Parejas infames: nosotros no somos de pescado

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Hay dos tipos de parejas, las que molan y las que no.

En las que molan, a pesar del noviazgo, sus integrantes conservan las aptitudes personales intactas, de hecho, aquellas virtudes por las que tu colega y tú decidisteis sopesar vuestra amistad hasta el infinito y más allá, sorprendentemente, han envejecido mejor que Clooney al paso de los años, y es por ello que cada vez que os reencontráis no puedes evitar que los acordes de The Rembrandts suenen a coro celestial en tu cabeza.

Incluso, si tienes mucha suerte, y tu colegui está inmerso en un romance molón puede que tu mejor amigo de la universidad o aquella alma gemela que encontraste en preescolar se haya vuelto más extraordinaria con el apareamiento. Sí, sí, a veces pasa. No nos vamos a engañar, no es lo más habitual, pero a veces se te cruza la estrella fugaz, y si ves que él ha quemado aquellas sudaderas de mamarracho y ahora tiene buen gusto para las camisas, o que ella sonríe con más frecuencia de la que solía hacerlo es que algo bueno le espera en casa. Tranquilo, todo en orden, sigues en Central Perk.

Si se trata de amor del bueno no debes preocuparte, lo sabrás enseguida. Algunas pistas. Te congratula cada vez que coincidís y compruebas que no reniega de la ironía ni los chistes verdes, de mirarte el escote aunque solo tenga ojos para ella, de beberse la nicotina y seducir a bocanadas a todo el mundo mientras tontea con el café, de tirarse de una pestaña sigiloso cuando algo le preocupa o defender con vehemencia todo aquello que en realidad no le importa una mierda. Sabrás que nadie ha tocado tu habitación mientras estabas de campamento porque ella no mira el reloj ni cuenta las copas cuando os dedicáis una noche, sigue sin saber cocinar y recuerda los estribillos de vuestras canciones porque las Spice eran vuestro credo, su falda sigue siendo escueta y continúa presumiendo de ver el vaso medio lleno mientras escupe palabrotas de calibre 56 y hace cortes de manga por la ventanilla.

Lo sabrás porque he aquí el quid de la cuestión querido amigo: quedáis, os seguís viendo, tú te encargas de comprobarlo, el tiempo no ha pasado, y aún no has experimentado esa incómoda sensación que te produce sentarte frente a un par de buenos amigos que han pasado de ser pareja al incesto perpetuo, a convertirse en siameses fundidos por el hombro; créeme cuando te digo que lo sabrás. Para cuando se masque la tragedia dará igual si quieres contarle a tu amiga que hace meses que nadie te desabrocha el sujetador o llorarle a tu colega con el drama caprichoso que es la alopecia, porque allí estará él escrutando tus movimientos y valorando si eres una de esas frescas que amenaza la casta vida de su buena chica; asúmelo, además de quedarte calvo mientras esa zorra examina tus entradas y te recomienda potingues para ralentizar lo inevitable, hay alguien más jodido que tú, y ese es tu amigo que aguarda en silencio las instrucciones de esa dominatrix.

Es cierto, no es tan sencillo identificar las señales que pronostican que esos amigos tuyos tan cool acabarán por convertirse en cretinos de manual, pero ya nos lo decían nuestras sabias madres, son las malas compañías las que nos corrompen, y las parejas infames son las peores. Ríete de los que fumaban en el recreo. Al principio, puede que sus nuevas costumbres te parezcan románticas, entrañables, pero poco después se diluirá la cortina de humo y ella le despojará de la barba y lo convencerá para abandonar la pista de baile al toque de queda, él la persuadirá para hacer turismo rural y olvidarse de la minifalda, hazme caso y mantente alerta, de pasear de la mano a meterse mano mientras te quejas de que las resacas ahora te duran una eternidad hay una delgada línea de no retorno.

Es un hecho, en las parejas que no molan ambos experimentan una extraña transformación en la que se mimetizan las manías de uno y los defectos más absurdos del otro hasta convertir una cena entre amigos en una tortura insufrible y nauseabunda; tras el suplicio de una perorata de cuchicheos y risitas solo puedes preguntarte en qué estabas pensando cuando compartías aventuras y confidencias con semejante gilipollas y en qué puto momento decidiste presentarle a esa cursi de la facultad al que era tu mejor aliado, pero haz memoria, en algún instante, cuando poníais las calles a vuestros idolatrados juernes, ese calzonazos que no respira sin el permiso de la rubia vegana que se sienta a tu lado te pareció un tipo interesante, y aquella groupie efervescente y deliciosa con la que probaste todo por primera vez, sigue regurgitando en alguna parte aunque ahora deje que ese subnormal termine sus frases y perpetre su hilarante verborrea. En el fondo ella es y seguirá siendo la chica más divertida que has conocido nunca.

Es un hecho, la sobremesa es el escenario revelador de la auténtica idiosincrasia parejil. Él le consulta a ella si puede pedir la hamburguesa mientras la susodicha hace oídos sordos y disecciona la carta. Ella está ensimismada escaneando su frente en busca de nuevas espinillas mientras finge que atiende a tus quejas… Para cuando quieres darte cuenta llevan 45 minutos adoctrinándote con la primera persona del plural: “nosotros no somos de pescado”, “nosotros reciclamos en casa”, “nosotros no somos de salir”, “nosotros vamos a misa todos los domingos” mientras a ti te hierve la sangre y estás a punto de convulsionar: ¿a misa? juraría que lo más cerca que estuvo Murdock de una iglesia en aquel año de Erasmus fue el Domus, un antro de mala muerte a los pies de una catedral gótica en el que servían los mejores long island de la ciudad del pecado…

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Las parejas infames no molan, pero algún precio hay que pagar por dejarse llevar. Reconócelo, tú también te harías vegetariana por sus besos, te tirarías en paracaídas si es de su mano, tú pasarías del lado oscuro a dejarte tu sueldo mileurista en el cepillo; del agua de los floreros a la bendita. Reconócelo porque al final aceptarás pulpo como animal de compañía, verás el fútbol y te bajarás de los tacones y de ese púlpito de tía cínica o independiente -que a veces es lo mismo-. Perdonarás el póquer, pretender con calcetines, harás concesiones con las comedias románticas y te desengancharás de todo lo que no sea ella. Y solo de vez en cuando, si la ocasión lo requiere, te harás el loco. Porque tú no quieres que ella termine tus frases en los debates de sobremesa pero te morirías por estar en su bando, no quieres que él elija el vino ni los postres, lo que te apetece es cocinar juntos un plato redondo;  tú no quieres magreos en público ni pasión adolescente cuando aún no os han ofrecido el café, sino que te meta mano bajo el mantel. Tú quieres que alguien te lleve a casa, que la intimidad sea solo vuestra.

Tú quieres estar en una pareja molona, pero con vuestro closing time

 
Take me home

-Closing time, Semisonic-

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Somos unos suicidas

En el número de mayo de la revista TELVA, encontrarán una entrevista muy interesante que les recomiendo con fervor titulada ‘La gran belleza’. En ella se suceden siete páginas en la que Vis Molina interroga al escultor Jaume Plensa y al fundador y presidente de MANGOIsak Andic.

En la batería de preguntas que se dan cita en este encuentro inaudito –Isak Andic sencillamente no concede entrevistas- hay una especialmente brillante dirigida al reciente Premio Nacional de Artes Plásticas: ¿Cómo sabes cuándo está acabada una obra? A lo que Plensa responde: ‘Paul Valéry decía: ‘Un poema nunca está acabado, simplemente se abandona’. En la obra de un artista pasa exactamente esto, llega un momento en que hay que apartarse de ella porque tienes miedo de estropearla si la tocas más’. 

Sería fantástico que en las historias de amor sucediera lo mismo. Pero no. No funciona exactamente así. Básicamente porque somos unos suicidas y queremos agotar nuestra existencia kamikaze, terminar exhaustos y doloridos, haberlo probado todo, lo posible y lo imposible también; bebérnoslo como el crápula que apura el último trago de la última copa en el último bar abierto, cuando ya se han puesto las calles y a sabiendas de que a esas alturas de la madrugada solo le servirán veneno y dolores de cabeza. Puro masoquismo sentimental, el más violento de los fetichismos, el que por mí no quede. Mi querida Lady Madrid sabe bien de lo que hablo.

Y da igual cuantos tortazos te hayas llevado y cuantas mañanas te hayas despertado a su lado sabiendo que aquello que teníais se ha diluido, que lo vuestro fue a por tabaco para no volver, que se esfumó sin cortina de humo, a bocanadas sin filtro, sin previo aviso y sin dejar restos de colillas ni rastro de ceniza.

Lo peor de todo es que el apocalipsis os acechaba desde hace tiempo, y tú lo sabes, no lo intuyes, lo sabes. Tú sabes que a vosotros solo os queda compartir un pasillo árido y un dormitorio hostil, tú sabes que los roces hace tiempo que son fortuitos y las carcajadas clandestinas, que él camina a hurtadillas por vuestras zonas comunes y que ella es una furtiva en un apartamento que ya no es vuestro porque esa yonki de la nicotina y los buenos tíos os ha desahuciado a ti, a vuestra vajilla destartalada, a vuestro perro baboso y a vuestros geranios del jardín.

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Y tú ni te molestas en hacerte el sueco, lo que pasa es que te niegas en rotundo a que las ondas se disipen sigilosas en ese charco inmundo en el que estás metido, y tú estas iracunda y desolada, quieres echar el resto y que todo aquello que se ha derrumbado haga ruido, que pase, que se enteren los vecinos, porque si no es así, sabéis que el silencio puede durar para siempre y que ni siquiera vosotros podríais aguantar para siempre.

Tú quieres erupciones de lava volcánica, explosiones, camiones de bomberos, sirenas y alarmas porque a pesar de soportar estoicamente sus desplantes has dormido vigilando su espalda; y tú durante meses has hecho lo imposible por no recordar lo mucho que ese desgraciado te hacía reír antes de que la guerra fría se instalara en vuestro salón, y en el fondo, aunque tu continúas pendiente de un hilo, sabes que ella es más afilada que Eduardo Manostijeras y que te asfixiarás si sigues conteniendo la respiración entre tus sábanas de plomo.

Tú quieres sufrir, no padecer. Y escuchar gritos y reproches, motivos, sinrazones y golpes bajos. Tú quieres beberte la última copa aunque este rota. Y cuando la sangre te brote a borbotones pedirla que no se marche. Suplicarle, convencerlo, porque en el fondo siempre creerás que está en tu mano y que te queda algo por decir, algo por hacer. Pero créeme cuando te digo que él ya te ha olvidado y piensa que esto no es una derrota compartida, que la muy hija de puta se marchará imbatible, sin que le tiemble el pulso, y con tu chucho enredado entre las piernas. 

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Lo cierto es que la mayoría tendemos a hacernos polvo, de forma premeditada o no, destruimos o permitimos que nos destruyan, y ninguna Campanilla sacude sus alas de mariposa y nos susurra: chicos, dejadlo ahora que aún estáis a tiempo de no haceros daño, lo vais a estropear. No hay ningún oráculo que nos inspire la confianza suficiente para atender a sus consejos cuando todas las señales indican que el fin está cerca y las advertencias se vuelven tangibles como un bloque de mármol. Aquí no hay musas. Y si las hubiera haríamos caso omiso, porque ya están tus colegas haciendo las veces de Miguel Ángel -que a todos se nos da muy bien anticiparnos cuando la mierda no va con nosotros- viendo más allá, insistiéndote: no lo hagas, abandona el barco, este ya no es tu tren. Pero es que no saben lo mejor de todo, y es que tú, retorcido y obstinado, quieres seguir cincelando y puliendo hasta que no te quede piedra entre las manos.

Te han hecho añicos a base de desdén, y mientras el depredador, la vampira de los colmillos chiquititos, se mantiene impasible y sale sin un rasguño de ese mejunje histriónico de emociones y cuchillos, lo único que tú tienes claro es que ya no tienes nada que perder, y es ahí cuando comienzas a arrastrarte en una pendiente infinita.

Cuando nos colgamos no hay vuelta de hoja. El interruptor puede encenderse en una décima de segundo y destrozarte para toda la vida porque para entonces no hay Watson, ni Sancho ni jodido grillo que te escurra la conciencia creativa para dejar de pintar sobre borrón y comenzar a salpicar un nuevo lienzo en blanco. Y estás inspirado -porque el drama es así- pero solo para encontrar nuevas formas de autolesionarte: ahora que estoy exultante voy a llamarla y por mis huevos que la recupero; voy a plantarme en su casa con dos billetes de avión y a proponerle que nos vayamos lejos, así a lo loco, a Tokio, Nueva Zelanda, Tulum. En las antípodas todo será diferente.

Hacemos el suicida, el kamikace, el gilipollas. Y así es como debe ser. Porque echar el freno es una tontería, porque por eso las historias de amor no están expuestas en los museos ni se restauran con el paso del tiempo. No son esculturas serenas, no son instalaciones rítmicas y luminiscentes, a veces no son ni siquiera bonitas y mucho menos equilibradas y armoniosas como los poemas; muchas veces los versos no encajan, las melodías no se encuentran, desafinamos.edward_bloom_flores_big_fish

Tengo una amiga que estuvo ensayando su discurso de reconquista durante más de 8 horas dentro de un SEAT Panda rojo en la puerta de la casa de su ex. Lo tenía todo preparado, las palabras precisas, la dosis necesaria de nostalgia, la voz quebradiza y en el horizonte promesas de cambios que no iban a tener lugar, promesas que no valen nada, pero proclamadas con convicción y un vestido de verano verde esperanza. Se quedó dormida, y cuando despertó había una zorra no identificada saliendo de su casa con el pelo alborotado y las medias rotas. No sonaba Puccini ni floreció un campo de narcisos, no se abrieron las aguas ni se hizo la luz. Solo estaba ella allí sola, sola y muy jodida escoltada por dos policías observándola y meneando la cabeza porque una vecina se había extrañado de la guardia romanticona y sospechaba que se tratara de una terrorista hasta las cejas de psicotrópicos. Sola y muy jodida. Y nadie se lo avisó, nadie le dijo: piénsalo unos instantes querida, la vas a cagar, lo vas a estropear. Nadie.

Días más tarde recuperó su chucho.

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Por eso no hay que pensárselo mucho, hay que pasar a la acción, por eso Don’t think twice it’s alright. Por que si algo tienen en común el amor, las obras de arte y los poemas a medias de Valéry, es que mientras uno piensa que no se ha terminado, que no se va a acabar nunca, el otro puede que ya te haya abandonado.

Para ti.