, los guapos y listos de mis amigos que me habían invitado a probar suerte porque sus exitosas experiencias les avalaban. El novio de mi mejor amiga fue definitivo, me dijo con clarividencia -Maggie ¿qué es lo peor que te puede pasar? Me interrumpió antes de que pudiera responderle, se me ocurrían toda una ristra de momentos edredón. -¿Que el tío no te guste y después de una cerveza no vuelvas a verle? A mis colegas les ha pasado y #FinDeLaCita. Tiene razón, pensé.

Así que invoqué a la Maggie más intrépida y misericordiosa y comencé a observar con detenimiento las fotos de los tíos que me parecían normales y a aceptarlas, no sin antes intercambiar screenshots con mis amigos por whatsapp. Divertido, lo reconozco.

Los matches comenzaron a proliferar, y Lady Madrid que ya estaba ducha en la materia me dio las instrucciones definitivas para sobrevivir en la jungla -Maggie te hablarán los tíos no te preocupes, hay algunos que van a saco, tú no te asustes, bloqueas y listo. Así fue.

Hasta aquí todo bien, salvo el cruce con algún ‘amigo de amigo’ y algún compañero de trabajo por el que casi palmo de vergüenza, lo pienso y me dan escalofríos, el caso es que algunos de los tíos que intuía normales trataban de romper el hielo y empezar una conversación coloquial con frases graciosas que en otro contexto habrían dado resultado pero lo cierto es que… No he sido capaz de mediar palabra.

¿Por qué demonios no puedo? Consigo escribir posts de 500 palabras, la dialéctica no se me da del todo mal ¿es por la ausencia de alcohol? Nota mental: entrar en la aplicación tajada para comprobar si desinhibida soy más pro Tinder.

No puedo. No puedo y no quiero y lo peor es que no entiendo como pude pensar que podría. Y no es por esos esquiadores pijos ni los que aparecen navegando como si fueran el Capitán Merrill Stubing de ‘Vacaciones en el mar’, siguiente duda existencial: ¿quién no tiene un barco en esta republica bananera? Tampoco me desquito por lo sospechosos que me resultan los que cuelgan muchas fotos con un millón de amigos para que no puedas identificarles ¿de verdad creen que si estoy en esta mierdita es porque tengo tiempo libre para jugar a buscando a Wally? Ni siquiera es por los que se hacen selfies en el baño o en sus horriblemente decorados apartamentos, ni por los que llevan camisetas sin mangas que solo de pensarlo me dan NÁUSEAS, es que, sencillamente, ligar por Internet no está hecho para mí.

Tengo tantos prejuicios acerca del ciberligoteo que prefiero autocompadecerme en casa viendo ‘Tienes un e-mail’ que volver a programar mi radar geolocalizador y confirmar mi margen de edad aceptable en puTinder para comprobar que en 10 días tendré la edad del R&R y que me hago vieja. Ya tengo una jodida cana…

Basta. Soy old school. No puedo ni quiero luchar contra eso. Así que el que quiera ligar que me dedique un estado en MSN. Ese es mi paradigma 2.0, con emoticonos y alguna de esas canciones concebidas para ligar.

P.D. Salvo que alguien me garantice una cita como esta… Entonces sí.

Todos somos guapos cuando nos besan

Esta mañana he brujuleado por la web de GQ y he encontrado este tesoro en una de mis secciones preferidas: #TrendingTopic. La directora Tatia Pilieva, ha reunido a veinte desconocidos en torno a su objetivo para retratar cómo se fragua un primer beso, ese que imaginamos cuando vamos alejándonos con paso firme de la casilla de salida en el transcurso de una cita perfecta, después de cruzar miradas cómplices en el metro con algún desconocido que susurra la banda sonora al vagón a pesar de sus enormes cascos y nos sigue el juego, o el más tentador, el que idealizas antes de rendirte al sueño cuando no eres correspondido.

Lo reconozco, he visto varias veces el vídeo, sé lo que vuestras retorcidas cabecitas están pensando y no, mi neurosis no me ha llevado a analizar cada gesto con gélida percepción para perfeccionar la técnica -a los ávidos de escenas tórridas y nuevos trucos os adelanto que no encontraréis grandes hallazgos en este ámbito- esto no es ‘Masters of Sex’ ni un documental de cortejo entre pavos reales, pero merece la pena dejarse llevar por la emoción.

Al contrario de lo que pueda parecer tampoco soy ninguna cursi sensiblona que se recrea con el romanticismo edulcorado, con el segundo visionado solo quería comprobar lo que en un primer vistazo me sugirieron los veinte conejillos de indias que se han sometido al experimento: es curioso como todos los que intercambian mordiscos durante los tres minutos de ‘First kiss’ se vuelven más atractivos cuando se besan. 

Algunos se deshacen de ternura ante la primera caricia, otros exhalan sex appeal nada más rozarse con la nariz; ellas casi siempre sonríen ante lo inminente, a ellos les delata el deseo en las pupilas. Algunos se desnudan con las manos entre abrazos y magreos furtivos, otros lo hacen prácticamente sin tocarse, con los ojos cerrados; muchos no volverán a verse y, sin embargo, por unos instantes, no son capaces de desengancharse, los hay que tiritan de nervios, sus besos son temblorosos y fugaces, los hay tímidos, dulces, pero también encontraréis lentos y apasionados, intensos y decididos, y algún ejemplar de esa rara avis cuya calma incólume resulta irresistible, el que la posee es conocedor de su virtud… En el desenlace ellos sostienen la mirada ante el rubor femenino -ya ha sucedido- me llama la atención como entre ellos y entre ellas parece más fácil, más natural.

En cualquier caso, lo que es innegable es que todos están aún más guapos cuando besan y son besados.

Quizá si nos viéramos así de seductores, irradiando feromonas, seguros de nosotros mismos… Si supiéramos que la química va a hacer su trabajo, que nuestros chistes surtirán efecto, que cuando nos fundimos en un primer beso, pequeño o hollywoodiense, nuestro atractivo se eleva a la enésima potencia y las posibilidades al séptimo cielo… No tendríamos tantas dudas ni esperaríamos tanto para un primer beso.

Quizá, sencillamente, deberíamos dejar de imaginar y besarnos más joder.