Sobre las llamadas pasadas las 4am y la autocensura

Las echo de menos. A las llamadas golfas digo. Cuando aún éramos adolescentes, mi mejor amigo que siempre fue un sibarita de la ironía, solía hacerlas. Las bautizó como ‘las llamadas del ahorro’ por su elevado coste económico pero también emocional.

Cada vez que se pasaba de copas, mi amigo tenía la entrañable costumbre de telefonear a diestro y siniestro soltando speeches ininteligibles cargados de sentimentalismos. No importaba en qué país se encontrara haciendo acopio de vasos de tubo vacíos, que en cuanto la denostada fase de exaltación de la amistad comenzaba con su efervescencia, se venía arriba y terminaba pasando el teléfono a todo aquel que estuviera catando caldos en el mismo barucho para que gritara, cantara o disertara acerca del non-sense de turno. La broma podía durar horas pero era una delicia.

No digan que no, siempre hace ilusión recibir llamadas de madrugada. El noctambulismo anestesia nuestro amor propio y poco a poco sentimos la necesidad imperiosa de decir lo que no nos atrevemos a susurrar con cafeína corriendo por las venas a plena luz del día. Hacer el ridículo a partir de las 4am es lo propio.

Yo reivindico mi derecho a recibirlas porque siempre fue menos peligroso que hacerlas. Todos hemos intentado protegernos con trucos absurdos para salvaguardar nuestra dignidad, pero estarán conmigo en que la autocensura previa es el peor enemigo de los instintos humanos más divertidos.

How I Met Your Mother, Season Two

Mi amiga Karembeu tenía una técnica infalible que pusimos en práctica alguna vez durante los meses del éxodo italiano para evitar hacer llamadas de las que arrepentirnos al día siguiente. Quien dice llamadas, dice SMS, y también los malditos mensajes en el contestador, que forma más despiadada de denigrarnos; olvídense de hacernos soplar cuando nos pongamos al volante, que alguien nos detenga cuando nos disponemos a grabar nuestros balbuceos en esas máquinas del demonio donde nuestras intenciones más indecorosas y momentos de debilidad quedan al descubierto para la posteridad.

La estrategia Karembeu a bote pronto solucionaba el problema, ¿recuerdan la app que el novio de Marnie desarrollaba en Girls? Aquella que bloqueaba el número de tu ex prohibiéndote cualquier conato de contacto con el susodicho. Si querías levantar el veto, debías pagar un impuesto de 10$ que te recordara la humillación manifiesta a la que ibas a someterte suplicando clemencia de madrugada. Pues no era tan brillante.

Lo que me proponía Karembeu era un intercambio de teléfonos. Ella ya lo había hecho con sus amigas varias veces y me aseguraba que la táctica era infalible, – Como yo tengo tu agenda de contactos y tu la mía ni yo podré llamar a (nombre del desgraciado 1) ni tú a (nombre del desgraciado 2). Me insistía con vehemencia.

La sobriedad con la que escribo este post me plantea lagunas tan obvias como ‘me sé su número de memoria’, ‘tú también le conoces y tienes su contacto en tu agenda’ y ‘genial, pero vigílame de cerca porque estoy tan colgada de ese tío que cuando lleguemos a casa y te metas a vomitar este enésimo tequila en el water, te robaré el teléfono y le escribiré esas 4 fucking palabras que delatan de la forma más contundente nuestra vulnerabilidad, léase las humillantes abreviaturas: “T exo d -“ si es que os separa una frontera, o el sintético pero fulminante “Dnd sts?” si os encontráis en la misma ciudad’.

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El caso es que en aquellas noches en que entonábamos como un mantra aquello de ‘no pasa nada porque aquí nadie nos conoce’, el alcohol low-cost adormentaba mi raciocinio y el trueque ‘teléfono por integridad emocional’ me parecía una genialidad. ¿Cómo terminaba el asunto? Intentando memorizar números extranjeros (con sus prefijos y todo) en un antro de mala muerte mientras tu amiga trataba de no desplomarse en el repugnante servicio del garito, y recibiendo muchos mensajes de extraños y sobrestimulados desconocidos sin aparente sentido al día siguiente.

No me malinterpreten, la autocensura es prudente y sabia pero no funciona tan bien cuando tu fuerza de voluntad no está on fire: ‘no me voy a depilar porque no pienso acostarme con él’, tengo amigas que han querido envolverse en una crisálida de cera caliente al día siguiente de la que no salir jamás por esta encomiable estrategia. También es conocido el “no voy a felicitarle por su cumpleaños” como castigo inexorable y manido recurso para hacerte la interesante, y luego aparecer en su fiesta porque te has enterado de que se va de voluntariado a Guatemala los próximos tres meses y quieres que vea lo bien que te ha sentado perder dos kilos llorando desde que te dejó.

Pero mi ejercicio autocensor preferido es el 2.0: “lo mejor es que no sepa nada de él, voy a desagregarle de Facebook” para luego terminar rastreando, como una auténtica psicópata, las redes sociales de sus amigos, sus compañeros de trabajo y hasta de sus primos de Albacete.

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No sé vosotros, pero en mi caso la pasada Maggie ha intentado muchas veces proteger mi integridad emocional procrastinando meteduras de pata y persiguiendo a la inconsciente futura Maggie, pero esta última siempre es más rápida. Supongo que por eso los momentos edredón se han convertido en la tónica general de mi vida.

Tenlo en cuenta. De madrugada, lo que no ibas a permitir que sucediera acaba ocurriendo con un plus de patética espontaneidad, así que déjate llevar, después de todo, siempre tendrás a la amiga/amigo sobrio y cuerdo que te recordará implacable – No le llames. – No respondas, ese/a busca lo que busca (como si tú no lo supieras), -Te vas a arrepentir, -Es una mala idea… Pero si estás leyendo esto probablemente seas de los míos, y te las apañes para huir y hacer lo que te de la gana.

Puede que al final, todo salga bien…

Hacer el ridículo es el nuevo sexy

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Hace poco, una amiga me contaba partiéndose de risa que había caído en las redes del sexting y que había descargado una aplicación para hacer gifs animados y enviárselos a su chico. Se le ocurrió la brillante idea de hacer una versión hot del Bar Coyote y se grabó contoneándose en sujetador durante unos microsegundos. Mi amiga tiene su teléfono abarrotado de nuevas apps, blogs de moda, shops online etc. y hacía tiempo que había desactivado todas las notificaciones de su iPhone, por eso le sorprendió que un sinfín de likes y nombres desconocidos aparecieran en su pantalla junto a un batallón de comentarios subiditos de tono y emoticonos sugerentes. Lejos de hacerle llegar el vídeo de dos rombos a su novio, lo había subido a una fucking red social, y sin meditarlo, había hecho su propio Kardashian-Kanye West contra su voluntad. Me reí tanto que me tiré el café encima, pero no más que ella, y estoy segura de que mucho menos que su chico.

Tengo otra amiga, tiene las mejores piernas del mundo. En 2009 compartimos una casa destartalada en una de las ciudades más bellas de Italia, en aquel tugurio de excesos y expectativas, lo cierto es que mi amiga y yo compartimos muchas otras cosas, de hecho lo compartíamos prácticamente todo: nuestro primer conato de independencia de papá y mamá, un único espejo, ensayos de risotto y bocetos de spaghetti carbonara, muchas canciones de The Kinks, y reflexiones acerca de las relaciones que podrían hacer temblar a Lena Dunham… Pero sobre todo consejos maridados con cantidades ingentes de alcohol muy barato directamente proporcionales a un self-service de secretos inconfesables.

De todo aquello, conservo deliciosos recuerdos, algunos vagos -gracias al cielo- y otros que lejos de permanecer desdibujados se han convertido en mantras que llevaré para siempre conmigo. Mi querida amiga, llamémosla Karembeu, es una encantadora devota del exhibicionismo emocional, y debo confesar que pasados los años reconozco que sus teorías terapéuticas dejaron posos en algún lugar entre mi escepticismo y mi desconfianza, me explico. 

Prácticamente el 75% de las noches de desenfreno made in Italy que se sucedieron en 2009 terminaban con dos estereotipos grandilocuentes cohabitando en aquel apartamento; servidora amanecía pasado el mediodía, debajo de un edredón de 3×3 mientras los flashes de la noche anterior le azotaban la sien como descargas eléctricas, ¿alguna vez se ha arrepentido hasta el delirio de haber caído en una tentación deleznable? ¿Ha volcado en medio de la pista de baile a ritmo de Raffaella Carrà cuando ya habían encendido las luces? ¿Ha padecido besos adolescentes con un adolescente cuando usted ya no era teenager o nadado junto a un casi desconocido en una piscina familiar con un bañador de chico y una camiseta del Inter? A eso me refiero.

Esos bochornosos y brillantes momentos de debilidad que pasados los años aún consiguen ruborizarte, son lo que mi amiga bautizó como ‘momentos edredón’ porque después de cruzarnos varios SMS -eran otros tiempos- jactándonos de las cagadas que había orquestado la otra el día anterior, pataslargas tenía que recorrer el pasillo con sus pantalones pesqueros de cuadros escoceses -nadie hace pijamas para metro y medio de piernas- y tirar de la colcha gigante donde yo pretendía esconderme hasta que los gin tonics volvieran a aliviarme de la vergüenza.

Ella, sin embargo, que siempre fue más lista y pragmática, amanecía descojonada viva, yo casi no tenía margen de maniobra para humillarla, y créanme, no todas las situaciones bochornosas que me vienen a la cabeza de aquellos meses pertenecen a mi idiosincrasia.

Durante muchos años pensé que mi sentido del ridículo era una enfermedad absolutamente crónica hasta que hace poco conseguí avanzar en el asunto: ¿cómo demonios puedes reírte de alguien que se ríe de sí mismo? Supongo que por ello acepté disfrazarme del conejo mamarracho de ‘Alicia en el País de las Maravillas’ en el cumpleaños de mi amiga Paloma, o soporté con estoicismo que me sentaran en un desfile de Ágatha Ruiz de la Prada junto a sus coloristas adeptos con mi perfecto de cuero y vestida de negro, pero esas son otras historias.

A lo que me refería es a esa actitud generosa y a su vez crítica que puedes tener contigo cuando haces el más soberano de los ridículos; en vez de la tiranía absurda del pudor, reivindiquemos ese exhibicionismo emocional de Karembeu en aras de nuestra autoestima, de nuestro sex appeal o de nuestra honestidad, elijan el motivo que más les convenga, pero por el amor de dios, no les quepa la menor duda, hay que ser más Bridget Jones y menos Scarlett O’hara, les garantizo que da buen resultado, tengan en cuenta que como decía Jesus Terrés evocando a F. Scott Fitzgerald: “Hablo con la autoridad que da el fracaso”.