Malos propósitos, los buenos para los mediocres.

Los peores. Grábatelos a fuego y que les den a los buenos.

Y tranquilo, no importa cuántas veces hayas fracasado durante el resto del año, ni aquellos desenfocados que escribiste en una servilleta empapada en cava del Lidl después de las campanadas del año pasado: dejar a esa chica porque tus colegas dicen que te está matando, apuntarte a cardio porque le prometiste a tu amiga La Clavo Ardiendo que te abalanzarías sobre él en la próxima clase de spinning, aprender ruso o chino cantonés… Y mi favorito: cambiar de curro, porque tú tienes muchas posibilidades, mucho talento por descubrir, tú eres un diamante en bruto y definitivamente te mereces algo mejor. Pamplinas.

Lo dicho, los buenos propósitos son para los mediocres. 

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Estás acojonado y es normal. El fantasma de esta Navidad está acechándote a la vuelta de la esquina con su sonrisa de medio lado y joder, qué vas a hacer el año que viene si no tienes proyectos ni aspiraciones personales, claro que sí ¡apúntalas en una libretita! ¡Fijo que así se cumplen!

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Pongamos que ese tipo es un tío enrollado, que tiene un buen día y está dispuesto a tenderte una mano para que las asignaturas que suspendiste en junio -y en septiembre- y el próximo martes, a las cinco en cualquier parte -también- no se queden sólo en un boceto, en promesas que no valen nada.

Puede que en septiembre ni siquiera suspendieras, que ni te presentaras, no te juzgo, tenías tus razones para no acudir a esa cita, a pesar de haberla pedido encarecidamente, en el descuento y soborno mediante… No te tortures. Sin lamentaciones. 

Es más, piensa que te arrepientes porque es diciembre, y en diciembre todo es distinto: los anocheceres prematuros, el frío sin sol, los trenes que pasan en todas direcciones menos por tu jodido andén, los caramelos para la tos, la vida envuelta en una manta de franela, sus pares de medias y esas malditas greñas.

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Tú y tu estúpida penitencia, esa obsesión por recapitular y teñirlo todo de un dramatismo Oharista hasta la extenuación.

La cosa se complica y se te hace cuesta arriba, como si estuvieras a 10.000 km de conseguirlo, como en la película: y yo te digo que qué más da el sitio si sólo quiero estar contigo y tú me dices que no quiero estar contigo, que lo que quiero es que tú estés conmigo.

Y yo ya no sé quién es el egoísta ni si este cura es mi padre porque me he perdido.

Como dice Naranja: asúmelo, embrace it. Te quedan doce meses por delante de autocompasión; de mañana me pongo, de escuchar canciones en bucle, como la deliciosa Nothing Matters When we’re Dancing’ de The Magnetic Fields, y si tú insistes acepto ‘Lost Stars’, pero sigo pensando que la peli es malísima.

Más de 100 días para admitir que tendrás que prescindir del café para dejar los cigarrillos. Tres meses para leer a Murakami -porque hay que leerlo en invierno- y un par de semanas para emprender y abandonar la operación bikini. 275 días para pensar de camino al trabajo, en un vagón de metro atestado de tíos con más pelo, o tías más buenas que tú, que ya va siendo hora de sacarse el carnet de conducir, de independizarse, de irse, de donde sea, a donde sea. De irse. Que ya va siendo hora de.

52 semanas expuesta a reencuentros y abocado a encontronazos; los de las mariposas en el estómago y mierda, que bien le sienta esa barba, y los nauseabundos e inoportunos, los de no saber donde meterte y esconder la cabeza buscando la bufanda para no estrangularte con tus propias manos.

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Ilustración de Beth Février

Incontables instantes para despedidas, como el hasta luego de Naranja que siempre lo entona a la francesa y luego nos envía por Whastapp una foto con un gorro de koala tras 20 horas de vuelo. Ella escribirá sus malos propósitos desde Sydney mañana, alejada de todo y de todos. Pésimo propósito. Bien hecho.

8.766 horas viviendo de las expectativas del nuevo curso y los ultimátum, como el de Patrick, que está harto del Skype y se ha vuelto vulnerable en una ciudad hostil, y aunque yo trato de consolarle con puertas de colores y que ya llueve Madrid, el está tan ensimismado que se ha puesto a leer la traducción de “Crónica de una muerte anunciada”; García Márquez en inglés, y yo le digo que hay que joderse y él me responde que ya está jodido.

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Si te las perdiste, 2015 será el año en el que veas ‘God Help The Girl’ el musical escrito y dirigido por Stuart Murdoch, el vocalista de Belle & Sebastian y ‘El gran hotel Budapest’. De ser posible en enero, porque enero es para pintarse las uñas del rouge 677 de Chanel e ir solo al cine, solo sin tilde, como dice El Guardián.

Y febrero es para dejar de morderse la lengua, para los reproches y otras terapias incriminatorias; para planear la primavera y sus conciertos, para cambiar de perfume y salir a pasear en pijama.

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Marzo para hipotecar tu vida comprando billetes de avión, así, a lo loco. No se me ocurre mejor forma de comprometerte; Lisboa, Budapest, Roma, Berlín.

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Y abril para los arrebatos en general: los que sí que salgo, que me han liao; que sí, que lo dejo, me hago vegano y me monto un huerto urbano; los que sí, que he dicho que me caso; que sí, y voy a pintarla de amarillo y verde pistacho; los que sí, que se ha acabado, los que sí.

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Y mayo para soñar con el verano, para hacer fotografías, y para dejar de posponer la escapada a tu pueblo Sienna porque en Soria siempre hace puto frío y no hay más que hablar.

Junio para mandarle a tomar por culo de una vez por tordas, julio para olvidarla, y agosto para regodearte con las canciones para ligar.

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Septiembre, estamos de acuerdo entonces, para las segundas oportunidades, los continuará… Los postres a medias. Para Volver

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Octubre para pensar detenidamente en ello, para reflexionar, para la cordura y… Para gatear hasta el punto de partida o lanzarte al vacío. A oscuras, a ciegas.

Noviembre para tachar de la lista -la de los malos, of course, para dar el paso. Para hacer mermelada.

diciembre… para dejar de dejarse llevar.

Sobre todo eso. En 2015 y todos los demás. Decide.

Decide o ya te acordarás cuando llegue diciembre.

Elige la eternidad como límite espacio-temporal para tus propósitos de año nuevo, malos y buenos. De lo contrario, el próximo lunes no tendrás fuerzas ni para pestañear.

Feliz año.

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El interruptor

Esa sensación. La que te salpica cuando encuentras justo lo que andabas buscando, o mejor, algo completamente distinto. Es un clic, cosquillas, una sobredosis de adrenalina, la bilirrubina. Una descarga eléctrica que te devora con ese hormigueo letal que es el entusiasmo. Tsukuro Tazaki, el protagonista de ‘Los años de peregrinación del chico sin color’, la última novela de Haruki Murakami, lo sufre en sus carnes, lo padece en su piel, y por eso sabe de lo que habla: un interruptor.

Lo tenemos en la espalda, pero está escondido, y solo se puede encender con las yemas de los dedos de otro, de un desconocido. Lo alojamos en un recoveco invisible entre los omoplatos, y aunque nos lo propongamos, ni el mejor de los contorsionistas llegaría siquiera a rozarlo.

Es el botón de los escalofríos que recorren la espina dorsal, la palanca de la euforia y el calor, la batería de las lágrimas, los celos, la lujuria y los instintos más primarios que solo se despiertan cuando descubrimos a los malditos que saben tocar las teclas adecuadas para hacernos sentir exultantes.

Aparecerán en el momento más oportuno o el más inesperado y lo encenderán sigilosamente, de puntillas. Cuando quieras darte cuenta ya será demasiado tarde. Pero no te preocupes, los reconocerás al instante.

Él te parecerá tan seguro, enseguida sabrás que maneja la situación, que tú solo eres un títere, gelatina, arena entre sus manos, porque desde su primera media sonrisa vas como Tom Hanks, camino a la perdición.

Ella estará tranquila, apacible, con un halo irresistible entre enigmático, indulgente, y exuberante que sería capaz de volver loco al más pintado de los latin lovers, ella tiene licencia para matar; solo ha pestañeado un par de veces mientras te analiza con la cabeza ladeada como un cachorrito indefenso y ha bastado para hacerte sentir frágil y vulnerable, estás en pelotas porque cuando te mira es capaz de ver a través de ti. Perdido. Desconcertado.

Y tú estás tan acojonada que no sabes si tirarte a la piscina o si repeler el agua como un jodido gremlin.

Y esa noche, en la que desde un principio él tiene la cita estudiada y ella la llave maestra, iréis a cenar a ese sitio tan cuco de la Corredera Baja, él hará toda una declaración de intenciones con Black Keys en el coche, y ella tonteará con las uñas pintadas de rojo.

Te gustará desde el principio, no tiene una voz bonita, pero tienes que reconocer que sabe decir las cosas con un sex appeal incontestable. Y tú, absorto con su aparente idiosincrasia naïf, te derretirás cuando se retire la melena de los hombros para que disfrutes de la primavera.

Él no pierde el tiempo ni lo cazarás en un renuncio, y ella se insinúa de una forma tan sutil que eres incapaz de distinguir si se trata de una femme fatale o de una de esas bellezas tan ingenuas como encantadoras en peligro de extinción.

Hacía décadas que no te sentías así de torpe, tan estúpido, tan ensimismado. Te sudan las manos, has manchado el mantel inmaculado con tu segunda copa de vino y crees que aún ni siquiera has hecho un buen chiste en estos primeros y definitivos 25 minutos. No obstante, estás de suerte, y ella se ha reído. Es generosa y eso te reconforta.

Pero tú no lo haces a propósito, y eso es lo mejor de todo. Tus mejillas habían olvidado lo que era el rubor, no puedes evitar dejar de cruzar las piernas, cada 40 segundos cambias de dirección, te humedeces los labios una y otra vez y vuelta a empezar. No sabes donde meterte pero te resistes a dejar de mirarlo para focalizar tu atención. Mierda, en realidad no puedes concentrarte, no sabes ni lo que dices porque la suculenta idea de romper con tu lista de cosas que no hay que hacer en la primera cita te ronda tentadora por la mente y no se disipa.

¿Qué estoy haciendo?

No tenía que haber venido, yo estoy en otra liga.

Se nota tanto que me gusta, joder estate quieta con el pelo de una puta vez.

No puedo dejar de mirarle el escote. Va a pensar que estoy salido.

A la mierda el decálogo de la primera cita, si me lo pide subimos a su casa a tomarnos la última.

Voy a parecer un maldito alcohólico pero necesito otro whisky. Doble y sin hielo por favor.

Tranquilízate, después de todo ya estás aquí, sonríe y muéstrate receptiva.

Qué demonios, a por ello.

Los silencios se cuentan por décimas de segundo pero son los últimos. Suspiras. Y os termináis la primera botella. El último trago es revelador. Habláis sobre el trabajo, las relaciones, los amigos, las canciones y los viajes pendientes por hacer. Llevas media hora sonriendo y no te has dado cuenta. Estás a punto de olvidar aquellas directrices férreas, dejar los clichés a un lado para sucumbir a la espontaneidad y dejarte llevar, pero no lo puedes evitar, aún no os habéis besado y tú ya estás elucubrando si volverá a llamarte mañana.

Él no piensa dar ese paso, ya ha dibujado una estrategia para hacerse el interesante.

Ella no quiere parecer desesperada.

Después de todo te queda un millón de tías por conocer.

A ver sí, ha estado bien, ha estado muy bien, pero tampoco es para tanto. ¿No?

Para cuando has vuelto de retocarte en el baño, él ya ha pagado la cuenta y ya estás envuelta en la espiral de la segunda fase. Round 2. Paseáis. Él no sabe donde vives ni tú hacia donde estáis yendo. Y ocurre.

Esa sensación. La de nada más abrir los ojos constatar que ha sido una gran noche.

Te has reído cuando él se humillaba y tú has estado tan nerviosa y despistada que le has resultado encantadora.

Te has insinuado pero te han seducido.

Os habéis besado, acariciado, puede que hasta os hayáis acostado y si no lo habéis hecho lo estabas deseando.

Fue el whisky.

Sí, quizá solo fuera el vino.

Pero te has levantado mimosa y sabes que no es la resaca porque por primera vez en mucho tiempo la cama te resulta demasiado grande y no te arrepientes de nada.

Y tú, después de una eternidad de tormentosos meses, por fin has conseguido amanecer sin pensar en ella, has salido del zulo en el que te enterró cuando dio carpetazo a lo vuestro y te has olvidado de aquel portazo sin escrúpulos, lo sabes, ha pasado algo y tiene que ser ella, porque ahora en tu cabeza solo te retumba la risa tonta de esa chica que se tocaba el pelo.

No han pasado ni veinticuatro horas. Va a pensar que soy un cretino, un pringado.

Voy a parecer una loca peligrosa. Una pesada. Seguro que se agobia y cree que estoy obsesionada buscando un nombre para nuestros hijos. Jaime y Martina, me gustan Jaime y Martina.

¿Qué coño le digo? Igual aún está dormida.

¿Qué excusa le pongo? Tenía que haberme dejado algo en el coche.

Y los tonos paran el tiempo. Suplicas por un contestador amable pero no te da la bienvenida y la espera es una agonía. Hasta que coge el teléfono. Coge el teléfono y te dice que sí, que quiere volver a perder el tiempo contigo. Porque después de todo los dos estáis en modo ON y es que ese maldito interruptor es mágico e irreversible.

Es esa sensación todo el rato. Intuitiva e implacable.

Y ahora bebéis café, no hay vino ni escapatoria, ni trampa ni cartón, la luz encendida, las cartas sobre la mesa. Y no importa quien ha llamado primero, ni siquiera recuerdas que estabas haciendo con tu vida antes de responder al teléfono. Solo sabes que querías desayunar con esa sensación. Con el chico del clic y la chica del interruptor.

PRIMOS