Hacer un trío

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No le importaba no tener moto, solo que cuando ella fuera a 120 por la Castellana se sintiera segura a su lado, encaramada a su maldita espalda como un koala, sonriendo mientras el aire le golpeaba la cara.

Ella sabía que no era la única, pero rezaba para que aquellos besos en los párpados fueran solo suyos, para que las demás reconocieran su perfume, su firma arañándole la espalda, sus bocados de caníbal voraz debajo de la mandíbula, y se marcharan asustadas, que huyeran lejos para no volver. Pero bien sabía que aquello era imposible, que bajo esa cazadora de cuero no había territorio que marcar ni fronteras que respetar. Él no le pertenecía.

Nunca le vio la cara, pero habían cruzado innumerables miradas desafiantes. Él se aferraba a sus zapatillas condecoradas de barro como si fueran de plomo para no partirle la cara; el enemigo se mantenía incólume en sus mocasines italianos como si su aliento feroz a través del casco fuera suficiente para fulminarlo. Las peores guerras son las frías.

Nunca le vio la cara, pero aquel tipo no le gustaba, era un jodido pirata a punto de tirar por la borda al rehén más delicado, a la víctima más dulce. Llevaba de paquete a su tesoro más preciado, una rubia amordazada con síndrome de Estocolmo que solo tenía ojos para él. Nunca mediaron palabra pero eso bastaba para desearle una muerte lenta y dolorosa.

Ella, sin embargo, estaba convencida de que aquello podía durar toda la vida, de que 20 años no es nada, de que algún día le dedicarían un tango. 

Él  no conocía la ingenuidad, por ello quería recorrer el mundo de su mano, pasarse los días y las noches buscando un recoveco, un escondite virgen entre el lóbulo de la oreja y su pelo. Un lugar para él, para ella; un santuario para los dos.

A ella no le importaba en cuantos sitios había estado aquel desgraciado antes de aterrizar bajo sus sábanas. Tenía la sensación de haber encontrado al tío de su vida como siempre, como todos esos pitillos que se había fumado desnuda en la habitación de algún hotel invisible, furtivamente. Pero miraba por la ventana y seguía en Madrid. Ella quería cambiar de escenario, escapar.

Él ya había viajado mucho.

Era un oso hormiguero, prudente, curioso. Sabía utilizar las palabras adecuadas pero nunca brotaban de su boca a tiempo, era amable con el miedo porque cuando perdía la oportunidad le aliviaba el silencio. Compartía un apartamento que se caía a pedazos con tres estudiantes extranjeros; un sueco, un alemán y un portugués. Era un bajo, un antiguo almacén lúgubre y diminuto en la calle de La Palma,  pero le gustaba decir que tenía un encanto decadente, íntimo. Se proclamaba tímido sin remedio, no un cobarde, tímido. Siempre se le dieron bien los eufemismos y disfrutaba descubriendo tugurios de mala muerte y catando hamburguesas XL. Sus máximos aliados eran una barba destartalada y dos o tres vaqueros. Recorría Malasaña en una bici que parecía de hojalata, y su santo grial era una cámara de fotos de segunda mano y unos cuantos discos de Simon & Garfunkel que escuchaba en bucle cuando estaba deprimido, lo que ocurría prácticamente a diario.

Ella no sabía quién demonios era Mrs. Robinson ni falta que le hacía. Tenía unos ojos castaños que desarmaban al más pintado y unas piernas de escándalo con las que abrazaba a todo aquel que le diera mala vida. Escribía estribillos de los Rolling en un cuaderno de notas porque idolatraba a Anita Pallenberg y se dejaba llevar bajo aquel halo de misterio en el que la envolvían su sombrero de ala ancha y las drogas blandas. Nunca recordaba quién le debía dinero ni si ya había comido. No sabía cantar pero susurraba de miedo acariciando una guitarra que era lo único que le había dejado su padre y se pasaba de parada cuando leía a Capote en el metro ensimismada con sus protagonistas más frágiles. Nunca había tocado en público ni tarareado para nadie.

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Él era un depredador, un lobo de asfalto al que le asomaban las primeras canas plateadas y la corbata por encima del cuello almidonado. Tenía el atractivo de los ligones experimentados, esos que terminan tus frases con ingenio y consiguen sacarte una carcajada a pesar de tu reticencia a edulcorar las primeras citas. Era tan irresistible como exasperante.  Sabía manejarse en todo tipo de situaciones; alrededor de una barra con los capullos de sus amigos, en el trabajo con aquella panda de incompetentes que se deshacían en elogios, y hasta con la corte de zorras que lo amenazaban con ir con el cuento a su mujer después de abandonarlas con amnesia implacable y whisky con agua.

Él quería salir de ese agujero.  Acabar con esas mañanas de espectador bajo la lluvia observando como ella llegaba o se marchaba pero nunca permanecía a su lado; olfateando el rastro de lo que no podía ser, recordándola en la distancia. Él quería terminar con los latidos demoledores, las palpitaciones, esa hoguera muda que lo abrasaba como ácido clorhídrico; la impotencia de dejarla escapar cada tarde a las cinco, los sudores fríos y la rabia contenida que lo torturaba despacito. Quería deshacerse de los celos, esos que sientes por lo que nunca has tenido y jamás será tuyo. Esa pesadilla era una eterna sinfonía que se repetía incansable sacudiendo sus tímpanos. Se estaba volviendo loco de esperanza y lo sabía: cada noche se acostaba recreando una vida juntos y seguía soñando despierto mientras pedaleaba hasta que sus mordiscos cómplices lo devoraban frente a la puerta de la biblioteca. Verles comiéndose a besos era como recibir una colleja cruda en la nuca, limón en las llagas, alcohol en las heridas. Él era de esos que envían canciones, anónimos, mensajes de auxilio en una botella, palomas mensajeras; incapaz de desprenderse de los ruedines y las sutilezas, de abrirse en canal y desangrarse a borbotones…

Ella lo sospechaba, pero nunca quiso confiar en su intuición porque era generosa y ya le había jugado demasiadas malas pasadas. Le gustaba recorrer su caligrafía esbelta con las yemas de los dedos sobre los apuntes en blanco y azul tinta, los dibujos de los márgenes, que le pidiera el café antes de que lo necesitara y la cogiera en brazos cuando aprobaban un examen. Las horas volaban cuando había cervezas sobre la mesa y el buscaba cualquier ocasión para acompañarla a casa y asegurarse de que entraba, de que estaba a salvo. El nunca le hacía preguntas pero la escuchaba sin pestañear. Hablaban de todo menos de lo importante. Ella lo sospechaba…

Él tenía una destreza brutal para hacer propuestas indecentes a altas horas de la madrugada, en eso consistía su apoteosis dialéctica, su talento más romántico. Él solo hablaba en la cama.

Él quería romper todos sus vinilos.

Ella no quería dar un concierto, solo tocar para alguien. Componer su banda sonora y reírse juntos cuando se les olvidara la letra.

Él nunca iría a escuchar a los Rolling con ella.

 

Él suspiraba por ella.

Ella suspiraba por él.

Él no sabía suspirar.

“Wake me up for a moment from the paradise…
Lift me off the ground and take me to the garden of paradise…”