Malos propósitos, los buenos para los mediocres.

Los peores. Grábatelos a fuego y que les den a los buenos.

Y tranquilo, no importa cuántas veces hayas fracasado durante el resto del año, ni aquellos desenfocados que escribiste en una servilleta empapada en cava del Lidl después de las campanadas del año pasado: dejar a esa chica porque tus colegas dicen que te está matando, apuntarte a cardio porque le prometiste a tu amiga La Clavo Ardiendo que te abalanzarías sobre él en la próxima clase de spinning, aprender ruso o chino cantonés… Y mi favorito: cambiar de curro, porque tú tienes muchas posibilidades, mucho talento por descubrir, tú eres un diamante en bruto y definitivamente te mereces algo mejor. Pamplinas.

Lo dicho, los buenos propósitos son para los mediocres. 

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Estás acojonado y es normal. El fantasma de esta Navidad está acechándote a la vuelta de la esquina con su sonrisa de medio lado y joder, qué vas a hacer el año que viene si no tienes proyectos ni aspiraciones personales, claro que sí ¡apúntalas en una libretita! ¡Fijo que así se cumplen!

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Pongamos que ese tipo es un tío enrollado, que tiene un buen día y está dispuesto a tenderte una mano para que las asignaturas que suspendiste en junio -y en septiembre- y el próximo martes, a las cinco en cualquier parte -también- no se queden sólo en un boceto, en promesas que no valen nada.

Puede que en septiembre ni siquiera suspendieras, que ni te presentaras, no te juzgo, tenías tus razones para no acudir a esa cita, a pesar de haberla pedido encarecidamente, en el descuento y soborno mediante… No te tortures. Sin lamentaciones. 

Es más, piensa que te arrepientes porque es diciembre, y en diciembre todo es distinto: los anocheceres prematuros, el frío sin sol, los trenes que pasan en todas direcciones menos por tu jodido andén, los caramelos para la tos, la vida envuelta en una manta de franela, sus pares de medias y esas malditas greñas.

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Tú y tu estúpida penitencia, esa obsesión por recapitular y teñirlo todo de un dramatismo Oharista hasta la extenuación.

La cosa se complica y se te hace cuesta arriba, como si estuvieras a 10.000 km de conseguirlo, como en la película: y yo te digo que qué más da el sitio si sólo quiero estar contigo y tú me dices que no quiero estar contigo, que lo que quiero es que tú estés conmigo.

Y yo ya no sé quién es el egoísta ni si este cura es mi padre porque me he perdido.

Como dice Naranja: asúmelo, embrace it. Te quedan doce meses por delante de autocompasión; de mañana me pongo, de escuchar canciones en bucle, como la deliciosa Nothing Matters When we’re Dancing’ de The Magnetic Fields, y si tú insistes acepto ‘Lost Stars’, pero sigo pensando que la peli es malísima.

Más de 100 días para admitir que tendrás que prescindir del café para dejar los cigarrillos. Tres meses para leer a Murakami -porque hay que leerlo en invierno- y un par de semanas para emprender y abandonar la operación bikini. 275 días para pensar de camino al trabajo, en un vagón de metro atestado de tíos con más pelo, o tías más buenas que tú, que ya va siendo hora de sacarse el carnet de conducir, de independizarse, de irse, de donde sea, a donde sea. De irse. Que ya va siendo hora de.

52 semanas expuesta a reencuentros y abocado a encontronazos; los de las mariposas en el estómago y mierda, que bien le sienta esa barba, y los nauseabundos e inoportunos, los de no saber donde meterte y esconder la cabeza buscando la bufanda para no estrangularte con tus propias manos.

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Ilustración de Beth Février

Incontables instantes para despedidas, como el hasta luego de Naranja que siempre lo entona a la francesa y luego nos envía por Whastapp una foto con un gorro de koala tras 20 horas de vuelo. Ella escribirá sus malos propósitos desde Sydney mañana, alejada de todo y de todos. Pésimo propósito. Bien hecho.

8.766 horas viviendo de las expectativas del nuevo curso y los ultimátum, como el de Patrick, que está harto del Skype y se ha vuelto vulnerable en una ciudad hostil, y aunque yo trato de consolarle con puertas de colores y que ya llueve Madrid, el está tan ensimismado que se ha puesto a leer la traducción de “Crónica de una muerte anunciada”; García Márquez en inglés, y yo le digo que hay que joderse y él me responde que ya está jodido.

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Si te las perdiste, 2015 será el año en el que veas ‘God Help The Girl’ el musical escrito y dirigido por Stuart Murdoch, el vocalista de Belle & Sebastian y ‘El gran hotel Budapest’. De ser posible en enero, porque enero es para pintarse las uñas del rouge 677 de Chanel e ir solo al cine, solo sin tilde, como dice El Guardián.

Y febrero es para dejar de morderse la lengua, para los reproches y otras terapias incriminatorias; para planear la primavera y sus conciertos, para cambiar de perfume y salir a pasear en pijama.

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Marzo para hipotecar tu vida comprando billetes de avión, así, a lo loco. No se me ocurre mejor forma de comprometerte; Lisboa, Budapest, Roma, Berlín.

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Y abril para los arrebatos en general: los que sí que salgo, que me han liao; que sí, que lo dejo, me hago vegano y me monto un huerto urbano; los que sí, que he dicho que me caso; que sí, y voy a pintarla de amarillo y verde pistacho; los que sí, que se ha acabado, los que sí.

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Y mayo para soñar con el verano, para hacer fotografías, y para dejar de posponer la escapada a tu pueblo Sienna porque en Soria siempre hace puto frío y no hay más que hablar.

Junio para mandarle a tomar por culo de una vez por tordas, julio para olvidarla, y agosto para regodearte con las canciones para ligar.

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Septiembre, estamos de acuerdo entonces, para las segundas oportunidades, los continuará… Los postres a medias. Para Volver

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Octubre para pensar detenidamente en ello, para reflexionar, para la cordura y… Para gatear hasta el punto de partida o lanzarte al vacío. A oscuras, a ciegas.

Noviembre para tachar de la lista -la de los malos, of course, para dar el paso. Para hacer mermelada.

diciembre… para dejar de dejarse llevar.

Sobre todo eso. En 2015 y todos los demás. Decide.

Decide o ya te acordarás cuando llegue diciembre.

Elige la eternidad como límite espacio-temporal para tus propósitos de año nuevo, malos y buenos. De lo contrario, el próximo lunes no tendrás fuerzas ni para pestañear.

Feliz año.

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Verano azul

Esta mañana haciendo zapping he descubierto que en La 2 vuelven a poner Verano Azul, ¿previsible? Sí, es la 2 qué esperabais, pero reconfortante, como zambullirse en una piscina cristalina y perder la noción del tiempo durante unos instantes, también. Los que no conocen a Bea, Pancho y Javi sencillamente no saben nada de la vida, de los buenos chicos, los malos y las femme fatale, del paradigma del ménage à troisni de los placeres estivales. Valientes infelices, fuera de aquí.

Yo sí los conozco, me sé hasta los diálogos, por eso hoy, envuelta en la vorágine nostálgica de los festivales y el último road trip a la playa con esas amigas del cole, recordando otras vísperas asfixiantes de agostos en Madrid y sintonías pegadizas en bicicleta, me he puesto a gritar desde el salón con la euforia de una groupie después de un coito de consolación con un bajista con mucha proyección¿Pero cómo no me habéis dicho que ponen Verano Azuuuul? Y mis hermanas, desgraciadas, jóvenes e inexpertas, me han mirado patidifusas sin entender el entusiasmo, la maravilla, la revolución. Lo han acusado a la resaca y obviado mis aspavientos por pura ineptitud, y lo peor de todo, con insumisión para someterse al maratón de Piraña, el marinero gordinflón y sus amigos veraneantes. Ahí me he quedado un buen rato arriesgando mi integridad física con el pelo mojado y el aire acondicionado, reteniéndolas mientras escudriñaba el tercer capítulo de la única temporada ante la atenta mirada de La Psicóloga y su secuaz en plena edad del pavo, no obstante, como aún tengo dudas de que hayan aprendido la lección y puedan reconocer como es debido un Verano Azul, aquí les dejo algunas pistas…

Calas “secretas”, Alicante 2014.

 

Verano azul es el que sabe a topicazos de la memoria sensorial, a gazpacho y tortilla de patata, a cervezas y sandía maridada con arena y sol. A Calipo de lima y calamares. Granizado de café y filetes empanados. Paraguayas y vino dulzón. Huele a paella y melocotones maduros. A alioli, cloro sobre su piel, jazmín despistado, gasolina de ninguna parte, sardinas a medias y brasas de carbón. A hogueras, fuegos artificiales, berberechos, adelfas venenosas y melón.

Existe para embadurnar su espalda de crema y que te hagan cosquillas mientras tarareas. Pegar mordiscos y picotear cerezas a deshoras. Para seducir copiosamente y esconder la indiscreción bajo unas gafas de sol. Hacerlo todo y no hacer nada. Contarse los lunares, enumerar los propósitos de ese año nuevo que perezosos y hedonistas sitúan en los cierres de septiembre, para brindar por las segundas oportunidades y cacarear ante las primeras veces, y para fabricar recuerdos que nos embriaguen hasta el nuevo solsticio, porque el verano azul está para eso, para recrearse.

Solo es verano azul si te dejas engatusar, si te abandonas al ritmo caribeño y una mañana escoges un libro y saboreas las últimas páginas en un paraíso de horizonte anaranjado con las manos llenas de sal. Si te escapas a un cine sin butacas, os hacéis fotos dormidos o desayunas de verdad. Si no puedes distinguir un martes de un jueves porque a las semanas las mecen las olas y tu único horario es el del chiringuito con las mejores cañas del paseo marítimo.

Pero también es azul si aparcas como Dios en el casco antiguo y el deleite de esa expo que tenías pendiente desde hace meses comienza antes de pisar suelo museístico, cuando las puertas se abren ante ti mostrando una entrada triunfal, despejada; una vida sin colas, sin turnos en la frutería, sin tener que reservar en tu nuevo restaurante favorito… El verano azul es para montar muebles sin instrucciones y entrar en el metro sin empujones. Y se vuelve celeste o celestial tanto si la marea te ha despertado de la siesta como si disfrutáis del dolce far niente despreocupados por las sábanas y el qué dirán los vecinos; si de junio a septiembre has olvidado para qué servía el pijama, los besos castos y los secretos inconfesables.

Lo tirarás por la borda si no vuelves a casa caminando deshecho sobre el asfalto mojado, créedme cuando os digo que no hay nada más refrescante que arrastrar las carcajadas de madrugada por las calles recién regadas, escuchar tintinear los hielos en una terraza desierta mientras un camarero cándido amontona las sillas y espera el fin de la cita mirando de reojo a tus camaradas.

Tampoco es verano azul si no descubres tu nueva regla de oro, si no te pierdes por la costa mientras escuchas por séptima vez el primer disco de Enrique Iglesias, discutes con tus amigas en modo drama queen on, y consigues llenar un maletón de 25 kilos con bikinis, vestidos tecnicolor, sandalias y aftersun. Si no asustas a tus coleguis con haber visto una medusa tentaculeando sobre el agua turquesa de alguna cala, y eso es campeón, defiende que tú descubriste ese oasis antes de que plantaran la primera palmera.

Miami

Miami

Y como te decía, no es verano azul si no te has dejado seducir por las primeras veces, la primera vez que coges carretera y manta con un puñado de buenas canciones y mejores amigos, la primera vez que tomas el sol en pelotas, que pruebas el helado de pitufo -un atentado contra la salud pública disfrazado de monstruo de las galletas y por lo que he podido investigar en peligro de extinción- ¿alguien se ha preguntado por qué sólo existe durante los meses de liviana rectitud y relax nacional?

Experimentarás las más incongruentes de las contradicciones, llegarán las tormentas de verano, con sus cortocircuitos eléctricos y fugaces: la primera vez que no le pones los cuernos, la primera vez que se los pones. Creerás que ya puedes montar tu bici sin ruedines, cuestionarlo todo, desafiarlos a todos, haces bien, rétales  hasta que los obstáculos te condecoren las rodillas con cicatrices, ya las recordarás cuando vuelvas, y empalmarás los gintonics con el maldito tinto de verano, sortearás la soledad con melancolía,  nadarás sin manguitos, y la llamarás por teléfono cuando el alcohol haya hecho su trabajo o no puedas quitarte su sonrisa de la cabeza, porque es lo único romántico que no ha desaparecido de estos nuevos y jodidos veranos 2.0 en los que no se escriben cartas ni se graban cassettes. Colarás la pelota, mira que te lo han avisado, no juegues aquí, pero la colarás.  Te rebelarás contra el toque de queda con tus vaqueros rotos porque lo prohibido en verano es aún más tentador y apetece, te sientes más fuerte que nunca con tu bronceado a base de Comodynes, puede que sea ese vestido sin sujetador,  y sin embargo, permitirás que te mutilen el corazón. 

Te entregarás, te dejarás llevar, ya lo creo que lo harás. Y soñarás con el próximo verano, con follar tanto como quieras y viajar tan lejos como puedas, a un destino exótico de cielos rosas especiados donde te hipnoticen sitares y no existan las obligaciones.

Haz el equipaje pero no lo olvides, lo más importante cabe en una lata azul de Nivea.

No está en Instagram. 

Alfonso Casas

Alfonso Casas es la pera.

 

Parejas infames: nosotros no somos de pescado

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Hay dos tipos de parejas, las que molan y las que no.

En las que molan, a pesar del noviazgo, sus integrantes conservan las aptitudes personales intactas, de hecho, aquellas virtudes por las que tu colega y tú decidisteis sopesar vuestra amistad hasta el infinito y más allá, sorprendentemente, han envejecido mejor que Clooney al paso de los años, y es por ello que cada vez que os reencontráis no puedes evitar que los acordes de The Rembrandts suenen a coro celestial en tu cabeza.

Incluso, si tienes mucha suerte, y tu colegui está inmerso en un romance molón puede que tu mejor amigo de la universidad o aquella alma gemela que encontraste en preescolar se haya vuelto más extraordinaria con el apareamiento. Sí, sí, a veces pasa. No nos vamos a engañar, no es lo más habitual, pero a veces se te cruza la estrella fugaz, y si ves que él ha quemado aquellas sudaderas de mamarracho y ahora tiene buen gusto para las camisas, o que ella sonríe con más frecuencia de la que solía hacerlo es que algo bueno le espera en casa. Tranquilo, todo en orden, sigues en Central Perk.

Si se trata de amor del bueno no debes preocuparte, lo sabrás enseguida. Algunas pistas. Te congratula cada vez que coincidís y compruebas que no reniega de la ironía ni los chistes verdes, de mirarte el escote aunque solo tenga ojos para ella, de beberse la nicotina y seducir a bocanadas a todo el mundo mientras tontea con el café, de tirarse de una pestaña sigiloso cuando algo le preocupa o defender con vehemencia todo aquello que en realidad no le importa una mierda. Sabrás que nadie ha tocado tu habitación mientras estabas de campamento porque ella no mira el reloj ni cuenta las copas cuando os dedicáis una noche, sigue sin saber cocinar y recuerda los estribillos de vuestras canciones porque las Spice eran vuestro credo, su falda sigue siendo escueta y continúa presumiendo de ver el vaso medio lleno mientras escupe palabrotas de calibre 56 y hace cortes de manga por la ventanilla.

Lo sabrás porque he aquí el quid de la cuestión querido amigo: quedáis, os seguís viendo, tú te encargas de comprobarlo, el tiempo no ha pasado, y aún no has experimentado esa incómoda sensación que te produce sentarte frente a un par de buenos amigos que han pasado de ser pareja al incesto perpetuo, a convertirse en siameses fundidos por el hombro; créeme cuando te digo que lo sabrás. Para cuando se masque la tragedia dará igual si quieres contarle a tu amiga que hace meses que nadie te desabrocha el sujetador o llorarle a tu colega con el drama caprichoso que es la alopecia, porque allí estará él escrutando tus movimientos y valorando si eres una de esas frescas que amenaza la casta vida de su buena chica; asúmelo, además de quedarte calvo mientras esa zorra examina tus entradas y te recomienda potingues para ralentizar lo inevitable, hay alguien más jodido que tú, y ese es tu amigo que aguarda en silencio las instrucciones de esa dominatrix.

Es cierto, no es tan sencillo identificar las señales que pronostican que esos amigos tuyos tan cool acabarán por convertirse en cretinos de manual, pero ya nos lo decían nuestras sabias madres, son las malas compañías las que nos corrompen, y las parejas infames son las peores. Ríete de los que fumaban en el recreo. Al principio, puede que sus nuevas costumbres te parezcan románticas, entrañables, pero poco después se diluirá la cortina de humo y ella le despojará de la barba y lo convencerá para abandonar la pista de baile al toque de queda, él la persuadirá para hacer turismo rural y olvidarse de la minifalda, hazme caso y mantente alerta, de pasear de la mano a meterse mano mientras te quejas de que las resacas ahora te duran una eternidad hay una delgada línea de no retorno.

Es un hecho, en las parejas que no molan ambos experimentan una extraña transformación en la que se mimetizan las manías de uno y los defectos más absurdos del otro hasta convertir una cena entre amigos en una tortura insufrible y nauseabunda; tras el suplicio de una perorata de cuchicheos y risitas solo puedes preguntarte en qué estabas pensando cuando compartías aventuras y confidencias con semejante gilipollas y en qué puto momento decidiste presentarle a esa cursi de la facultad al que era tu mejor aliado, pero haz memoria, en algún instante, cuando poníais las calles a vuestros idolatrados juernes, ese calzonazos que no respira sin el permiso de la rubia vegana que se sienta a tu lado te pareció un tipo interesante, y aquella groupie efervescente y deliciosa con la que probaste todo por primera vez, sigue regurgitando en alguna parte aunque ahora deje que ese subnormal termine sus frases y perpetre su hilarante verborrea. En el fondo ella es y seguirá siendo la chica más divertida que has conocido nunca.

Es un hecho, la sobremesa es el escenario revelador de la auténtica idiosincrasia parejil. Él le consulta a ella si puede pedir la hamburguesa mientras la susodicha hace oídos sordos y disecciona la carta. Ella está ensimismada escaneando su frente en busca de nuevas espinillas mientras finge que atiende a tus quejas… Para cuando quieres darte cuenta llevan 45 minutos adoctrinándote con la primera persona del plural: “nosotros no somos de pescado”, “nosotros reciclamos en casa”, “nosotros no somos de salir”, “nosotros vamos a misa todos los domingos” mientras a ti te hierve la sangre y estás a punto de convulsionar: ¿a misa? juraría que lo más cerca que estuvo Murdock de una iglesia en aquel año de Erasmus fue el Domus, un antro de mala muerte a los pies de una catedral gótica en el que servían los mejores long island de la ciudad del pecado…

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Las parejas infames no molan, pero algún precio hay que pagar por dejarse llevar. Reconócelo, tú también te harías vegetariana por sus besos, te tirarías en paracaídas si es de su mano, tú pasarías del lado oscuro a dejarte tu sueldo mileurista en el cepillo; del agua de los floreros a la bendita. Reconócelo porque al final aceptarás pulpo como animal de compañía, verás el fútbol y te bajarás de los tacones y de ese púlpito de tía cínica o independiente -que a veces es lo mismo-. Perdonarás el póquer, pretender con calcetines, harás concesiones con las comedias románticas y te desengancharás de todo lo que no sea ella. Y solo de vez en cuando, si la ocasión lo requiere, te harás el loco. Porque tú no quieres que ella termine tus frases en los debates de sobremesa pero te morirías por estar en su bando, no quieres que él elija el vino ni los postres, lo que te apetece es cocinar juntos un plato redondo;  tú no quieres magreos en público ni pasión adolescente cuando aún no os han ofrecido el café, sino que te meta mano bajo el mantel. Tú quieres que alguien te lleve a casa, que la intimidad sea solo vuestra.

Tú quieres estar en una pareja molona, pero con vuestro closing time

 
Take me home

-Closing time, Semisonic-

El interruptor

Esa sensación. La que te salpica cuando encuentras justo lo que andabas buscando, o mejor, algo completamente distinto. Es un clic, cosquillas, una sobredosis de adrenalina, la bilirrubina. Una descarga eléctrica que te devora con ese hormigueo letal que es el entusiasmo. Tsukuro Tazaki, el protagonista de ‘Los años de peregrinación del chico sin color’, la última novela de Haruki Murakami, lo sufre en sus carnes, lo padece en su piel, y por eso sabe de lo que habla: un interruptor.

Lo tenemos en la espalda, pero está escondido, y solo se puede encender con las yemas de los dedos de otro, de un desconocido. Lo alojamos en un recoveco invisible entre los omoplatos, y aunque nos lo propongamos, ni el mejor de los contorsionistas llegaría siquiera a rozarlo.

Es el botón de los escalofríos que recorren la espina dorsal, la palanca de la euforia y el calor, la batería de las lágrimas, los celos, la lujuria y los instintos más primarios que solo se despiertan cuando descubrimos a los malditos que saben tocar las teclas adecuadas para hacernos sentir exultantes.

Aparecerán en el momento más oportuno o el más inesperado y lo encenderán sigilosamente, de puntillas. Cuando quieras darte cuenta ya será demasiado tarde. Pero no te preocupes, los reconocerás al instante.

Él te parecerá tan seguro, enseguida sabrás que maneja la situación, que tú solo eres un títere, gelatina, arena entre sus manos, porque desde su primera media sonrisa vas como Tom Hanks, camino a la perdición.

Ella estará tranquila, apacible, con un halo irresistible entre enigmático, indulgente, y exuberante que sería capaz de volver loco al más pintado de los latin lovers, ella tiene licencia para matar; solo ha pestañeado un par de veces mientras te analiza con la cabeza ladeada como un cachorrito indefenso y ha bastado para hacerte sentir frágil y vulnerable, estás en pelotas porque cuando te mira es capaz de ver a través de ti. Perdido. Desconcertado.

Y tú estás tan acojonada que no sabes si tirarte a la piscina o si repeler el agua como un jodido gremlin.

Y esa noche, en la que desde un principio él tiene la cita estudiada y ella la llave maestra, iréis a cenar a ese sitio tan cuco de la Corredera Baja, él hará toda una declaración de intenciones con Black Keys en el coche, y ella tonteará con las uñas pintadas de rojo.

Te gustará desde el principio, no tiene una voz bonita, pero tienes que reconocer que sabe decir las cosas con un sex appeal incontestable. Y tú, absorto con su aparente idiosincrasia naïf, te derretirás cuando se retire la melena de los hombros para que disfrutes de la primavera.

Él no pierde el tiempo ni lo cazarás en un renuncio, y ella se insinúa de una forma tan sutil que eres incapaz de distinguir si se trata de una femme fatale o de una de esas bellezas tan ingenuas como encantadoras en peligro de extinción.

Hacía décadas que no te sentías así de torpe, tan estúpido, tan ensimismado. Te sudan las manos, has manchado el mantel inmaculado con tu segunda copa de vino y crees que aún ni siquiera has hecho un buen chiste en estos primeros y definitivos 25 minutos. No obstante, estás de suerte, y ella se ha reído. Es generosa y eso te reconforta.

Pero tú no lo haces a propósito, y eso es lo mejor de todo. Tus mejillas habían olvidado lo que era el rubor, no puedes evitar dejar de cruzar las piernas, cada 40 segundos cambias de dirección, te humedeces los labios una y otra vez y vuelta a empezar. No sabes donde meterte pero te resistes a dejar de mirarlo para focalizar tu atención. Mierda, en realidad no puedes concentrarte, no sabes ni lo que dices porque la suculenta idea de romper con tu lista de cosas que no hay que hacer en la primera cita te ronda tentadora por la mente y no se disipa.

¿Qué estoy haciendo?

No tenía que haber venido, yo estoy en otra liga.

Se nota tanto que me gusta, joder estate quieta con el pelo de una puta vez.

No puedo dejar de mirarle el escote. Va a pensar que estoy salido.

A la mierda el decálogo de la primera cita, si me lo pide subimos a su casa a tomarnos la última.

Voy a parecer un maldito alcohólico pero necesito otro whisky. Doble y sin hielo por favor.

Tranquilízate, después de todo ya estás aquí, sonríe y muéstrate receptiva.

Qué demonios, a por ello.

Los silencios se cuentan por décimas de segundo pero son los últimos. Suspiras. Y os termináis la primera botella. El último trago es revelador. Habláis sobre el trabajo, las relaciones, los amigos, las canciones y los viajes pendientes por hacer. Llevas media hora sonriendo y no te has dado cuenta. Estás a punto de olvidar aquellas directrices férreas, dejar los clichés a un lado para sucumbir a la espontaneidad y dejarte llevar, pero no lo puedes evitar, aún no os habéis besado y tú ya estás elucubrando si volverá a llamarte mañana.

Él no piensa dar ese paso, ya ha dibujado una estrategia para hacerse el interesante.

Ella no quiere parecer desesperada.

Después de todo te queda un millón de tías por conocer.

A ver sí, ha estado bien, ha estado muy bien, pero tampoco es para tanto. ¿No?

Para cuando has vuelto de retocarte en el baño, él ya ha pagado la cuenta y ya estás envuelta en la espiral de la segunda fase. Round 2. Paseáis. Él no sabe donde vives ni tú hacia donde estáis yendo. Y ocurre.

Esa sensación. La de nada más abrir los ojos constatar que ha sido una gran noche.

Te has reído cuando él se humillaba y tú has estado tan nerviosa y despistada que le has resultado encantadora.

Te has insinuado pero te han seducido.

Os habéis besado, acariciado, puede que hasta os hayáis acostado y si no lo habéis hecho lo estabas deseando.

Fue el whisky.

Sí, quizá solo fuera el vino.

Pero te has levantado mimosa y sabes que no es la resaca porque por primera vez en mucho tiempo la cama te resulta demasiado grande y no te arrepientes de nada.

Y tú, después de una eternidad de tormentosos meses, por fin has conseguido amanecer sin pensar en ella, has salido del zulo en el que te enterró cuando dio carpetazo a lo vuestro y te has olvidado de aquel portazo sin escrúpulos, lo sabes, ha pasado algo y tiene que ser ella, porque ahora en tu cabeza solo te retumba la risa tonta de esa chica que se tocaba el pelo.

No han pasado ni veinticuatro horas. Va a pensar que soy un cretino, un pringado.

Voy a parecer una loca peligrosa. Una pesada. Seguro que se agobia y cree que estoy obsesionada buscando un nombre para nuestros hijos. Jaime y Martina, me gustan Jaime y Martina.

¿Qué coño le digo? Igual aún está dormida.

¿Qué excusa le pongo? Tenía que haberme dejado algo en el coche.

Y los tonos paran el tiempo. Suplicas por un contestador amable pero no te da la bienvenida y la espera es una agonía. Hasta que coge el teléfono. Coge el teléfono y te dice que sí, que quiere volver a perder el tiempo contigo. Porque después de todo los dos estáis en modo ON y es que ese maldito interruptor es mágico e irreversible.

Es esa sensación todo el rato. Intuitiva e implacable.

Y ahora bebéis café, no hay vino ni escapatoria, ni trampa ni cartón, la luz encendida, las cartas sobre la mesa. Y no importa quien ha llamado primero, ni siquiera recuerdas que estabas haciendo con tu vida antes de responder al teléfono. Solo sabes que querías desayunar con esa sensación. Con el chico del clic y la chica del interruptor.

PRIMOS

 

Son unos malditos

Los que piden una sudadera, un disco, un par de zapatillas, tesoros de tu armario que ya no le pertenecen.

Las que los devuelven sin que se los hayas pedido. En una caja de cartón o una bolsa de hipermercado.

Los que te llaman amor, mi vida, cielo, cariño, nena y otras memeces para no confundirse de nombre.

Las que te dan un número falso en vez de negártelo.

Los que cuando ella por fin es capaz de probar bocado en una cita, y no solo tontear con la ensalada, comentan sin escrúpulos que no están buscando nada serio.

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Las que necesitan tomarse un tiempo para ellas, las del paréntesis, las de ‘necesito mi espacio para pensar; un tiempo para mí…’ pero no te rechaza cuando te ofreces a recogerla en el aeropuerto o llevarla a casa después una noche de con sus amigas. Las que te permiten sentirte como un auténtico perdedor, mientras conduces a marchas forzadas y piensas soy un puto pringado.

Los lobos con piel de cordero.

Las mosquitas muertas.

Los que hablan con su novia por teléfono cuando están contigo bajo las sábanas.

Las que entonan el “entiendo que no me esperes” a sabiendas de que esperarías toda la jodida eternidad.

Los que no distinguen un desliz de la poligamia.

Las que te dicen “te echo de menos” cuando te han plantado. Probablemente por otro. Y tú, que te estabas recuperando, que lo estabas asimilando, pierdes de nuevo el control. Te vuelve a arder la boca del estómago; a bullir la puta cabeza pensando en ella. Hasta que al día siguiente te confiesa que estaba borracha y no se acuerda de nada.

Los que envían las mismas canciones de Leiva a todas sus víctimas.

Las ex que cuando quedáis en un nuevo place to be para tomar algo muerden la pajita. Seductoras de poca monta. 

Los que mienten con tanta naturalidad que ni su fucking madre podría cazarlos.

Las que engañan. Con premeditación y alevosía. Cuando estás indefenso y vulnerable. Cuando ya estás colgado y no hay vuelta atrás.

Los que relatan a sus colegas vuestras noches con pelos y señales y luego te abren la puerta.

Las que borran todas vuestras fotos de Facebook como si nunca os hubierais conocido.

Los que se disculpan sin saber el motivo.

Las que solo quieren que te disculpes, una y otra vez.

Los que no te adulan cuando la has cagado con un corte de pelo ridículo.

Las que al principio te exigen más tiempo, más atención, más mimos y luego los desprecian como si fueras un apestado.

Los que tienen una cita maestra, y la utilizan sistemáticamente con cada una de sus conquistas.

Las que fingen. Al principio, al final o en medio. Cuando estás con los tuyos y cuando nadie más os ve.

Los que aprovechan cualquier ocasión para decir lo buena que está tu amiga.

Las que se sorprenden cada vez que comentas que tu colega, ese que es más alto, más guapo y que gana más que tú, no tiene novia.

Los que dicen que su grupo favorito es Radiohead. Háganme caso, no son trigo limpio.

Las fans de The Smiths, están locas y son maestras del chantaje emocional.

Los que publican fotos con desconocidas en paraísos desconocidos, con festival de sonrisas y sin respetar el luto. Por desconsiderados.

Las que consiguen que te sientas culpable por no haber hecho algo que nunca te han pedido. Porque te enredan.

Los que no saben pedir perdón.

Las que no saben aceptarlo en cualquiera de sus formas. A veces debería bastar con un beso joder.

Los que te dejan y terminan diciendo “sé que me voy a arrepentir…” Mientras tú te lames las heridas.

Las que comienzan la conversación del fin con un “tenemos que hablar…” Porque a partir de entonces solo importará lo que ella diga.

Los de la callada por respuesta.

Las que siempre tienen la última palabra.

Los que se escudan. “Yo soy así”.

Las que te querían cambiar y lo han conseguido.

Los que te perdieron porque se lo propusieron y las que nunca quisieron tenerte.

Las que te hicieron creer que te querían y los que te quisieron pero nunca lo demostraron.

Malditos. Todos. 

Algo pasa con Tinder. Toda la verdad.

Crazy, Stupid, Love.

Tengo la desgracia de tener amigos guapos y amigas guapérrimas, unos ligan más que otros pero se defienden bastante bien. No entiendo lo de Tinder, en serio, no lo entiendo.

La primera vez que me lo comentó una de mis amigas guapérrimas, llamémosla Lady Madrid, puse el grito en el cielo, lo primero que pensé es, enhorabuena Maggie, el ligar se va a acabar, el ligar de forma tradicional quiero decir.  ¿Qué tío va a hacer el esfuerzo de emborracharse y emborracharte para mantener una conversación lo suficientemente divertida e inteligente para que le des tu número de teléfono pudiendo hacer un casting con un ‘OK next round’ con antelación? Ninguno. Se ahorran los chistes, se ahorran las copas… -¿En tu casa o en la mía? -En la mía que estoy solo. #FinDeLaCita.

Crazy, Stupid, Love.

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Después de que Lady Madrid no me convenciera en aquel bar de mala muerte para descargarme la dichosa app, quedé con otros guapos a comer en el hindú de la Calle Belén y plantarle cara a mi resaca con varios cafés en Whitby. Antes de que me trajeran el primer espresso uno de mis amigos más guapos ya tenía el móvil en la mano, llamémosle Jim Stark:  -Va a sonarte fatal lo que voy a decir, pero ayer me tiré una tía y me acordé un huevo de ti. -Vaya… ¿Gracias? – No me malinterpretes, muy mona, trabaja en (revista de moda) como tú, la conocí en Tinder. -Es cierto, muy mona, espera… ¿Qué demonios haces en esa mierda? -¡Qué dices! ¡Esto es la hostia! Hoy he quedado con tres chicas. Mirada hater. -¿Tres fucking citas? -Tengo un huevo de match. 

Maggie ¿Cuántas citas has tenido en lo que va de 2014? Durante los últimos dos meses he sobrevivido a varias madrugadas en la redacción, he visto decenas de desfiles, recorrido Madrid de punta a punta en unos 50 taxis, he hecho unas mil fotos y publicado cientos de tweets ¿citas? 0. Y mi querido amigo Jim Stark al que como a 007 le rompieron el corazón ‘Desde Rusia y con amor, después de haber padecido una tormentosa relación y más traumática ruptura tenía, en una única tarde, tres citas con dos hipsters bellas -¡Y una francesa! como él mismo apuntó con la vehemencia que le caracteriza.

-¿Dónde quieres ligar tú? ¿Cuándo fue la última vez que conociste a alguien que mereciera la pena? Maggie desengáñate, la gente no liga en los bares, ni en el metro, ya no. La gente liga en la Red. Después de un intenso debate acerca de las bondades y el daño que han hecho las redes sociales en las relaciones sentimentales y la realidad no virtual, todos los guapos que había abrazando aquella mesa en la terraza de la calle Almagro coincidieron en que no tenía otra salida. Tenía que probar Tinder. La carne es débil y yo soy una entusiasta así que no solo me bajé la aplicación sino que me comprometí a permanecer activa durante 21 días, el tiempo que La Psicóloga me recomendó para consolidar el hábito y desenvolverme con maestría.

Hace un par de semanas descargué la app, y esperé a encontrar algún tío que pareciera normal. Después de varios minutos ya tenía el desliz hacia la izquierda casi automatizado ¿mi criterio Tinder? Nada de tíos semidesnudos, ni posibles candidatos a MyHyV. Duda existencial: ¿pero cuántos tíos practican surf en este planeta? Nada de fotos en las que no les veo la cara, necesitaré identificarles en la rueda de reconocimiento, y  descartados los que ponen frases de Paulo Coelho en la biografía. Bien.

Después de los filtros, lo cierto es que no me encontré a gente ni muy fea ni muy rara, aquello me sorprendía pero respondía al testimonio de mis amigos embaucadores, los guapos y listos de mis amigos que me habían invitado a probar suerte porque sus exitosas experiencias les avalaban. El novio de mi mejor amiga fue definitivo, me dijo con clarividencia -Maggie ¿qué es lo peor que te puede pasar? Me interrumpió antes de que pudiera responderle, se me ocurrían toda una ristra de momentos edredón. -¿Que el tío no te guste y después de una cerveza no vuelvas a verle? A mis colegas les ha pasado y #FinDeLaCita. Tiene razón, pensé.

Así que invoqué a la Maggie más intrépida y misericordiosa y comencé a observar con detenimiento las fotos de los tíos que me parecían normales y a aceptarlas, no sin antes intercambiar screenshots con mis amigos por whatsapp. Divertido, lo reconozco.

Los matches comenzaron a proliferar, y Lady Madrid que ya estaba ducha en la materia me dio las instrucciones definitivas para sobrevivir en la jungla -Maggie te hablarán los tíos no te preocupes, hay algunos que van a saco, tú no te asustes, bloqueas y listo. Así fue.

Hasta aquí todo bien, salvo el cruce con algún ‘amigo de amigo’ y algún compañero de trabajo por el que casi palmo de vergüenza, lo pienso y me dan escalofríos, el caso es que algunos de los tíos que intuía normales trataban de romper el hielo y empezar una conversación coloquial con frases graciosas que en otro contexto habrían dado resultado pero lo cierto es que… No he sido capaz de mediar palabra.

¿Por qué demonios no puedo? Consigo escribir posts de 500 palabras, la dialéctica no se me da del todo mal ¿es por la ausencia de alcohol? Nota mental: entrar en la aplicación tajada para comprobar si desinhibida soy más pro Tinder.

No puedo. No puedo y no quiero y lo peor es que no entiendo como pude pensar que podría. Y no es por esos esquiadores pijos ni los que aparecen navegando como si fueran el Capitán Merrill Stubing de ‘Vacaciones en el mar’, siguiente duda existencial: ¿quién no tiene un barco en esta republica bananera? Tampoco me desquito por lo sospechosos que me resultan los que cuelgan muchas fotos con un millón de amigos para que no puedas identificarles ¿de verdad creen que si estoy en esta mierdita es porque tengo tiempo libre para jugar a buscando a Wally? Ni siquiera es por los que se hacen selfies en el baño o en sus horriblemente decorados apartamentos, ni por los que llevan camisetas sin mangas que solo de pensarlo me dan NÁUSEAS, es que, sencillamente, ligar por Internet no está hecho para mí.

Tengo tantos prejuicios acerca del ciberligoteo que prefiero autocompadecerme en casa viendo ‘Tienes un e-mail’ que volver a programar mi radar geolocalizador y confirmar mi margen de edad aceptable en puTinder para comprobar que en 10 días tendré la edad del R&R y que me hago vieja. Ya tengo una jodida cana…

Basta. Soy old school. No puedo ni quiero luchar contra eso. Así que el que quiera ligar que me dedique un estado en MSN. Ese es mi paradigma 2.0, con emoticonos y alguna de esas canciones concebidas para ligar.

P.D. Salvo que alguien me garantice una cita como esta… Entonces sí.